El Zurriago

Quemando el legado de Sundheim

Hoy hemos quemado en Huelva el penúltimo tren que le queda a nuestra dignidad como ciudadanos

Puede que no haya habido nada más radiante en la historia de esta santa ciudad como la sonrisa de Guillermo Sundheim cuando se cortó la cinta, o lo que fuera que se hiciese por entonces, que inauguraba la flamante estación de tren. Y eso que no se puede decir que el hombre hubiera hecho poca cosa hasta entonces: ya había fundado lo que hoy es el Puerto de Huelva y había propiciado la creación de la Rio Tinto Company Limited, entre otras cosas. Pero con aquella estación la satisfacción era doble porque con su construcción, auspiciada por él, claro, se abría también la línea de ferrocarril que conectaría, al fin, Huelva con Sevilla. Atrás habían quedado años de trabajo. De burocracia, negociaciones, problemas y horas robadas al sueño. Un corte de cinta, chas, metía a la ciudad en el mundo. Es difícil imaginar lo que hubiera sido de Huelva sin su estación en aquellos años finales del siglo XIX y en el incipiente y prometedor siglo XX. Lo que sería de Huelva hoy de no ser por Sundheim. La Estación Huelva-Término, que fue el proverbial nombre asignado por los avinagrados de aquel tiempo y que fue conocida como de Sevilla o de Zafra, según afinidades o antipatías, se inauguró con gran pompa en 1888. Desde entonces, y durante 130 años, nos ha dado un brillante servicio hasta que cerró sus puertas para dar paso a unas instalaciones más modernas, que iban a ser para el AVE pero que, de momento, no son de AVE ni de na. Fue entonces, en 2018, cuando el edificio, una curiosa construcción de estilo neomudéjar con cierto aire islámico, pionera en la época y reconocida internacionalmente, sacó su primer billete a la Estación Abandono, que es la misma por la que han pasado tantísimos otros en Huelva a lo largo de los siglos. Ni las falsas promesas del alcalde ni la palabrería del Ministerio de Fomento del Agravio ni el sonrojante y cutre contrachapado que puso Adif han conseguido evitar lo que muchos sabíamos que pasaría, y hoy tenemos un trocito menos de nosotros mismos. Hoy hemos quemado el penúltimo tren que le queda a nuestra dignidad como ciudadanos porque le hemos dado la razón, una vez más, a todos los que van diciendo por ahí que a los onubenses nuestro patrimonio nos importa una mierda. Hoy es un día triste, uno más, para una ciudad que permanece impasible ante la destrucción sistemática de su historia. Que se calla la boca ante los vergonzosos suelos de metacrilato, las plazoletas con piscina o el aniquilamiento público de los últimos vestigios de nuestro antiquísimo, milenario, pasado tartésico. Ese que, si nada lo remedia, acabará como todo lo demás: pudriéndose bajo los cimientos de lustrosos (y lucrativos) edificios de pisos. "Tú dale p'alante, que aquí no pasa na", dicen, en medio del estruendo de sus propias risas, ante los oídos sordos de unos y el silencio cómplice de otros. Todo eso pasa mientras, imagino, Sundheim se revuelve en su tumba, mira con tristeza el techo quemado de su preciosa estación y piensa: "¡Qué Cruz! ¡Si es que no tienen remedio!"

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