Manolo de Huelva

Historias del Fandango

Figura enorme en el selecto grupo de los grandes guitarristas flamencos. Unos apuntes sobre la figura de Manolo de Huelva al cumplirse 130 años de su nacimiento.

Manolo de Huelva. Nuevo Mundo, 13.10.1910
Manolo de Huelva. Nuevo Mundo, 13.10.1910
Miguel Ángel Fernández Borrero

01 de mayo 2022 - 04:00

Manuel Gómez Vélez, “Manolo de Huelva” o “Niño de Huelva” (Riotinto, 1892-Sevilla, 1976) fue un prodigio como guitarrista desde muy joven. A los cinco años, ya tenía como juguete un guitarrillo con el que correteaba por su casa. Después, férrea disciplina de ocho horas diarias aprendiendo. Con diecisiete, se estableció en Huelva con una sastrería, en la calle Berdigón, y daba conciertos de guitarra clásica en Sevilla que le merecieron grandes elogios, como anunciaba la revista Nuevo Mundo. Sastre de primera profesión, pues, y bien que se notaba, porque iba siempre como un pincel, impoluto y armonioso en su vestir, con sus trajes y camisas hechos a medida. Tocaba con brillantez las piezas más difíciles de Albéniz y Granados. En la foto, su pose denota que se dedicó de joven a la guitarra clásica.

Nuevo Mundo, 13.10.1910
Nuevo Mundo, 13.10.1910

Después de Huelva se instaló en Sevilla, luego en Cádiz y más tarde en Madrid, dedicado ya al toque flamenco. Siguió la enseñanza del maestro Patiño, que fue quien le inició en la técnica del pulgar, su dedo prodigioso, el que a juicio de Andrés Segovia, ferviente admirador suyo, “debía ser conservado a su muerte para mantenerlo como reliquia viva que con él se consiguieron las tonalidades más bellas y puras del flamenco”.

De su época de Huelva, recordaba el cante de José Muñoz ‘El Feo’, un extraordinario intérprete de cante grande, con duende, que no quiso ser profesional. El Feo iba con frecuencia al taller de sastrería del joven guitarrista Manuel Gómez Vélez; allí departían de flamenco y echaban sus buenos ratos, admirando cada uno el arte del otro.

Su amigo Sabicas

Sabicas decía de él que fue, junto con Ramón Montoya, el tocaor más importante y más decisivo para el flamenco de las primeras décadas del siglo XX. (Sabicas y Manolo mantuvieron su amistad desde jóvenes y se cartearon hasta el final de sus vidas, desde Nueva York y Sevilla). Montoya era el del toque florido, mientras que Manolo era la austeridad flamenca y la perfección rítmica.

El acompañamiento por Huelva

Es arriesgado señalarle como creador único del acompañamiento por Huelva, porque los mismos guitarristas advierten que los toques suelen ser el resultado de varias aportaciones. Pero por los años en que se grabaron los primeros discos, con ese toque ya bien definido, es evidente que la del Niño de Huelva fue decisiva en la personalidad musical de acompañamiento al fandango huelvano.

Es curioso que cuando grabó con Manuel Centeno el fandango atribuido a Pérez de Guzmán (“Me quisieron dar la muerte…”, Odeón 101.027, año 1922), fandango que, como todos los aires de Málaga, se había venido acompañando por aquellos años siempre con toque abandolao (Borrull, Montoya, Manuel López), él lo tocó por Huelva con toda naturalidad y quedó armonioso y bien conjuntado.

Todo cuanto tocaba eran creaciones personales, que constantemente renovaba: no se limitaba a repetir lo que había creado, sino que hacía aportaciones nuevas cada vez. Y se ufanaba de ello, tanto como de no haber hecho apenas grabaciones, porque así no le podían imitar descifrando sus discos. Lo llamaban para grabar las discográficas y no las atendía.

Guitarrista de los grandes cantaores

Acompañó a Manuel Torre durante muchos años (él decía, ya mayor, que lo acompañó veinticinco años). Para él, que conoció bien la casa de los Pavones, Tomás era el más largo, más que Manuel Torre y más que su hermana Pastora. Con ella se dice que tuvo discretos amoríos en un tiempo… La carrera flamenca de Tomás la frustró su siempre delicada salud, que le impedía acudir las más de las veces que le llamaban para cantar.

Manolo vivió la esplendorosa época flamenca de la Alameda de Hércules y el barrio de Triana sevillanos, templos formidables del flamenco en las primeras décadas del siglo pasado.

Su toque por bulerías era sencillamente inconmensurable; para muestras, pueden disfrutar de su compás en este cuplé cantado por Manuel Vallejo: el pregón “Llegó el frutero” (https://www.youtube.com/watch?v=Ol3NEKxXl).

Fiel siempre a su idea de que el cometido del tocaor es seguir al cante. “La guitarra no debe marcar nunca un cambio de acorde antes que la voz. El que canta –le dijo a Virginia Harrison- adelanta a la guitarra, pero el guitarrista debe esperar el lugar donde puede cambiar”. Es decir, la misión de la guitarra es actuar de acompañante en una conversación musical.

Fue amigo de Manuel de Falla y de Federico García Lorca, quien le dedicó un comentario muy cabal que le definió certeramente: “Algunos guitarristas, como el magnífico Niño de Huelva, no solo se dejan llevar por la voz de su buena sangre, sino que tampoco se apartan de la línea pura, ni pretenden jamás, máximos virtuosos, demostrar su virtuosismo”. Manolo participó como guitarrista oficial de los dos concursos más importantes celebrados, el de Granada en 1922 y el de Huelva en 1923. En ambos destacó por la maestría de su acompañamiento.

Montoya, de rodillas

Contaba Juan Valderrama que Manolo era un tocaor con una pureza diferente a todos. Era la flamencura, el aire, el sonido de lo genuino andaluz… Montoya en cambio era la armonía, el sonido exquisito. Pero admiraba a Manolo de Huelva. En Villa Rosa, una noche que no había trabajado nadie y estaban alrededor de veinte artistas allí, reunidos y esperando por si salía algo, llegó Manolo, comenzó a tocar, acompañó a varios cantaores y luego tocó “Sevilla”, de Albéniz [2].

Del libro de memorias de Juanito Valderrama “Mi España querida”.
Del libro de memorias de Juanito Valderrama “Mi España querida”.
Carnet profesional del Sindicato del Espectáculo.
Carnet profesional del Sindicato del Espectáculo.

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