A finales del siglo XVIII nacía en Inglaterra la primera revolución industrial, la que supuso la mayor transformación económica, tecnológica y social de la humanidad hasta hoy, el motivo no era otro que la irrupción de las máquinas en los procesos productivos, más concretamente el uso de maquinas de tejer que sustituían a los artesanos por operarios con menor cualificación y por tanto menores salarios pero que multiplicaban la productividad de las empresas.

Estos acontecimientos originan el nacimiento del ludismo, un movimiento que preconizaba la destrucción de las máquinas como respuesta al proceso de bajada de salarios, despidos en las fábricas y sustitución de los artesanos por operarios. Hoy nadie cuestionaría los beneficios que a largo plazo consiguió esta implementación de tecnología en la producción siendo el origen, con el paso del tiempo, del nacimiento de la clase media y del estado de bienestar, algo que en aquellos tiempos era imposible de vaticinar sobre todo para los que se quedaban con la visión de los efectos cortoplacistas negativos que esta revolución supuso.

Actualmente nos encontramos en los comienzos de lo que se describirá en los libros de historia económica como la tercera revolución industrial del mundo moderno y curiosamente los efectos a corto plazo están siendo los mismos que en la primera, es decir bajada de salarios, aumento del paro y sustitución de los trabajadores por nuevos perfiles profesionales. De la historia podemos aprender que estos procesos son irreversibles y que una vez que empiezan son imposibles de parar y que sus consecuencias son impredecibles en el largo plazo.

Esto no quiere decir que tengamos que aceptar lo que nos venga con resignación sino todo lo contrario, la solución claramente no está en nuevos movimientos ludistas, sino generar una transición hacia el nuevo modelo económico con el mínimo daño social posible, tratando de proteger a los que se van a quedar en situaciones difíciles en un nuevo escenario al que, o bien por no poder o bien por no saber adaptarse, quedarán excluidos del mismo.

El resto tendrán que dejarse llevar por la corriente que marca la revolución tecnológica, surfeando las olas para evitar ahogarse en el camino, esto es formación, reciclaje, reinventarse constantemente y estar atentos a los cambios para aprovechar las oportunidades que surjan. No cabe caer en el desanimo ni esperar que esto pase para que todo vuelva a ser como antes, es decir el escenario que uno tenía controlado, este no volverá y si nos empeñamos en nadar contracorriente el resultado sí será previsible.

Respecto al final de todo esto, con unos escenarios tan inestables como los actuales no me atrevería ni a vaticinar que España seguirá existiendo dentro de veinte años y visto lo visto tampoco me atrevería a cuestionar la predicción más inverosímil de cualquier escenario mundial a largo plazo, tanto en positivo como en negativo, no se puede olvidar que el final de la segunda revolución industrial fue la Primera Guerra Mundial, espero que al menos algo hayamos aprendido de los errores del pasado.

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