Cuando enero moja, buen año se aloja

02 de enero 2026 - 03:04

Así arranca el refranero y así arranca este año, pasado por agua. En muchas culturas, ya sea en los pueblos mediterráneos o en los rincones más remotos de Asia y América, las precipitaciones al comienzo del año se interpretan como señal de abundancia, purificación y prosperidad. En Andalucía, el agua ha devuelto fertilidad a la tierra y refuerza la idea de que un año que empieza empapado promete equilibrio (que todos los santos y santas escuchen mis plegarias).

Tal como está el panorama, cada uno se agarra a lo que puede; yo quiero pensar que el agua que está regando nuestros campos actúa como un bálsamo, un recordatorio de que la vida sigue su curso y de que la naturaleza nos envía señales de renovación, que incluso entre incertidumbres y sombras, la vida encuentra su manera de abrirse camino y de ofrecernos un hilo de esperanza.

No es casualidad que la lluvia al comienzo del año esté rodeada de dichos y de buenas nuevas. Cuando enero moja, buen año se aloja, decían los antiguos, que no miraban apps del tiempo pero sabían leer el campo. Para una cultura agrícola, el agua temprana era sinónimo de despensa llena, de cubas con vino y de graneros con futuro. No era romanticismo, era supervivencia.

En la tradición mediterránea los temporales limpiaban lo viejo y preparaban lo nuevo, como si el año necesitara lavarse la cara para entrar en condiciones. Los romanos lo vinculaban a Jano, el dios de los comienzos, el que abre puertas y ciclos.

Más al norte, en las tradiciones celtas, los chaparrones eran una bendición directa sobre la tierra. No solo hablaba de cosechas, también de fertilidad y de vidas que encuentran su sitio. En muchas culturas asiáticas el agua simboliza riqueza y movimiento: si fluye al inicio del año, fluye todo lo demás. Entre pueblos indígenas de otros continentes era entendida como una respuesta: la tierra había sido escuchada.

Pasear por el campo y respirar el aroma de la tierra mojada, buscar níscalos y maravillarse con esos boletus tan perfectos. Detenerse ante las setas diminutas de rojo intenso, a veces naranjas, y sonreír al pensar en tartas de queso cuando aparece, casi por sorpresa, una russula blanca y morada. Saltar charcos para continuar el paseo y dejarse llevar por los sabores y colores que solo esta época del año es capaz de ofrecernos.

Empezar el año con el suelo empapado tiene algo de reconciliación; yo elijo quedarme con esa lectura, aunque el mundo insista en desmentirla a diario y el rumbo colectivo no invite precisamente al optimismo. Que la lluvia sea lo único que, por ahora, nos mantenga un poco a flote. ¡Feliz año nuevo!

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