Paisaje urbano
Eduardo Osborne
Pregonar la discordia
Frente a un Madrid como el suyo, nosotros defendemos la alegría. Son unos tristes… y unos frustrados. Digan todos conmigo: ¡Son-u-nos-tris-tes!” Suena a cántico de patio de colegio y a estribillo (malo) de chirigota. Pero no lo es. Si no estuviera grabado, si no fuera una intervención institucional en sede parlamentaria, costaría asumir que ese es el nivel, y el lenguaje, de quien nos dicen gobernar cuando se dedican a reventar las gradas. Lo curioso es que Ayuso da mucho juego pero no deja de ser una anécdota de un problema estructural cada vez más enquistado en nuestro país.
La “frustración”, por tanto, es compartida. Y no hace falta escudarse en Felipe González, que vote a quien quiera, para darnos cuenta del desconcierto y la orfandad en que nos hemos sumido quienes seguimos teniendo la ingenuidad de apoyar posturas progresistas y de centro en un momento histórico donde lo que cotiza al alza es el populismo más bronco. Que un independentista como Gabriel Rufián se haya convertido en referente nacional de sensatez, moderación y sentido común dice mucho del desplazamiento del tablero.
Pero es que lleva razón: hay que “inventarse algo”. El ciclo electoral que ha activado Génova en las autonomías, como una suerte de alfombra azul tendida a Moncloa para Feijóo, no solo está catapultando a Vox; también está evidenciando el descalabro que atraviesa a toda la izquierda, y no sólo a los socialistas. ¿Serán capaces? Porque no va solo de dar pasos atrás y de generosidad; se trata de planificación y de mucho conocimiento. De estrategia y de tacticismo electoral. No seamos ilusos: hay que hacer números sobre el territorio. No se vota igual en Cataluña que en Madrid, Galicia, País Vasco o Andalucía. El trabajador de Cornellá, Vallecas y Algeciras puede ser el mismo, pero las dinámicas en las urnas no. Ley D’Hondt; así de sencillo. Como le contestaba este mismo martes Arnaldo Otegi a Rufián, “no hay que confundir la unidad de acción política con la unidad electoral”.
Hay muchos caminos para dar forma al “frente” con que la izquierda quiere rearmarse. La histórica, la nueva y la nacionalista de ERC, Bildu o BNG. Y, si hay algo que en España ya hemos aprendido, es que el “café para todos” sólo funcionó en la Transición. Son programas y son cabezas de cartel. Así funciona la política efectista de nuestro tiempo. Banal, cierto, pero hay que inventar y ser pragmáticos. Con más fuerza si cabe que los antisistema. Y sí, querida Ayuso, para movilizar el voto hay que ilusionar. ¿A quién le gustan los tristes?
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