Te quiero pero no te aguanto más

La Navidad es como ese amigo pesado que cuando te habla te está dando golpecitos en el brazo

Me gusta la Navidad. Más que gustarme, diría que me encanta. Poder desconectar del trabajo y pasar más tiempo en casa con la familia. Eso no está pagado. Ese arbolito con sus luces cálidas, qué cosa más acogedora (ya verás luego la factura de la luz). Ese sofá que después de dos días se ha vuelto más ergonómico. Ahora tiene la forma de mi culo (ya verás para levantarme de aquí). Esos polvorones, bombones, turrones, torta imperial y bolitas de coco. Qué bueno está todo (ya verás cuando me ponga encima de la báscula). Dios, qué ganas tenía de que terminara la Navidad. Es un "te quiero, pero no te aguanto más".

Algo parecido ocurre con el verano. Escucho a mucha gente decir "ojalá el verano fuera eterno". Frase, por cierto, muy usada por aquellos/as que en pleno mes de febrero a 0ºC comparten en alguna red social una foto en bañador o bikini con su mejor posado veraniego, con el claro objetivo de darle una inyección de likes de autoestima a su vida. "Verano, vuelve". "Verano, no te vayas". No, yo no soy de esos. En los últimos días de agosto me muero por usar una sudadera y por echarme una siesta con manta. ¿Me encanta el verano? Sí. Pero cuando se acerca el final no lo soporto. Pensándolo bien, tiene sentido. El verano es una estación completa del año. Es normal que te llegue a cansar y que tengas ganas de otoño, de hojas marrones cayendo a cámara lenta de los árboles y de botas de agua saltando en charcos mientras alrededor todo son risas y nadie se molesta, ¿verdad? La Navidad es diferente. Dura apenas dos semanas. Pero qué nivel de intensidad. La Navidad es como ese amigo pesado que cuando te habla a la vez te está dando golpecitos en el brazo. Deja ya la manita, Juan. Es un periodo en el que puedes llegar a sentirte culpable unas 30 veces al día. Es una lucha interior horrible. Te das un descanso de la oficina pensando que todo será una liberación pero de repente te encuentras con un debate constante: ¿me como un Ferrero Rocher más o ya está bien por hoy? ¿Un poquito más de ensaladilla o voy derecho a por el jamón? ¿Esta noche ensalada o restos de la comida de ayer? ¿Esta tarde me vuelvo a tomar el café de las 18:00? Son muchas decisiones a tomar, demasiadas. La época de las contradicciones y de la pelea entre el angelito y el demonio ha llegado a su fin. Demos ahora la bienvenida a la rutina y a las nuevas restricciones que, a buen seguro, se impondrán. Vivimos sumergidos en una película post almuerzo de Antena 3. Todos sabemos lo que va a pasar, pero oye, nos mantiene en vilo hasta el final. Ánimo gente. Feliz 2021.

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