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Vuelvo a Benito Pérez Galdós, como lo haré en este año del centenario de su muerte. Sus libros, entre tantos otros, estaban en casa y, poco más de un niño, sus Episodios Nacionales, me apasionaron tanto que, furtiva, clandestinamente, los leía ocupando mi tiempo más del que debía a mis estudios. Muchas de las circunstancias de sus fascinantes narraciones las he entendido mejor cuando las he releído después. Recuerdo de su sexta y última novela de la serie, Cánovas -que transcurre entre 1874 y 1880-, aquel pasaje: "Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo, no crearán una Nación, no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas, no suavizarán el malestar de las clases proletarias". El prolífico escritor, en ésta como en otras previsiones, unía a su inteligencia y fulgurante vigor narrativo la perspicacia política de sus aseveraciones en boca de sus personajes.

Cambiemos la perspectiva situándonos en la actitud de muchos de los políticos de hoy cuya presunta ética de partido se diluye como por ensalmo cuando se llega al poder. Así se van al traste la austeridad, los topes salariales, la limitación de mandatos, las incompatibilidades, la duplicidad de cargos y en suma todo lo contrario al sistema programático sino el que asigna la jerarquización implacable que impone un régimen centrando en absoluta contradicción con cuanto se prometió a las bases. A la larga la egolatría se impone y el poder, de tal guisa, pervierte. Y por otro lado la coalición precipitada en función de esa conquista del poder y de la ambición por la poltrona, envilece las relaciones y se le ven las orejas al lobo de la fractura, de la disidencia, el fantasma de la ruptura, la amenaza de la desestabilización. Y el insomnio puede convertirse en pesadilla cuando el sueño de la sinrazón produce monstruos.

Luego están los ataques a la prensa, a la libertad de expresión, que tanto invocan y proclaman cuando les conviene y tratan de silenciar cuando les critica. En una desafortunada conjunción, tanto Sánchez como Iglesias se ensañaron con los medios de comunicación manifestando claramente que no admiten sus discrepancias por distintos motivos, arguyendo esa pretenciosa expresión de que no aceptarán "ni una sola lección", sin rehuir la amenaza: "La existencia de medios de comunicación privados ataca la libertad de expresión". Iglesias quiere igualarnos a Cuba o Venezuela. Elocuente fue la repuesta del presidente de la Asociación de Periodistas y Analistas por España, Benjamín López, "Es inadmisible que Iglesias amenace a periodistas con la cárcel y por eso somos necesarios". Me recordaba la frase de un periodista en la película Secretos de Estado: "No somos sus relaciones públicas, somos la prensa". Cuídense de los idus de Marzo.

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