Plaza de las Monjas

01 de febrero 2026 - 03:09

Si uno quiere encontrarse con el alma misma de Huelva, ha de ir a su incomparable y atemporal Plaza de las Monjas. Rodeada de edificios señoriales y fachadas que evocan el antiguo esplendor de la ciudad, en ella se respira elegancia y serenidad, pero también, según las horas merman, bullicio y alegría.

A primera hora de la mañana, la plaza se llena de luz dorada. El sol se filtra entre palmeras y naranjos, proyectando sombras suaves sobre los bancos de hierro forjado y el suelo empedrado. Los bares empiezan a abrir sus terrazas y el rumor de las conversaciones matutinas da forma a una calma animada. El aroma del café recién hecho, el olor de las flores, el caminar somnoliento de los niños rumbo al colegio y el pausado hojear de los periódicos puntean el inicio de la jornada.

Al mediodía, la plaza adquiere un ritmo enérgico. Los restaurantes se llenan de comensales, los camareros van y vienen con tapas y bebidas y la estatua de Colón, el enigmático almirante, se alza como testigo de la palpitante vida urbana.

Cuando cae la tarde, la luz azafranada del crepúsculo transforma el ambiente. Llega una legión de críos que juguetean, de nuevo y como antes, sin prohibiciones ni cortapisas. El balón rueda, chicos y chicas corretean sin descanso y uno viaja a otro tiempo, al nostálgico recuerdo de las horas dulces de su propia niñez. El icónico Chilolo, payaso generoso y bueno que busca perpetuamente sonrisas, desenvuelve sobre las losas su mágico cargamento de juguetes. Los deja allí, a la espera de una párvula mano que les devuelva su porqué. A la par, las familias pasean, las parejas murmujean sentadas en los bancos y la plaza se convierte en un escenario donde la vida fluye, como entonces, como siempre, con una ilesa naturalidad.

De noche, nuestra poliédrica plaza descorcha su atmósfera más íntima. La charla tranquila se mezcla con el tintinear de las copas. Es el momento de disfrutar de una sosegada anochecida en este pasmoso lugar donde Paloma Herce, al hechizo del viento salado de la mar cercana, dijera ver aparecer la palabra felicidad.

Así, entre el alboroto y la quietud, la Plaza de las Monjas resume la esencia de Huelva: acogedora, luminosa, viva, acaso aún desconocida, dispuesta siempre a recibir a quien desee dejarse envolver por su amabilísimo y singular encanto.

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