Andar y contar
Vacuna contra la amnesia
En la política actual, dominada por generaciones más visuales que lectoras, el principio es ley. El sanchismo lo ha convertido en doctrina: importa más la foto que el hecho. Por eso, cuando huyen de la imagen, no es casualidad. Es confesión. El funeral por las víctimas de Adamuz fue ejemplar, sobre todo por quienes más derecho tenían a romperlo: las familias. Rechazaron la politización, justo lo contrario de lo ocurrido en la dana, cuando Sánchez compró el dolor ajeno para dirigirlo contra un adversario. Aquí no hubo gritos ni consignas. Hubo dignidad. El protocolo del Arzobispado fue claro. Invitaciones a todas las instituciones. Juanma Moreno, Alberto Núñez Feijóo y el resto accedieron por la puerta principal. A cara descubierta. Como corresponde. Quien no lo hizo fue María Jesús Montero. La misma que no suele tener reparos en dar codazos para colarse en una foto, incluso junto a los Reyes. Esta vez no. Esta vez eligió la puerta de carga, el pasillo de servicio, el backstage. Con ella, ministros fieles al mismo instinto, entre ellos Ángel Víctor Torres y Planas. Se puede ver en las imágenes a Montero hablando con diferentes personas: todas las que le rodearon eran del partido y dos chicas psicólogas de RENFE. María Jesús Montero no habló con ni una sola víctima. Tampoco estaba Óscar Puente. Ni el presidente del Gobierno. Todos lejos de la foto. No fue prudencia. Fue miedo. Miedo a que la imagen, esa que tanto han explotado, se volviera contra ellos. Miedo a escuchar lo que han sembrado. Porque quien azuza el odio desde el poder no puede exigir después silencio respetuoso. Dentro, Montero se quejó de que Juanma Moreno saludara a las víctimas y ella no. Según varios asistentes, desde la grada se oyó un “María Jesús, atrévete”. No quedó grabado. Pero quedó dicho. Y cuando se pidió a Moreno que se retirara, fueron las propias víctimas las que se acercaron a saludarlo. Ahí está la diferencia. Moreno fue aplaudido incluso por adversarios políticos. Porque en un funeral no se compite. Se acompaña. Entre las víctimas había votantes de todos los colores. Ninguna gritó “asesino”. Todas dieron una lección. Por eso el proverbio chino acierta de nuevo: una imagen de María Jesús Montero entrando por la puerta de atrás vale más que diez mil palabras. Y explica, sin necesidad de discurso, quién quiso estar y quién prefirió esconderse cuando la foto ya no era amiga, sino espejo.
También te puede interesar
Andar y contar
Vacuna contra la amnesia
Por montera
Mariló Montero
Una imagen vale más que mil palabras
En tránsito
Eduardo Jordá
Trincheras
La esquina
José Aguilar
Sánchez acierta en inmigración