Aconfesional

01 de febrero 2026 - 03:09

Desde hace meses veo una pintada en una carretera cercana a mi casa. Alguien dejó escrito su mensaje en dos tramos: el primero es una reivindicación racista, descontextualizada y simplona que no pienso reproducir aquí. El segundo tramo reza así: “España es católica”. Y desde que lo leí por primera vez me dije que tenía que ir con un spray a corregir la frasecita, aunque luego salgo a pasear, se me olvida cogerlo y tengo que pasar junto a la pintada mientras me rechinan los dientes. Mi intención es clara: cual maestra con un rotulador rojo corrigiendo exámenes, quiero tachar lo de “ católica” y añadir, completando la oración, que España es “un estado aconfesional desde 1978”. Es lo que se recoge en el articulo16.3 de la Constitución Española, es decir, que no es opinión de un partido concreto ni de una tendencia política, sino norma suprema de nuestro ordenamiento jurídico.

Y es que el término aconfesional no significa el rechazo a las manifestaciones religiosas, aunque algunos lo entiendan así. Como bien apunta Josemari Sarasola en la web insumisa.org, a diferencia del laicismo, la aconfesionalidad acepta el hecho religioso como realidad social, estableciendo vínculos de relación y colaboración social con una o varias religiones. Un estado aconfesional no rechaza la religión, aunque tampoco se adhiere a ninguna confesión. En sentido contrario hay ejemplos cercanos: Marruecos, nuestro vecino del sur, es una monarquía constitucional con una religión oficial, el Islam. Pero muchos que tachan de fanatismo radical esa forma de Estado, son también los que se crispan ante la idea de la celebración de un funeral de Estado laico. Recomiendo aquí el artículo publicado el pasado 27 de enero por María Prieto Garcia en este mismo periodico. Creo que define y recoge con claridad las diferencias entre actos privados y públicos, no teniendo por qué ser enfrentados, ni desechado uno en favor del otro.

Dice el evangelio, libro sagrado de los cristianos, que, “la Verdad nos hará libres”, pero, ¿cómo llegar a la verdad si mi entorno no me permite ni la posibilidad de buscarla? Desde nuestras atalayas de semiverdad lo primero que nos sale es sentirnos atacados en nuestra identidad. Pero si se mira con objetividad, la aconfesionalidad es la única opción que asegura una libertad de expresión genuina, respetuosa con lo que cada uno descubre. Y la que salvaguarda la identidad religiosa. Todo lo demás viene a ser una queja por la pérdida de poderes adquiridos.

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