Huelva

War Room: La utilización del miedo para conseguir votos

  • Existe un tipo de política cuyo objetivo no es presentar propuestas sino criticar y mostrar las debilidades del adversario, poniendo en duda su capacidad para ejercer esta actividad

War Room: La utilización del miedo para conseguir votos

Existe un tipo de política cuyo objetivo no es presentar propuestas sino criticar y mostrar las debilidades del adversario, poniendo en duda su capacidad para ejercer esta actividad. En periodos electorales se denominan campañas negativas y se concreta en los spots audiovisuales. Este tipo de campañas basadas en el miedo no son fáciles de plantear y ni de desarrollar, pero hoy por hoy se siguen revelando como una poderosa herramienta de comunicación.

Las campañas negativas tienen por objetivo desmovilizar al votante del partido adversario y, de camino, reforzar al nuestro. Para ello se resaltan los defectos del contrario y sus errores, intentando socavar su reputación y degradar la percepción que los votantes tienen.

Las campañas negativas son emocionales y conducen a la simplificación del debate púbico. Los grises desaparecen del discurso y todo se mide en términos de bueno-malo, justo-injusto o legal-ilegal. Esto nos lleva a una creciente polarización de la sociedad en extremos opuestos, donde cada vez se hace más difícil el acuerdo en temas fundamentales.

Según la psicología, la emoción que más nos influye es el miedo. La indignación y la amenaza son los dos grandes motores para viralizar una información falsa y los más potentes activadores del voto. Uno de los mayores creadores de fake news de Estados Unidos, Jestin Coler, afirma que la única cosa que vende mejor que el sexo es el miedo y, por tanto, es un recurso al que se acude en política con frecuencia para movilizar al electorado.

Para que sea efectiva, la crítica no puede ser gratuita, más bien al contrario. Las campañas negativas efectivas son estratégicas y es necesario demostrar altas dosis de destreza para atacar y defender. Cuando se usa el temor como arma política se tiene que estudiar en profundidad qué produce la angustia en el electorado y fijar claramente el segmento de público al que van a dirigirse los mensajes. Este tipo de política implica “jugar con fuego”, según señalan los consultores Jaime Durán Barba y Santiago Niego en el libro El arte de ganar. “Si no se actúa con una estrategia adecuada, es fácil desatar una ola incontrolable de temores que meta el caos en la campaña y termine con nuestra propia derrota”.

La apelación al miedo pretende transmitir una sensación de inseguridad y de temor ante la victoria del adversario. Miedo a la inmigración, a que nos quiten lo que poseemos, a la inseguridad… El catálogo de temores es amplio y elegir aquellos que más impacto pueden causar es una cuestión puramente estratégica.

Daisy spot

El empleo de este tipo de política basada en mostrar que en adversario no está a la altura tiene su origen en la campaña de Estados Unidos de 1964 que enfrentó al presidente, el demócrata Lyndon B. Johnson, con el candidato republicano Barry Goldwater. El republicano era un controvertido personaje que tenía en contra hasta al sector más moderado de su propio partido. En medio de la época más dura de la guerra fría, Goldwater estaba en contra de prohibir los ensayos nucleares y llegó a proponer incluso la posibilidad de utilizar armas nucleares de bajo impacto en la guerra de Vietnam.

Los demócratas aprovecharon la psicosis que existía sobre la posibilidad de una guerra nuclear y el 7 de septiembre de 1964 la NBC emitió en una pausa publicitaria de un programa de máxima audiencia el llamado ‘Daisy spot’, considerado el video electoral más impactante de todos los tiempos. Una niña cuenta hasta diez mientras deshoja una margarita y, de pronto, una turbadora voz inicia la cuenta atrás hasta una explosión nuclear. La voz del vicepresidente Johnson suena de fondo como la única esperanza, dando a elegir entre la paz y la concordia o la destrucción y la muerte.

Millones de espectadores quedaron impactados por aquel anuncio. Las centralitas de la NBC se colapsaron durante horas por las llamadas de televidentes expresando su queja. Los demócratas habían pagado 30.000 dólares para la emisión del spot una sola vez, lo suficiente para que fuera el tema de conversación en todo el país durante los dos meses que quedaban de campaña. El impacto fue tal que ese mismo día fue emitido gratuitamente en telediarios y en otros programas de otras cadenas de televisión por su interés informativo. La niña del anuncio llegó a ser portada de la revista Time.

Una encuesta realizada una semana después de la emisión del anuncio revelaba que el 53% de las mujeres y el 45% de los hombres pensaban que Goldwater implicaría a los Estados Unidos en una guerra. De la mano de los demócratas y de la agencia elegida para llevar la campaña de Johnson, DDB, la televisión y la imagen comenzaba a dominar la política hasta el punto de que el ‘Daisy spot’ cambió el marketing político para siempre. El equipo de campaña de Goldwater fue incapaz de reaccionar, equivocando estrepitosamente su estrategia de comunicación.

Si bien una victoria electoral no se puede atribuir a un solo spot de televisión, lo cierto es que Lindon B. Johnson ganó las elecciones con un contundente 61% de los votos y sentó un precedente en el uso de las campañas negativas que, a partir de entonces, experimentaron un gran auge.

Además de desacreditar al contrario, las campañas negativas orientan parte de su estrategia a ensalzar la figura y las cualidades del candidato más capacitado para hacer frente a ciertas amenazas.

El ataque terrorista del 11 de septiembre en Nueva York produjo esa lógica de campaña. Muchos electores sintieron miedo del terrorismo islámico y apoyaron la guerra contra esos países agresores. El candidato demócrata John Kerry, en lugar de distanciarse, optó por la misma estrategia que su oponente, el presidente George W. Bush. Se vistió de militar para rememorar su trayectoria en la guerra de Vietnam, la más desprestigiada de la historia de Norteamérica. “Quienes preferían un presidente guerrero ya tenían a Bush, un mandatario que había invadido dos países en los que aún no se producía una derrota”, recuerdan Durán Barba y Nieto, quienes concluyen “los temores se pueden usar, pero con una buena estrategia para hacerlo”.

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