El parqué
Pocos movimientos
Querido don Francisco. Hoy, 14 de enero, se cumplen 17 años desde que partiste hacia las marismas eternas del cielo. Y desde entonces, cada aniversario, vuelvo a escribirte.
A veces, en forma de artículo; otras, como hoy, en carta. Este modo me resulta más íntimo. Siento que hablo contigo de tú a tú, como en aquellas comidas en casa, con Carmen y los niños, o en tantas reuniones compartidas. ¿Te acuerdas…?
¿Por qué sigues escribiendo de mí? —me podrías preguntar.
Lo hago, porque fuiste un santo en la tierra. Y quienes tuvimos la fortuna de beber de tu fuente inagotable de gracia no podemos olvidarte.
Por eso, te dedico hoy este artículo, con miles de amigos y seguidores, para recordar tu figura como hombre y sacerdote.
Tu vida fue casi cinematográfica. Naciste en 1923. Estudiaste Derecho en Granada y preparaste oposiciones a abogado del Estado.
La enfermedad de tu padre te obligó a hacerte cargo de la fábrica familiar de aguardientes Martes Santo, en Higuera de la Sierra, cuando no te gustaba nada el alcohol.
Tenías novia, la encantadora Ana María, y planes de boda, cuando un día, yendo a caballo por el campo, le anunciaste tu decisión de entrar en el Seminario. Ella guardó silencio y respondió: “Pues yo me voy a monja”. ¿No te parece esto de cine…?
Tras una larga travesía, fuiste ordenado sacerdote en 1963 por el obispo Cantero Cuadrado. Desde entonces, serviste a la diócesis como vicario, director espiritual, profesor, consiliario de Cursillos y párroco de San Pablo, en El Higueral.
Allí hiciste una pastoral de calle incansable, cercana a los más pobres, y una entrega total a enfermos, casas y hospitales, sin prisas, siempre escuchando, mirando a los ojos y con empatía.
Como si fueras un líder social, que también lo eras, impulsaste proyectos que dejaron huella: viviendas del Lazareto, Agua Viva, Valdocco, la nueva parroquia… Y en tu querida Higuera de la Sierra, la residencia de mayores, la cabalgata y el festival taurino con primeras figuras.
Tus homilías, basadas en testimonios personales, aún resuenan, cargadas de vida y esperanza, como aquel fandango de Toronjo: “Un hombre no vale ná si no tiene en la vida algo grande por lo que luchar”.
Predicabas como quien torea: con la palabra de Dios como capote, firme ante la indiferencia, sin retroceder nunca.
Tú sabias que, al final, la vida es como una faena: varas, banderillas y estocada final. Lo importante no es solo cómo se entra en la plaza, sino cómo se sale: con honor, entrega y dejando huella en la arena.
Y tú, Paco, la dejaste en todos nosotros. Quienes fuimos tus hijos espirituales y nos dejaste marcado para siempre.
Un abrazo fuerte de tu amigo y compadre.
También te puede interesar
El parqué
Pocos movimientos
Carta al cura Girón
El parqué
Ligeros ascensos
El ‘show’ de Trump arrasa audiencias
Lo último