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Dos riotintos en Juan Cobos Wilkins

  • La Fundación Olontia reedita el relato ‘Luchino Visconti pasea por Riotinto’ con la huella del escritor onubense y la mirada del excepcional fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto a las heridas de la tierra

El escritor Juan Cobos Wilkins posa ante la majestuosa Corta Atalaya como símbolo de la tierra herida por el hombre en su Riotinto natal. El escritor Juan Cobos Wilkins posa ante la majestuosa Corta Atalaya como símbolo de la tierra herida por el hombre en su Riotinto natal.

El escritor Juan Cobos Wilkins posa ante la majestuosa Corta Atalaya como símbolo de la tierra herida por el hombre en su Riotinto natal. / García Cordero

Riotinto es más que la cuna de Juan Cobos Wilkins. Dice él mismo, reconoce, que está en su “huella dactilar literaria”, parte de su identidad, grabados en sus dedos esos anillos de Corta Atalaya que tantas veces ha visto y recreado, aquí reflejo del poeta y del hombre. Riotinto es espejo para dos caras que son una misma, dos realidades que van siempre de la mano. Para el encuentro de la herida real y el lejano sueño. Es la dualidad, en bucle infinito, que hizo converger también los mundos contradictorios de un director de cine italiano entregado en esos paisajes a la eternidad de la tierra, que desde orígenes milenarios se proyecta a un futuro desconocido, años luz allá.

En los primeros años ochenta se estrenó el escritor riotinteño con un relato corto que narraba la visita de Luchino Visconti a Riotinto. Ese paseo literario fue recogido en 1988 por Pablo Sycet en Las Ediciones de Olont, ilustrado por Julio Juste. Ahora son recuperadas, aquellas paradojas, de nuevo por el artista de Gibraleón y su Fundación Olontia, que reedita el texto ahora retroalimentado por las fotografías del excepcional fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto, Premio Nacional de Fotografía en 2015.

Luchino Visconti pasea por Riotinto lleva al viejo y refinado aristócrata milanés a encontrarse con la Inglaterra victoriana de la colonización minera. Y el blanco almidonado se mancha aquí entre desigualdades sociales y realidad obrera que sí asumió en sus convicciones conscientes. Acaso allá, entre vacies o en el club, el cineasta pudo encontrar a Rocco o al viejo Don Fabrizio. Quizá acompañado por Bertolucci antes de pensar en Novecento. La memoria queda en el lugar, como recuerda Cobos Wilkins y plasma Castro Prieto tan bien. La decadencia tras el esplendor, la tierra herida tras el brote del maná metálico. Restos de dos vidas, de dos riotintos, con reflejo más allá de la lámina de esa agua sangrienta que la niñez del escritor imaginaba saliendo del cuello degollado de Santa Bárbara.

El Cobos Wilkins fundacional de las letras reivindica Riotinto. En éste, su primer relato. Y en su primera novela, que transcribía los latidos en lo más profundo de las entrañas del lugar. También en aquellos primeros versos en El jardín mojado con los que no se esforzaba aún el poeta por velar el pulso de la tierra.

Portada de 'Luchino Visconti pasea por Riotinto', editado por Fundación Olontia. Portada de 'Luchino Visconti pasea por Riotinto', editado por Fundación Olontia.

Portada de 'Luchino Visconti pasea por Riotinto', editado por Fundación Olontia. / H.I.

Reconoce que el círculo se cierra ahora quizá en simetría perfecta, en simbiosis necesaria para sostener la génesis de su obra. Visconti ayudará a entender El corazón de la tierra como ésta aquella aventura del viejo italiano entre la escoria fundida por sus antepasados al suroeste de Hispania. Y los siete relámpagos que completan el volumen iluminarán ambos caminos, como éstos llevarán hasta el significado de aquella tormenta. Una suerte de trilogía encontrada años después, confluyentes en este extraño periplo pandémico que ha llevado la mirada a los orígenes de los tiempos.

Para entenderla un poco mejor, Castro Prieto dibuja corpórea la magia con el fruto de su propio caminar durante días en 2002. Juan Cobos le llevó veinte años atrás como al propio Luchino, de la mano entre jarales y pedregales, al éxtasis con el brutal desgarro hecho por el hombre, arcoiris concéntrico con el que el fotógrafo redescubrió el color de la tierra.

Probablemente no podía haber encontrado aquí el escritor mejor compañero de viaje que este consumado retratista de la memoria, socorrista del olvido que también se reveló magistral en su más reciente Cespedosa, el paseo por su propia Riotinto entre campos salmantinos. Sus imágenes son ejercicio sobrecogedor incluso sobre el papel del libro, más que nunca aliadas de la palabra y de la tierra y su identidad.

La guinda para la exquisitez es el prólogo de Vicente Molina Foix, viscontiniano, y el epílogo de Nuria Barrios, marciano. De nuevo otros dos polos girando en torno a esa fuerza magnética, pura corriente telúrica que se siente como nunca ante el abismo de Corta Atalaya, seductor y terrorífico, como notó en lucha interna el propio Castro Prieto en aquellas caminatas. Como el mismo Cobos Wilkins sigue sintiendo desde la infancia siempre encontrada en Riotinto. Decía García Márquez, recuerda, “si quieres ser universal, habla de tu pueblo”. Pero el escritor siempre estuvo en el universo riotinteño.

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