Gafas de cerca
Tacho Rufino
Sudoku
En Un tranvía llamado deseo, Blanche Dubois concluye la obra diciendo “siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”. Lo escuché en los Simpson. Pobre Blanche, si su destino ya era oscuro en los 50, hoy estaría perdida desde antes de empezar.
Es algo que observo desde la pandemia. Tenían razón aquellos que decían que nos cambiaría la vida para siempre, pero no así quien afirmaban, ilusos, que saldríamos mejor. Esos optimistas irredentos no pudieron equivocarse mas.
El primer síntoma empezó como una anécdota: un señor cruzaba en bici el puente del Odiel. En hora punta. Insólito, quizás; inesperado, desde luego. Podría simplemente ser una secuela del confinamiento y del levantamiento progresivo de las restricciones de movilidad, que había permitido algunas escenas inusuales como aquella en tiempos de menor tráfico. Podría si no fuera porque se repitió con relativa frecuencia durante varios meses.
Fue precisamente en la carretera donde primero percibí que algo había cambiado. Superada la resaca del miedo inicial que dejó el Covid, la gente se lanzó a la vida y lo hizo con ansia, exhibiendo una conducción temeraria mucho más intensa que antes. No sería lo único. Raro es el día en que no veo patinetes invadiendo las aceras o cruzando contramano, niños pegando balonazos en las casas de otros –nunca, curiosamente, en la de sus padres–, bocinazos impacientes, respuestas desagradables (algunas incluso las doy yo). Ya no miramos al otro si no es para darle un codazo y ponernos primero.
Será que me hago mayor y más cascarrabias, o será que tengo razón, pero el deterioro de la convivencia general en los últimos años me resulta, cuanto menos, llamativo, y es una conversación recurrente que escucho a mi alrededor: a la gente le da igual todo. El yomimeconmigo llevado a un nuevo nivel en el que todo vale siempre que sea lo que yo quiero, aunque moleste al otro, aunque dañe a mis vecinos. Es como si la pandemia nos hubiera vuelto aún más egoístas con nuestro tiempo y con nuestro espacio.
Las muestras de solidaridad, como las que vimos en Adamuz, son un sorbo de agua fresca en medio del desierto en un tiempo en el que los mensajes positivos en las redes son marketing del buenrollismo sin una base sólida real, cartón pluma sosteniendo el vacío.
El mundo hoy es más cruel y menos amable que el mundo que conocí de niña, con excepciones, claro, y eso nos tiene a todos corriendo de un lado para otro sin llegar nunca a ninguna parte. Los sueldos no alcanzan, el tiempo no sobra, y la vida, lo sabemos, se acaba y no podemos esperar por nada ni por nadie. Sin embargo, cabe recordar que, a veces, todos dependemos de la amabilidad de los extraños.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Sudoku
Cambio de sentido
Carmen Camacho
Razones
El pinsapar
Enrique Montiel
La muñeca rusa
La mota negra
Mar Toscano
La amabilidad de los extraños