Análisis

J. J. Díaz Trillo

Profesor de Literatura y escritor

Viaje al centro de la Educación

Viaje al centro de la Educación Viaje al centro de la Educación

Viaje al centro de la Educación

Nos invitan los premios al Compromiso Educativo que se conceden cada año a viajar al centro de la Educación: ese lugar donde confluyen la docencia, el aprendizaje y la participación de la comunidad que acoge una Escuela o un Instituto. Este año, en su octava edición, hay por ejemplo un Colegio Público, el de Zufre, en el que han decidido viajar desde el aula a Marte. Ahí es nada. Y tanto que nuestro paisano y eminente científico, Juan Pérez Mercader, les ha dicho desde Harvard que “la ciencia y los valores en que se basan son en gran manera los motores del progreso humano” y que conociendo –como hacen tan jóvenes astronautas– la astronomía y las posibilidades de vida en el planeta rojo “podremos mejorar la Tierra para las generaciones que nos sigan”.

Si el entusiasta claustro del Sutefíe ha despertado la atención de vecinos e instituciones de la Comarca hacia su alumnado de Primaria, el Instituto La Rábida ha recibido el premio al compromiso con la educación Secundaria. El Rábida de hoy fue casi todo un siglo “el Instituto”, la única institución educativa superior. Irradió un compromiso de raíz krausista, alentando la ilustración y el progreso en una provincia con serias dificultades de comunicación y formación. En él y en 1871 se produjo el primer examen de ingreso realizado por una mujer, Antonia Arrobas, en España. De él sería profesora, ya en el siglo XX, la excelente poeta Ángela Figuera y contaría en su claustro a lo largo de su historia con destacados científicos y humanistas. Alumnos suyos fueron Juan Ramón Jiménez, José Caballero o el propio Pérez Mercader, que también nos recuerda su obligación de devolver con el esfuerzo profesional y el ejemplo personal lo que tanto le dieron a él sus maestros.

Así lo ponen de manifiesto los alumnos reconocidos con los premios extraordinarios que avalan sus brillantes expedientes. Todos recuerdan el papel determinante que sus profesores y profesoras han desempeñado para que hoy empiecen a ser filólogos, ingenieras, físicas, abogados o artistas. De entre esos maestros que Albert Camus recordaba en la figura del Sr. Germain cuando recogió el Premio Nobel, este año se ha reconocido la labor docente de Sebastián Gómez Monge, director desde hace veinte años de la Escuela Rural de Cabezas Rubias, Villanueva de las Cruces y Montes de San Benito. Una trayectoria de tres décadas que ha situado a este modesto centro del Andévalo en las guías y reconocimientos nacionales e internacionales de buenas prácticas educativas. Su método no es otro que el de la cercanía al medio natural y del estímulo de la curiosidad, chispa indispensable de una enseñanza que perdure. Pues se trata, como nos proponía Séneca, de aprender para la vida y no sólo para la escuela.

Desde Gibraleón, en el Centro de Educación Especial Cristo Roto, nos proponen viajar al pasado para integrar personas con discapacidad intelectual en un futuro con igualdad y dignidad, profesional y laboral. A partir de un Poblado Tartésico, reconstruido con primorosa fidelidad por los futuros guías que, además, nos ofrecen su faceta artística con actuaciones musicales. Ayudando a quienes se ayudan, el poblado es ya un centro de visita y formación para muchos escolares que acuden a visitarlo. De este modo, la educación viaja a la sociedad de su entorno y ésta le corresponde con la acogida y la esperanza de, entre todos, seguir aprendiendo.

Defendía Montaigne que no hay que saber más, sino “saber mejor”. De ello han dado buena cuenta los jóvenes deportistas del Club Onubense de Deporte Adaptado, que con sólo dieciocho años de historia ha conseguido ser el segundo de España y lograr sus miembros, ya sea en la natación, el esquí o el atletismo, importantes galardones nacionales e internacionales. La labor de su presidenta, Beatriz Ferrera y de su secretaria, Carmen Gutiérrez de Ceballos (mujeres de nuevo en la aventura de enseñar e integrar), ejemplifica extraordinariamente la capacidad del deporte no sólo para adquirir hábitos saludables sino para crear entornos sociales y educativos difíciles de encontrar en otras áreas del aprendizaje.

Nada mejor para llegar y conocer el corazón de la educación, su centro más dinámico y fértil, que la capacidad de entidades y colectivos ciudadanos de implicarse en ella. Hacerla prolongación del aula, sacarla de sus rutinas y programas específicos. Ocurre esto con “Unidos por El Alto”, una asociación que durante dos décadas y de la mano de su joven presidente, Cristóbal Rodríguez Salguero, viene atendiendo a los menores de la modesta barriada de Riotinto El Alto de la Mesa. Si a unos pocos kilómetros, en la Sierra de Huelva, el apenas centenar de escolares de Zufre, se ha empeñado en explorar Marte, en el Corazón de la Tierra de la Corta Atalaya y sus inmediaciones, estos chavales juegan al fútbol (¿cómo no hacerlo en su cuna?), hacen excursiones, patinan, recogen animales para curarlos o todo tipo de ropas y enseres para quienes puedan necesitarlos. También exploran y reivindican la vieja sentencia horaciana de aprender deleitándose.

Juan Cobos Wilkins, reconocido poeta y paisano, les envía un mensaje especial en el que les anima: “con o sin premio, mi aplauso por vuestra labor sería el mismo. Gracias por lo más arriesgado: abrir camino; por lo más difícil: resistir; por lo más valiente: continuar”.

En todos los premiados de este último año, como en los de años anteriores, se reconoce, no sólo el mérito, el esfuerzo, la capacidad. También la Generosidad, una asignatura que no viene en los extensos programas escolares. Que no se aprende sólo estudiando, sino viajando desde la curiosidad a ese planeta tan próximo que está en el otro y que nos invita a seguir explorando un mundo mejor. Comprometido y compartido. Como estos premios.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios