De libros | Manuel Garrido Palacios

Las lombrices de Darwin

  • Manuel Garrido Palacios vuelve a la novela con 'Teclas blancas. Teclas negras' y ese lugar donde encontrar el alma del pueblo, la memoria y el dolor

Manuel Garrido Palacios (Huelva, 1949) acaba de publicar una nueva novela de su universo particular. Manuel Garrido Palacios (Huelva, 1949) acaba de publicar una nueva novela de su universo particular.

Manuel Garrido Palacios (Huelva, 1949) acaba de publicar una nueva novela de su universo particular.

Existen narradores de dentro para fuera –pongamos por caso a Kafka o a Musil– y narradores de fuera para dentro –ahí estarían Faulkner, Rulfo o Erico Verissimo–. Los primeros cultivan su mundo interior, como los poetas; nacen sus cuentos en sus propias entrañas, de sus gozos y sus sombras, los enjaretan y los dan a la estampa. Los segundos se ocupan de su mundo exterior, del mundo exterior. Estos vendrían a ser algo así como las lombrices de tierra, las que, según Darwin, son las responsables de la formación del manto vegetal, que es producto de su actividad digestiva: toman la tierra, la enriquecen en su interior y la desalojan luego contribuyendo de forma sustancial al funcionamiento de los ecosistemas terrestres, a la vida. Igualmente, este segundo tipo de narrador toma los cuentos que flotan en el aire, los enriquecen en su interior y los desalojan luego contribuyendo de forma sustancial también a los ecosistemas sentimentales que sostienen a las comunidades, a la preservación de la memoria, de la vida.

Pues bien, a este segundo grupo pertenecería Manuel Garrido Palacios, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Nueva York), con galardones tan importantes en el ámbito de la narrativa como el Borges (Los Ángeles) o el Golden Harp (Dublín), y traducido a varios idiomas.

Pero si nos vamos a las otras expresiones artísticas en las que Garrido Palacios ha destacado –el ensayo y las series de televisión– nos damos cuenta que sigue siendo en ellas como la lombriz de tierra darwiniana: reelabora la materia donde habita la existencia para pasarla a leyenda, en palabras o en imágenes. Ahí están sus más de una docena de ensayos: Alosno palabra cantada, Álora la bien cercada, Un cuento contado en Doñana, Diccionario de palabras de andar por casa: Huelva y provincia… o sus ya clásicas e imprescindibles series de Televisión Española: Raíces, La duna móvil, La primavera en Doñana, Rasgos

El quehacer narrativo de Garrido Palacios se sustancia en una serie de novelas y cuentos que emanan de una misma mirada, una mirada atenta, sensible, inteligente; una especie de cámara que va grabando su mundo entorno para ser montado luego y dispuesto para su visión; que sabe dar eso que llamamos esencial de las cosas, su meollo, aquello que no se debe perder a riesgo de que nos perdamos nosotros mismos porque es lo que nos identifica, lo que nos sostiene.

El universo de sus novelas

Arranca su trayectoria con varios libros de relatos finalizando el pasado siglo: Viaje al país de las leyendas, El clan y otros cuentos, Noche de perros y El retablillo del aprendiz y el maestro. Y la nueva centuria la estrena con la que, pienso, es su obra nuclear: El abandonario, que da paso a su producción posterior: El hacedor de lluvia y Memorias de las tormentas. En estas tres novelas se encierra un universo, Herrumbre, un no lugar que es todos los lugares; el magma en el que hemos crecido, en el que mil y una voz nos susurran desde un punto vago, el más allá o el más acá, no queda claro, como en aquella Comala incierta que un día le fascinara.

Teclas blancas. Teclas negras sigue en esa estela. Una voz en primera persona nos va desmigando un río de historias que se desbordan por aquí y por allá, sin contención, donde se mezclan el verso y la prosa en el mismo rango, los ágiles diálogos, las exactas descripciones; donde se hallan el alma del pueblo, la memoria y el dolor.

Portada del libro 'Teclas blanca. Teclas negras'. Portada del libro 'Teclas blanca. Teclas negras'.

Portada del libro 'Teclas blanca. Teclas negras'.

En una atmósfera de intemporalidad (solo algunos detalles nos llevan a colegir la época en que se narra: una linterna, una cámara o Rita Hayworth), una mujer le habla a su hija adoptada, Balbina, con una voz agónica (“La noche que tu naciste yo sufría en la cama de al lado un dolor más fuerte que el de tu madre”, arranca la historia), reconstruyéndole un mundo que se esfuma, un mundo amordazado por el amo y por el cura que lo bendice, pero que no impiden que la vida siga fluyendo con todo su esplendor a partir de una riquísima parada de personajes que terminan por formar un universo que es prolongación del de Herrumbre.

Pienso que toda la obra de Garrido Palacios es una, que su afán es uno: desbaratar las trampas del olvido, y, como la lombriz de tierra, una vez deglutidos los trabajos y los días, devolvérnoslos enriquecidos por la literatura, salvados.

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