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La manera de contar las horas, la decisión de cuándo amanece y anochece es algo que va mucho más allá del ciclo circadiano de la naturaleza, es un objeto político, económico y sociológico. En China, por ejemplo, la hora oficial refleja a las claras el férreo control del Estado sobre la vida de los ciudadanos, dado que es la misma en todo el país, a pesar de que su vasta extensión repartiría el huso hasta en tres zonas, como ocurre en Estados Unidos, lo que es demencial para la vida diaria. Aquí hemos pasado recientemente a la denominada “hora de invierno” y otra vez resonaron las opiniones sobre la necesidad de cambiar el reloj dos veces al año, incluso el presidente Sánchez lo elevó a noticia. Se habla mucho del “huso” y del “uso”, esto es, de la hora legal y de la hora social. España está en el huso horario de Centroeuropa, a pesar de que gran parte del país está al oeste del meridiano de Greenwich, la razón es, sobre todo, económica: que las transacciones y relaciones mercantiles estén alineadas. Respecto al uso horario en nuestro desempeño cotidiano, el horario de verano se asocia al ocio y la calle dado que anochece más tarde, y el de invierno al recogimiento y a la noche… y aquí empieza el debate, dado que no hay un horario bueno, sino de conveniencia.
Menorca amenaza con pérdidas millonarias si no se cambia más el horario y persiste el de invierno. Si permaneciera el de verano todo el año, en enero en Huelva no amanecería hasta más de las nueve de la mañana y en verano sería de día a las seis. Canarias no quiere que la península tenga el huso horario GMT+0 porque la coletilla “una hora menos en Canarias”, que repiten a cada hora los informativos, es una publicidad impagable.
Y mientras, las personas que no tenemos poder de decisión asistimos cada año a la ceremonia de adaptar nuestro cuerpo y ritmo vital al albur de la política y la elección no es fácil. El horario de verano es agotador dado que alargamos las noches, pero madrugamos a la misma hora que en invierno, pero en éste tenemos la sensación de que sólo vivimos para trabajar y crece la sensación de tristeza. Nos hemos alejado tanto del ciclo natural que nos desquicia el ritmo de vida que llevamos. El madrugar fue un invento de la revolución industrial y sus turnos de las fábricas, esclarecedor.
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