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Pesadilla en la carretera comarcal

  • El sevillano Gonzalo Bendala estrena su segundo filme, 'Cuando los ángeles duermen', un 'thriller' nocturno que protagonizan Julián Villagrán, Marian Álvarez y la debutante Ester Expósito

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Pesadilla en la carretera comarcal

La carretera se difumina en la oscuridad, el cansancio empieza a vencernos y los párpados, que de repente pesan como el plomo, se empeñan en cerrarnos los ojos. Vamos a dar por supuesto que cualquier persona, si suele conducir, habrá vivido alguna vez al volante este tipo de pugna con el sueño. También Gonzalo Bendala, una noche cualquiera. "Te paras a pensar... y es que te puede pasar cualquier cosa. Pero no somos realmente conscientes. Un instante, un solo despiste, te puede cambiar la vida de forma drástica", dice el productor, guionista y director sevillano, que cuando aquella noche llegó sano y salvo a su casa se puso a juguetear con esa idea, a retorcerla para llevarla a ciertos extremos dramáticos, y de ahí salió no una campaña de la DGT sino Cuando los ángeles duermen, un thriller que, en cierto modo, dice Bendala, invierte ciertos códigos del género, "porque no deja de ser una película de persecuciones pero narrada desde el punto de vista de quien persigue, no de quien es perseguido, que es lo habitual".

De vuelta a casa tras una agotadora jornada de reuniones de trabajo, un hombre (Julián Villagrán) muy bien asentado en la vida, con su mujer (Marian Álvarez), su hija, sus primas de ejecutivo y su chalet en una urbanización al alcance de pocos, sufre un percance en la carretera. En su dispersa percepción de los hechos, que es la del espectador también, no está claro qué ha ocurrido exactamente: solamente, al principio, que un golpe lo ha sacado bruscamente de las brumas del sueño que empezaba a doblegar del todo su capacidad de aguante. Diremos únicamente que se cruza con dos muchachas, una gravemente herida y la otra en estado de shock (Ester Expósito, en su primer papel en el cine), que caminaban por esa misma vía secundaria tratando de hacer autostop para huir de una noche de fiesta con dos jóvenes amigos de las sustancias euforizantes que se tuerce bastante.

"La película trata, en última instancia, sobre nosotros mismos. Para mí, lo más interesante no es que la gente se pase una hora y media agarrada a la butaca saboreando esa tensión, que también, por supuesto, porque yo siempre he concebido el cine como entretenimiento principalmente; sino cómo se siente la gente después de verla, cómo aborda ese debate que yo creo que se puede crear al respecto. Tengo la impresión de que me ha salido una de esas películas en las que no te quedas pensando tanto en los personajes de la historia como en ti mismo, planteándote cómo actuarías tú si te ocurriese lo mismo que le ocurre al protagonista de la película", dice Bendala.

Y lo que le ocurre al protagonista, sin dar más pistas que desactivarían la construcción narrativa del filme, es que "un hombre normal", acorralado, en una situación que le supera y que pone en riesgo todo lo que por suerte o por esfuerzo ha conseguido en la vida, "saca todos sus demonios y hace cosas que nunca habría imaginado que llegaría a hacer", dice Julián Villagrán. "Se ve obligado a buscar su instinto de supervivencia -dice el actor gaditano-. Que es un instinto natural de todos los seres humanos: aunque se nos olvide a veces, somos animales". La película, tercia su director, nos recuerda todo esto, y lo hace con una crudeza que -no lo oculta Bendala- aspira a "incomodar". "Y por eso mismo era fundamental lograr la empatía del público con el personaje de Julián. Tanto a nivel de realización como narrativo, para mí el principal reto fue que el espectador fuera descubriendo la historia de la mano de él", añade. "Cuando leí el guión, aluciné -reconoce Villagrán-. Se nota que Gonzalo llevaba años dándole vueltas. A veces los thrillers de este tipo dejan cabos sueltos, la típica pregunta que te surge mientras la estás viendo y que te saca de la historia, bueno, y si hace esto, por qué no hizo antes eso otro, pero en esta película está muy bien atado. Y ese final sin concesiones me fascinó, creo que es un mazazo para el espectador".

Rodada íntegramente en los alrededores de Sevilla (salvo algunos interiores, en Montequinto), casi todo el metraje transcurre de noche y en solitarias carreteras comarcales, rodeadas por el campo y en fincas aisladas. "Era imprescindible que todo ocurriese de noche. Porque la noche es oscuridad y de algún modo eso está relacionado con las decisiones que toman los personajes, que son movidos en todo momento por el miedo, aunque ese miedo sea distinto en cada uno de ellos", explica Bendala, que en esta segunda película como director -tras Asesinos inocentes, de 2015, en un registro más de comedia negra, "casi de enredo"- adopta un tono "mucho más dramático porque con ciertas cosas no se puede bromear".

Por el "grado de implicación emocional" que requirió, por la obligación de "meterse ahí en el lodo" -en ciertos momentos, literalmente-, el papel ha "entusiasmado" a Villagrán: "Gonzalo ha trazado un arco hacia arriba que no para de crecer, hasta desembocar en una espiral de violencia y oscuridad. Había que estar muy presente en todo momento, ha sido un trabajo muy exigente por la acción, en el plano físico, pero también por la extenuación emocional. Diría de hecho que éste es probablemente el trabajo más duro como actor que he hecho en mi vida. Pero por eso mismo estoy contento. Yo, desde luego, me entregué en cuerpo y alma".

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