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Gotas que desbordan al salvaje interior

  • Mario Marín presenta su nueva novela, 'Mañana es el día siguiente', con personajes llevados al límite

El escritor y pintor onubense Mario Marín, en las calles de su barrio.

El escritor y pintor onubense Mario Marín, en las calles de su barrio. / canterla

Desde Ediciones del Viento aseguran estos días, en el lanzamiento de la segunda novela del onubense Mario Marín, que se trata de una "crónica del mal en estado puro", "una novela cruel que nos deja una sonrisa". Se refiere ese poso al desenlace que espera tras el horror absoluto con una última hoja en negro mientras comienza de fondo Sympathy for the devil, como imaginado epílogo musical.

Pero Mañana es el día siguiente no es novela de risas ni canciones, aunque de cuando en cuando trate de dar entre páginas descanso al desasosiego del lector. Éste es relato de límites humanos, de transgresiones inesperadas, de estados inertes que entran en ebullición sin que nadie lo espere. Quizá ni los propios protagonistas.

Esta historia es de personajes, tan insondables aquí como se revela el propio alma humana, llevados al límite. Y que también hace reflexionar mucho sobre la existencia de personas de límites infinitos y de las que los pierden a lo largo de sus vidas.

El decorado se localiza aquí al lado, en Aljaraque, aunque bien podría ser en Valverde del Camino o en cualquier otro punto recóndito del mundo que tenga mucho de decadencia en viejas urbanizaciones metidas entre árboles y naturaleza. Allí va a parar un chico de vida anodina, con el cometido de cuidar del huerto de un amigo que se marcha fuera en busca de trabajo. Es joven de sanas costumbres, de ofrecer su ayuda solidaria, de correr en su ciudad o en el campo, solo entre el mundo, como su propia vida discurre.

Y es en ese retiro puntual, entre pinares y casas de aire setentero, cuando se encuentra con un artista plástico, suerte de anacoreta voluntario. Y con su perro. Y es ahí cuando todo salta por los aires. Cuando suceden cosas y caen gotas que colman vasos contenedores de los más bajos y mezquinos instintos. Cuando los salvajes son vistos como ángeles en un territorio que se escapa a la razón y por el que todos transitan con un desparpajo desconocido.

Mario Marín (Huelva, 1971) presentó ayer su novela en la Fundación Cajasol. Antes explicó a este periódico que su historia trata mucho del "asco contenido" y de cómo "ese asco llega a dominar a una persona aparentemente buena para convertirla en una persona brutal". Son esos sentimientos, asegura, "que nadie imagina que puede tener dentro".

Ese "asco" al que recurre el autor en su explicación, "el mal", afirma, son personajes importantes en una narración que cuenta con pocos de los de carne y hueso, de los que sufren, con una envolvente teatral, tan interesante como inquietante, que recuerda a ese duelo entre Oliver y Caine que en el cine orquestó el maestro Joseph Leo Mankiewicz.

Pero esta "novela dura de principio a fin", puestos a contar referentes, es un poco más cercana en el tiempo y en la memoria popular. Porque muchos lectores recordarán a Tarantino y el sadismo que guardaba en Reservoir dogs, y que luego se llevó a Pulp Fiction, para mayor padecimiento de Marsellus Wallace.

Puestos a rasgar y encontrar, se pueden ver entre líneas también a Steinbeck y a Martín Santos, aseguran desde su editorial. Todo lo que pueda inspirar un relato minuciosamente construido, que se mueve entre ambientes urbanos y rurales, aunque se fija una línea temporal de un año, desarrollada a través de los tiempos del campo, de la cosecha, en ese huerto convertido en caja de bombas de la existencia.

Marín aparca el invencionismo que marca parte de su obra pictórica reciente y aquella primera incursión en la narrativa que fue la celebrada El color de las pulgas (Ediciones del Viento). Aquí opta por probarse a sí mismo, partir de parajes que conoce bien y escurrirse por los más oscuros que haya imaginado. Porque el mal, al menos aquí, se queda en el papel.

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