En casa hay dos ascensores. Hace algunos meses uno de ellos se estropeó. Estuvo mucho tiempo sin funcionar y al final, los operarios comunicaron que habían pedido unas piezas al extranjero. Utilizábamos el otro. Un ascensor en toda regla. Un ascensor iluminado, no fallaba nunca, nos otorgaba esa sensación de seguridad que todos buscamos cuando nos montamos en un ascensor. Al cabo de unos días, los técnicos nos indicaron que el ascensor estropeado se podía utilizar. Lo hice en alguna ocasión, pero hacía un ruido espantoso, un ruido que eliminaba la sensación de seguridad. Los vecinos comenzamos a utilizar el bueno y abandonamos el malo. Si el bueno estaba ocupado esperábamos pacientemente. Evitábamos coger el ascensor del ruido.

Pero hace unos días se estropeó el ascensor bueno. Tuvieron que venir a rescatar a un par de vecinos que se habían quedado encerrados en él. Ante esa desesperación todos comenzamos a utilizar el ascensor del ruido. El ruido ya no molestaba. La pérdida de sensación de seguridad se había evaporado y en él, nosotros, nos sentíamos satisfechos. Al menos cumplía la misión que esperábamos, nos trasladaba a nuestros hogares aun haciendo un poco de ruido. Y el estrépito se convirtió en compañía.

Apartamos la cortina de la ventana y nos asomamos a través del cristal para contemplar el mundo, para observar todo aquello que nos rodea. Eliminamos las cortinas de nuestra vida, pensamos que nos molestan, que nos impiden la visión, que nos presentan una barrera, fácilmente franqueable, pero barrera al fin y cabo. Y las cortinas poseen una esencia, un destino, una misión que no logramos comprender.

En una reciente entrevista, a propósito de la publicación de su último libro El naufragio de las civilizaciones (Alianza), Amin Maalouf indica: "El mundo se ha desarrollado científica y técnicamente a una velocidad acelerada. Y esta evolución tendría que haber ido acompañada de una evolución paralela de la manera de gestionar las relaciones entre las comunidades humanas, en lo que ha habido un estancamiento, un retraso".

Aún seguimos utilizando el ascensor del ruido. Hemos olvidado la claridad, la seguridad, la confianza, la verdad. Maalouf dice: "Estamos en un mundo un poco inquietante, en el que no hay mecanismos para salir de las crisis. Nadie tiene autoridad moral. No hay ninguna gran figura, ideología común, gran país que ejerza verdaderamente una autoridad moral. Nadie. El mundo va mal y acabará por salir de este periodo de turbulencias, pero supondrá tiempo, esfuerzo y sufrimiento".

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