Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Mucho antes de que el Imperio romano comenzara a dibujar su dominio sobre el Mediterráneo, en el interior de la provincia de Huelva ya florecía una ciudad avanzada, fortificada y sorprendentemente bien organizada, hoy protegida como Bien de Interés Cultural.
Su origen se remonta al siglo VIII antes de Cristo, cuando el comercio de metales, la actividad minera y las creencias religiosas impulsaron el nacimiento de un asentamiento que aún hoy emerge entre suaves colinas, casi en silencio, como una ventana abierta a los albores de la civilización occidental.
No es una historia envuelta en leyendas: bajo el suelo se conservan murallas de varios metros de altura, calles trazadas con precisión, viviendas construidas en piedra y cerámica, y los restos de un santuario donde se veneraban divinidades ligadas a la fertilidad, la riqueza y la tierra.
Así es Tejada la Vieja, uno de los yacimientos arqueológicos más singulares del suroeste peninsular, situado en el término municipal de Escacena del Campo.
En un sur peninsular marcado por la convivencia de distintas culturas, este enclave se convirtió en un nodo estratégico para el comercio de metales y las relaciones con pueblos del Mediterráneo oriental. Su fundación es anterior en casi dos siglos a la propia Roma, lo que la sitúa como una de las ciudades protohistóricas más relevantes de la región.
Las excavaciones arqueológicas han revelado un urbanismo sorprendentemente avanzado para su tiempo: un sistema defensivo sólido, áreas residenciales bien definidas y espacios destinados al almacenamiento y a la transformación del metal. La fusión de tradiciones locales con influencias fenicias refleja el alto grado de conocimiento técnico y organizativo de sus habitantes.
La minería fue el gran motor económico de la ciudad. Desde los yacimientos cercanos llegaban plata y plomo, que se trabajaban en talleres especializados mediante técnicas innovadoras para la época. Este control del metal otorgó prosperidad y poder al asentamiento.
Pero Tejada la Vieja no fue solo un centro económico. También fue un lugar profundamente simbólico. En la zona más elevada del cerro se alzaba un santuario fundacional, auténtico corazón espiritual y político de la ciudad, desde el que se articulaba su identidad colectiva y su relación con lo sagrado.
Con el paso de los siglos, las rutas comerciales se desplazaron y la ciudad perdió relevancia. Hacia el siglo V a. C., el asentamiento fue abandonado de forma definitiva, sin que nuevas poblaciones volvieran a ocuparlo. Ese abandono temprano fue clave para su conservación.
Gracias a ello, hoy se puede contemplar un trazado urbano prácticamente intacto, una rareza arqueológica que permite comprender con claridad cómo era una ciudad organizada antes de la romanización.
Recorrer Tejada la Vieja es caminar entre murallas que aún resisten, senderos que conservan su traza original y piedras que parecen guardar el eco de una vida detenida hace más de 2.500 años.
El acceso al yacimiento se realiza mediante rutas guiadas, que deben reservarse a través de su página web oficial. Además, existe la posibilidad de conocer el enclave de forma virtual gracias a una aplicación interactiva, que incluye explicaciones detalladas de la arqueóloga Clara Toscano, ideal para quienes desean una primera aproximación desde casa.
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