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Al puertorriqueño Bad Bunny lo llaman el Rey del Pop actual, pero a mí me suena a reguetón (¡no soporto el reguetón!) y me pasa como a Donald Trump, que no entiendo una palabra de lo que canta; bueno, los estribillos, y no siempre. Pero solo por el cabreo del presidente estadounidense, que ha tildado el show de “asqueroso” y una “bofetada en la cara” a su país, ya calificaría de éxito rotundo su espectáculo de este año en el descanso de la Super Bowl.
Trece minutos de actuación ante más de cien millones de espectadores y un impacto cultural imposible de medir en cifras. Un escenario lleno de tópicos reconocibles (viejos jugando al dominó, chicas haciéndose las uñas y ron, mucho ron), con cientos de figurantes convertidos en vegetación tropical, inmóviles bajo trajes de veinte kilos por 15 euros la hora. Todo parecía deliberadamente exagerado, burdo, casi caricaturesco. Y quizá ahí estaba la clave: el estereotipo funciona porque simplifica y obliga a mirar. No era una postal sofisticada sino una imagen diseñada para provocar conversación. Y lo consiguió.
Se preguntarán qué hago escribiendo sobre un artista que no me gusta, un género que detesto y un deporte que tampoco entiendo. La razón es sencilla: la Super Bowl es geopolítica y economía con ramificaciones internacionales. Es un escaparate de la polarización extrema que alimenta Trump y es también un espejo de cómo Estados Unidos está cambiando desde abajo.
El fútbol americano sigue siendo un fenómeno gigantesco dentro del país, pero mucho menos exportable que otras ligas como la NBA. Por eso la NFL busca crecer fuera: partidos en Londres, Frankfurt, Múnich o el del año pasado en Madrid, en un intento de crear cantera internacional. Mientras tanto, el perfil del aficionado cambia. Las audiencias jóvenes consumen deporte en streaming, participan en ligas fantasy y, sobre todo, Estados Unidos habla cada vez más español. Una parte creciente de su identidad cultural ya no encaja en el relato homogéneo que algunos añoran.
El deporte, como la cultura, siempre llega antes que la política. Por eso solo puedo darle las gracias a Bad Bunny por haberle tocado las narices a Donald Trump. Porque, detrás de su enfado, hay algo más revelador: la sensación de que el país que invoca –el de los supuestos valores de “éxito, creatividad o excelencia”– ya se está transformando sin pedir permiso.
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