Crítica de Música

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Carlos Marín y la Joven Orquesta Mediterránea interpretan el Segundo Concierto para piano de Rachmaninoff. Carlos Marín y la Joven Orquesta Mediterránea interpretan el  Segundo Concierto para piano de Rachmaninoff.

Carlos Marín y la Joven Orquesta Mediterránea interpretan el Segundo Concierto para piano de Rachmaninoff. / javier losa

El evento musical más veterano de la provincia de Huelva retorna en las noches estivales. Atractivo programa Schumann y Rachmaninoff, a cargo de Michael Thomas al frente del pianista Carlos Marín y la Joven Orquesta Mediterránea. Interpretación pasable que se esmeró en el equilibrio solístico-orquestal y el espectro de matices. Siendo el Patio de la Jabonería un entorno plácido y original, hay obras de rica orquestación que pierden mucho, especialmente en el empaste y la proyección.

Del famoso Concierto de Rachmaninoff elogiamos el Adagio sostenuto, hermosísimo episodio del tema principal por la flauta y el clarinete con el ostinato rítmico del piano, que dirigió resueltamente el maestro Thomas; la vuelta al tema principal pronunció el carácter idílico mediante un fraseo balanceante con los violines a la cabeza. En el Primer movimiento hubo un proverbial diminuendo del tutti antes del pasaje cantable de la trompa. A lo largo del Finale disfrutamos de una exquisita dinámica que otorgaba al solista y el acompañamiento sus volúmenes idóneos; estupendo el pasaje de fagotes y clarinetes hacia un forte con las trompas y los platillos cual cresta sonora. En general, los chelos y los contrabajos requerían mejor afinación y empaste durante el Moderato y hubo texturas de la cuerda y el viento que se solaparon. Bueno el trabajo del pianista Carlos Marín, acoplado a la Orquesta con academicismo pero que pasó apuros en el Allegro scherzando; el episodio inicial, netamente rapsódico, era para él un listón alto que obligaba a frenar el tempo. Versión, en resumen, regular y cautelosa aunque de logrados pasajes. El Segundo del Ruso es difícil para pianista y orquesta de trayectoria incipiente.

Todo un reto la Cuarta sinfonía de Schumann. Lenguaje tan novedoso en la carrera del compositor merece una acústica propicia, que vaya en paralelo a la concienzuda labor creativa. El Primer movimiento carecía de profundidad y los compases se sucedieron de forma previsible; no era el timbre reflexivo que merece ese punto de inflexión en la trayectoria de Schumann: todo sonaba con rusticidad. Afortunadamente, mejoró la interpretación en la Romanza, con tersas sonoridades encabezadas por el violín y un bonito cantabile del fagot; el director sacó musicalidad en las modulaciones hasta llegar a la sección en si bemol mayor, de esmerado colorido. Para el Scherzo estupenda la secuencia de nota suelta y arcada posterior de la cuerda, antesala de un Finale aceptable. Escuchamos aquí el valioso potencial de unos instrumentistas que ofrecieron lo mejor en el segundo y tercer movimientos.

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