En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
Pedro Sánchez ha donado un perro. No uno suyo de verdad, claro, que los perros, como mucho, se dan en adopción, no se donan, y, como el amor verdadero, tampoco se venden ni se compran. Este que ha donado es uno que tiene de mentira, de juguete, que le regalaron en 2023, cuando se hizo presidente contra el pronóstico de todo el mundo menos el suyo propio. El perrito, muy simpático, aparece vestido con una capa roja y se alza victorioso sobre el edificio del Congreso de los Diputados luciendo en su pecho un broche en el que puede leerse "PS" o sea, Perro Sanxe, que, como todo el mundo sabe es el sobrenombre con el que más de un español (y española, e incluso algune españole) se refiere al presidente. La figura llevaba desde entonces decorando su despacho en La Moncloa, pero el hombre ha querido donarla en una subasta solidaria. 1.600 euros le han sacado, que no está nada mal pero que a mí me parece poco, que si yo tuviera pasta les aseguro que habría pagado bastante más por tenerlo decorando mi escritorio al lado del Funko de Data, el de Los Goonies. A lo mejor les sorprende esa capacidad de reírse de sí mismo del presidente, porque dista un poco del concepto de ególatra narcisista zumbado que se ha instalado en el imaginario colectivo patrio como una verdad incuestionable, y por eso he venido yo aquí hoy. No para dorarle la píldora a Pedro Sánchez, que a mí, ni fu, ni fa, ni lo conozco ni tampoco me ha hecho na, sino para que nos sirva de ejemplo.
“Nos hemos creído los memes”, me decía hace tiempo un amigo cuando hablábamos de la deshumanización de la vida, en general, y de la política en particular, y tenía razón. La “mitad tonta, mitad tetas” que el otro día alguien soltó en la tele para referirse a la tertuliana de otra cadena es el último caso de esta enfermiza manía de convertir a las personas en caricaturas y juzgar todo lo que hacen a partir de ese filtro: Ayuso es una desquiciada, Óscar Puente, un orangután obseso del tuíter, Yolanda Díaz no se entera de nada, Moreno Bonilla es un blandito, Abascal, un vago y Feijóo, un narco. Supongo que no se han parado a pensarlo, pero sorprende la facilidad con que enrolamos a la gente, como si nada, en las categorías de asesino, psicópata o inútil y actuamos como si de verdad lo fueran, por mucho que en el fondo sepamos que solo son personas normales. Que, con sus virtudes y sus defectos, sufren, se alegran, ríen y lloran como todo el mundo. De pequeño me hacía mucha gracia imaginarme a personajes famosos sentados en el váter: al Papa, al Rey, Torrebruno, Rafaella Carrá… Ahora que lo pienso, quizás aquella tontería sería hoy una estupenda terapia para desarrollar la empatía. Una forma de entender que todos somos iguales. Que todos, en algún momento del día, acabamos en el mismo sitio.
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