Sucesos Un fuego calcina varios coches en mitad de un camino en Lepe

Aunque casi todo está escrito sobre la Pasión de Cristo, hay aspectos que permanecen, no siendo menores, en un discreto e injusto segundo plano. Es el caso del papel que en aquélla jugaron las santas mujeres. Si uno lee atentamente los Evangelios, descubre enseguida que ellas estuvieron permanentemente junto a Cristo. María, su Madre, Salomé, María la de Cleofás, María Magdalena y otras muchas mujeres "que habían seguido a Jesús desde Galilea" (Mateo, 27,55) no lo abandonaron en aquellas horas de derrota y de sufrimiento. A diferencia de sus apóstoles y discípulos, jamás lo negaron. Lo acompañaron en el camino de la Cruz, limpiaron su rostro ensangrentado, desafiaron a la muchedumbre que exigía su muerte, permanecieron en el Gólgota -Juan también estuvo allí- confortándole en su agonía, recibieron su cuerpo ya sin vida y, entre llantos y rezos, escoltaron su cadáver hasta el sepulcro. No se rindieron ni se acobardaron. Mujeres que mantuvieron su lealtad. Mujeres, al cabo, que fueron las primeras en creer firmemente en el Cristo Resucitado, que lo contemplaron vencedor antes que nadie.

No es fácil comprender el porqué de este hecho que los textos narran: los hombres no fueron capaces de perseverar ante la humillación de la Cruz; las mujeres, acaso siempre sabedoras de que el amor y el dolor son inseparables, sí. Juan Pablo II, en la Carta apostólica Mulieris Dignitatem, busca una explicación a la recia y valiente fidelidad de las mujeres en la Pasión. "Ser la primera raíz del amor humano -nos dice- es característica principal de la femineidad". La fortaleza de la mujer, añade, se basa en la intensidad de su amor. De ahí, concluye, el coraje de aquellas y de todas las mujeres cuando aman.

Y es que, en las antípodas de la torpe mirada racional de los hombres, las mujeres ven con los ojos del corazón, miden el mundo con la vara del amor y, sintiéndolo, no hay circunstancia, por amarga o espantosa que sea, que las aparten de quien aman. Bien sabían ellas que el Cristo se les moría. Pero, lejos de sucumbir al desánimo, perciben que su ternura, su presencia y sus lágrimas son imprescindibles en aquel instante crucial. Su entrega es imagen de la entrega de Jesús. Mueren con Él para después resucitar también con Él.

Las mujeres al pie de la Cruz de Cristo atestiguan el imparable poder del amor. Ojalá que nosotros seamos capaces de imitarlas, en fe y entereza, en cuantos calvarios nos quiera la vida.

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