Fosas comunes de Nerva En busca de la identidad arrebatada

  • Decenas de personas pasan por el cementerio para dejar su huella genética con la esperanza de encontrar a sus ancestros desaparecidos y enterrados en fosas comunes

Aurora es una de las vecinas que se acercó a dar sus restos con el retrato de su tío.

Aurora es una de las vecinas que se acercó a dar sus restos con el retrato de su tío. / Juan A. Hipólito (Nerva)

No solo les quitaron sus vidas. También les arrebataron su identidad, condenándoles al más injusto de los olvidos. Pero sus hijos se encargaron de contar cada una de sus historias a sus nietos, poco a poco, cuando fueron pudiendo, cuando vieron el mejor momento, cuando los años se les iban echando encima sin remisión, cuando las aguas se fueron calmando, cuando la democracia ganó a la dictadura, cuando se empezó a hablar de memoria histórica, verdad, justicia y reparación. Fueron a por sus padres, a por sus tíos, a por sus seres más queridos siendo tan solo unos niños. La imagen se les quedó grabada para siempre en sus retinas. A otros que estaban gestándose en el vientre de sus madres se lo contaron con el paso de los años, cuando hablar de sus abuelos ya no era tabú.

A más de 80 años de aquella barbarie, los restos de cientos de víctimas de la misma permanecen todavía esparcidos por las fosas comunes del cementerio de Nerva, la más grande de las documentadas en la Andalucía rural. Muchos hijos de aquellos inocentes abandonaron este mundo sin saber el lugar exacto dónde se encontraban sus progenitores. “¡Pobrecitos! ¿Estarán aquí?”, se preguntaban muchos al atravesar las puertas del cementerio de Nerva, mirando a derecha e izquierda. Los menos, lo sabían con certeza.

Hasta que fueron exhumados los primeros restos de la fosa norte, tres cruces señalaron durante décadas el lugar donde podrían hallarse los restos del administrador de Correos Luis Ruiz, del propietario de la radio local Arturo Albarrán y de la adolescente Catalina Ramallo. Ahora, son sus nietos los que tienen la esperanza de reunir a sus abuelos con sus padres para tranquilidad de todos. Pero antes han de recuperar sus nombres, su identidad, la identidad arrebatada de forma violenta.

Francisco Vázquez con las cajas de los restos al fondo Francisco Vázquez con las cajas de los restos al fondo

Francisco Vázquez con las cajas de los restos al fondo

Desde que se supo que había comenzado la toma de ADN a los descendientes de las personas desaparecidas tras la entrada de las tropas sublevadas a la II República en Nerva, a finales de agosto de 1936, más de medio centenar de personas han pasado ya por el cementerio de la localidad minera para dejar su huella genética con la esperanza de encontrar a sus ancestros. No buscan venganza, ni siquiera respuestas a preguntas incontestables. Quieren reparar su memoria y reunir a sus abuelos con sus padres en el lugar donde descansan. Nada más y nada menos. Hacer que se reencuentren 80 años después, que sus restos reposen juntos por fin.

La herencia ha ido pasando de una generación a otra, con el expreso deseo de reunirse algún día. Y ese día está cada vez más cerca. No obstante, el equipo de arqueólogos que dirige Andrés Fernández advierte a los familiares de la complejidad que conlleva la identificación genética debido a la degradación que presentan los restos expuestos durante más de 80 años la acidez del terreno minero, a lo que se suma el gran número de cuerpos arrojados y la disposición en forma de apiñamiento que presentan los mismos.

Isabel Núñez Isabel Núñez

Isabel Núñez

Pero el hecho de sacarlos de ahí y darles una digna sepultura de forma individualizada en un panteón que honre su memoria ya les reconforta muchas más que dejarlos amontonados en los distintos niveles que presenta el inmenso agujero al que fueron arrojados, y del que aún no se puede confirmar con exactitud su profundidad.

Todas las historias tienen algún pequeño detalle que las diferencia, pero un denominador común. Se los arrebataron de los brazos de sus padres, de sus esposas, de sus hermanas, de sus novias; sin mediar palabra, sin razón, sin respuesta a tantos porqués. Los que se quedaban lo hacían con el miedo metido en el cuerpo, calado hasta los huesos, con la sangre helada, incrédulos, impotentes, sin saber qué hacer ni a dónde acudir.

Una y otra vez, la misma frase se repite sin remisión: “Llegaron a casa y se lo llevaron, sin más. Ya no le volvimos a ver más”, relataban con el nudo en la garganta las madres a los hijos que no lo presenciaron en vivo porque estaban a buen resguardo en sus vientres. Los más “afortunados” tuvieron oportunidad de verlos algunos días más en los calabozos del edificio de la Casa Consistorial a donde les llevaban el desayuno. Al poco desaparecían también para siempre. “Ya no está aquí”, les decían sus carceleros sin querer desvelar su siniestro paradero. Vidas interrumpidas por razones inconfesables, por odio, insidia, envida, o por el simple hecho de pensar diferente.

Toma de muestra de ADN a Baldomero Ramírez Toma de muestra de ADN a Baldomero Ramírez

Toma de muestra de ADN a Baldomero Ramírez

Testimonios de nietos

Dolores García tiene 62 años y busca a su abuela Juana Domínguez, madre de su padre. “¡Mira, hoy va vestida de rojo y mañana lo hará de negro!”, asegura que le dijeron a su madre siendo una niña al poco de entrar las tropas sublevadas en Nerva. Se lo confesó su propia madre cuando reunió el valor suficiente para contárselo. A ella se le quedó grabada para siempre aquella frase lapidaria. “A mi abuela le gustaba mucho la política. Era muy revolucionaria”. Es de los pocos familiares que se atreve a confesar el carácter rebelde de su antepasado. “Cuando fueron a por ella le arrebataron de los brazos a la menor de mis hermanas”, le contaba su madre. Excepto Dolores, todos los nietos de Juana terminaron marchándose del pueblo.

El octogenario Baldomero Ramírez también busca a su tío Apolonio Ramírez, el más pequeño de los hermanos Ramírez. “Tenía apenas veinte años y estaba a punto de casarse con su novia Luisa cuando fueron a por él. Su pecado fue firmar una carta contra el cura del pueblo”, relata. Su padre Virgilio llegó a tener a dos personas ocultas en el doblado de su casa durante meses. Juan Cárdenas y Prudencio Álbez quedaron eternamente agradecidos por el improvisado cobijo que consiguió salvarles la vida. “Recuperar los restos de mi tío nos dará mucha paz y tranquilidad”, asegura entre sollozos.

Toma de muestras genéticas a Dolores García Toma de muestras genéticas a Dolores García

Toma de muestras genéticas a Dolores García

Rosa María López, de 64 años, busca a su abuelo materno, Francisco Sánchez Sánchez, y a los hermanos de este, Manuel y Ángel. Su madre tenía tan solo cinco años cuando se los llevaron. A Manuel lo mataron en presencia de su mujer. Tras salir malherido de un primer fusilamiento, al segundo intento no fallaron. “Mi madre falleció sin saber dónde se encontraban los cuerpos de su padre y de sus tíos. Lo hago en su memoria”.

Juan José Guillén era dinamitero en las minas de Riotinto. “Al poco de salir volando por los aires un puente camino de Huelva, fueron a por todos los dinamiteros de las minas”, asegura su nieta Isabel Núñez, que también busca a su tío abuelo Manuel, desaparecidos entre septiembre y octubre de 1936. “Mi madre iba a visitarles a la cárcel que estaba en los bajos del Ayuntamiento hasta que un día ya no se los encontró allí. No le dieron más explicaciones. Ni qué había pasado con ellos, ni a dónde se los habían llevado. Como si se los hubiese tragado la tierra”, cuenta tal y como lo recordaba su madre.

Arsenio Piñero Arsenio Piñero

Arsenio Piñero

Arsenio Piñero, policía local jubilado, busca a su abuela Josefa Pérez, de la que ni siquiera tiene su certificado de defunción. Su abuelo, al que consideraba como a un padre porque lo crío él, le contó cómo se llevaron a su abuela: “A la entrada de las tropas, llamaron a la puerta de casa. Tu abuela les ofreció para asearse, pero les negó unas gallinas. Al día siguiente volvieron a por ella”.

Como en otros relatos, en este también se repite la escena de no encontrar al familiar retenido al llevar el desayuno a la cárcel. Pero en esta caso sí que hubo indicación expresa del lugar al que se la llevaron. “¡Va camino del cementerio!”, sentenciaron. Rápidamente, el abuelo de Arsenio mandó a su hijo. “Cuando llegó le dijeron que si quería ver a su madre mirara en la fosa”, asegura su nieto. Al hijo de los abuelos de Arsenio nunca más se le vio. “Mi abuela era una mujer de izquierdas. No entiendo cómo se puede matar a una persona por sus ideales”, comenta su nieto emocionado con la idea de recuperar sus retos de la fosa común.

Objetos personales Objetos personales

Objetos personales

Aurora Yerga, de 64 años, busca al hermano de su madre, al tío Carlos, al que se llevaron siendo un veinteañero. “Fue a buscarlo a casa un amigo Guardia Civil. Mi madre le dijo que había ido a casa de su novia Coral. A su prometida (estaban a punto de casarse) le dijeron que se lo iban a quitar un ratito para hacerle unas preguntas. Ya no lo volvió a ver más”, relata Aurora, tal y como se lo transmitió su madre. Su novia no se llegó a casar con nadie y su abuela Francisca murió con 97 años manteniendo el luto por el hijo al que le arrebataron en plena juventud. En la familia de Aurora hay muchos Carlos en honor a su tío.

Francisco Vázquez, de 73 años, busca a su tío Vázquez Pérez. Su madre evitaba siempre hablar de política en casa y jamás hizo el intento de contarle nada de lo sucedido en aquella época. Demasiado dolor. En cambio, su padre sí que le contaba cosas de su hermano. “Mi padre hubiese querido saber de su hermano, por eso estoy yo aquí”.

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