Blanqui-Azul alertó de la influencia negativa de las grandes ciudades en quienes protagonizaban el éxodo del campo

Crónicas de otra Huelva

Animó al campesino a permanecer en su entorno rural y a no olvidar “la magnificencia real de los campos por la suntuosidad engañosa de las grandes urbes”

Mujer cuida su plantación.
Mujer cuida su plantación. / Jordi Landero
José Ponce Bernal/ Felicidad Mendoza Ponce

10 de junio 2024 - 06:00

La introducción

LAS DESIGUALDADES ENTRE PUEBLOS Y CIUDADES

El fenómeno de la despoblación

La crisis agrícola del inicio de la década de 1930 provocó cierto éxodo a la ciudad. EN mayo de 1931, Ponce animó a la gente a permanecer en sus pueblos y a no trasladarse a la ciudad, donde solo les esperaba “hambre y miseria” y donde se iba a detener “su natural evolución”. Estableció la diferencia entre el pobre de campo y el pobre de ciudad, porque en el campo podría dedicarse a laborar la tierra y sus hijos eran necesarios allí; en cambio, en la ciudad no le iba a quedar otro remedio que la mendicidad.

En los tiempos actuales padecemos las consecuencias de un éxodo que ha ido en aumento a lo largo del último siglo. El fenómeno de la despoblación ha dejado pueblos enteros sin habitantes y los gobiernos desde todos los ámbitos buscan soluciones para aplicar políticas encaminadas a combatirlo. El objetivo es que los pequeños municipios disfruten de los servicios que se prestan en las grandes ciudades y las personas que viven en ellos no vean mermados sus derechos por el hecho de habitar en un entorno rural. La mayoría de los pueblos tienen hoy gimnasios, bibliotecas y los más afortunados cuentan con piscina y hasta con un teatro. Pero si las entidades bancarias cierran sus sucursales, los centros de salud y consultorios echan el cierre o prestan unos servicios mínimos, las carreteras y vías férreas están en mal estado, y hay municipios que no tienen siquiera un servicio regular de transporte público para comunicarse con la capital o con los pueblos de alredecor, entonces mal vamos. Quien vive en un pueblo debe tener todas las facilidades para moverse, pero también para no moverse y disfrutar en su entorno de todo lo necesario para no depender ni sentirse en desigualdad.

Las políticas han que ir encaminadas no solo a aumentar los servicios, sino a mantener lo que se tiene, a mejorarlo y potenciarlo, creando empleo, que es lo que verdaderamente falta: si hay trabajo en un pueblo, la gente se quedará a vivir.

Yo nací en Cumbres de San Bartolomé. Hace unos días repasé con mi madre los oficios perdidos desde que yo era pequeña. Llegamos a anotar casi una treintena. Suena dramático, pero es una realidad palmaria. En los años en que mi abuelo escribió su artículo, este pueblo serrano tenía casi 1.500 habitantes. Entre los años 60 y 70, cuando yo nací, registraba unos 1.100. Su censo actual cuenta alrededor de 360 habitantes. En mi infancia había un gran trasiego, el pueblo tenía vida gracias a sus siete tiendas y sus ocho bares. La gente daba vitalidad al pueblo yendo al zapatero, a la costurera, a la panadería, al herrero, al carpintero, al barbero, al lechero, a buscar al electricista, al fontanero, o al estanco. Los diteros se movían a diario y el cartero repartía sus cartas, esas que iba a buscar otro paisano al tren correo a Cumbres Mayores; teníamos un cura, un médico y un practicante permanentes; tres taxistas, varios albañiles y peones. El Ayuntamiento tenía un alguacil que vivía dentro de la Casa

Consistorial con su familia, con su uniforme y con funciones de policía local. El pueblo tenía un puesto de Guardia civil con un cabo y siete u ocho guardias; una escuela de párvulos con dos maestras; un colegio que contaba con cuatro aulas y sendos maestros para los ocho cursos de la entonces Educación Básica. Había varios mataderos que daban trabajo a mucha gente. Además, buena parte de la población se dedicaba a las labores agrícolas y ganaderas.

Mis paisanos saben qué ha quedado de todo eso. Los lectores se podrán imaginar que hoy se conserva menos de una tercera parte de esos oficios. La mejor política contra la despoblación es el fomento del trabajo. Las personas necesitan estar empleadas para vivir dignamente en entornos que les proporcionen seguridad, capacidad de elección y libertad de movimiento. Si no hay empleo y servicios públicos de calidad, de poco sirve tener una piscina o una biblioteca sin habitantes que las disfruten en su tiempo libre.

La tecnología permite hoy, por ejemplo, teletrabajar en mi pueblo. Si se potencian adecuadamente los servicios y se anima a la juventud, como lo hizo Ponce, a permanecer en el entorno rural, vivir en un pueblo como el mío es una delicia y puede ser muy rentable económica y personalmente.

La influencia de la ciudad. Los pobres del campo se dedican al trabajo, los pobres de la ciudad se entregan al delito de la medicidad. He ahí uno de los peligros de la despoblación de los campos y del incremento de habitantes de las grandes urbes.

El hijo del labrador que en el burgo es útil y necesario en la ciudad se convierte en inadaptado y perjudicial. El lujo, la característica de las ciudades y metrópolis, seduce al rudícola; abomina prestamente las penurias y las costumbres sencillas del campo y se aficiona fuertemente a las comodidades y suntuosidades que cree fáciles de alcanzar.

Deja las herramientas, desprecia el arado, olvida los terruños y se encuentra en un ambiente nuevo en el que no tienen una ocupación especial sus brazos llenos de energía. Queda reducido a la última condición de bracero el hombre y a la de fámula la mujer.

Todo un sueño de grandezas se esfuma prestamente. Con los rendimientos del trabajo honrado no es posible alcanzar aquel bienestar material que ha formado la tentación ni tampoco aquel lujo que ha tenido todos los poderes de la seducción.

El oriundo del campo, hombre o mujer, se siente pervertido, se siente atraído por aquellos delitos y por aquellas viciosidades que cree han de encumbrarlo hasta la comodidad y el lujo. De los principios de moral, de las leyes de austeridad, de la honradez característica de las gentes del campo van precediendo el recuerdo y van adaptándose a una moral depravada, van desposeyéndose de toda austeridad, van despreciando la honradez y el hombre degenera en delincuente y la mujer va a engrosar el ejército de las que son oprobio de su clase.

He aquí el pago que la ciudad acostumbra a dar a los campesinos que enamorados del oropel con que se presenta olvidan la magnificencia real de los campos por la suntuosidad engañosa de las grandes urbes. He aquí unos hombres que hubieran podido ser dichosos y útiles labrando la tierra y son perjudiciales al encontrarse en un medio ambiente en el que sus brazos han de permanecer en la pereza; he aquí unas mujeres que hubieran podido ser dignas amas de casa, honradas madres de familia en el burgo y son carne del vicio, carne de enfermedad en los barrios inmundos de la ciudad.

No, gentes del campo, hermanos campesinos, no olvidéis la paradisiaca sencillez de vuestro vivir en el burgo por entregaros al ogro de las grandes ciudades que ha de convertíos en seres inútiles, en seres infelices, en seres perjudiciales y, hasta quizás, en seres degradantes…

Y si os mueve, hermanos campesinos, alguna inquietud política, continuad también en vuestro terruño. Y si algún caciquillo de esos que todavía quedan os sale al paso con usurerismos distinguidos de los de moda en turno, sabed mostrarle unos brazos robustos, una mente cultivada y un corazón abierto a la grandeza. A vosotros, que continuáis ingenuos corresponde rectificar los errores y sanear actuaciones suicidas.

BLANQUI-AZUL

Diario de Huelva, 29-05-1931

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