Tres Caídas mira al futuro desde el Polvorín con un palio en construcción

Con una junta renovada el pasado mes de mayo, afronta su gran proyecto de reforma del paso de palio para 2028

El Cristo de las Tres Caídas y la Virgen del Amor. / Josué Correa

La Hermandad de Tres Caídas vive un momento de esos que se notan en la calle, en la parroquia y hasta en el tono con el que se habla de ella. Con Francisco Rebollo al frente desde la entrada de la nueva junta el pasado mayo, la cofradía del Polvorín no solo mantiene su pulso de barrio —ese que se siente cada Lunes Santo—, sino que se ha metido de lleno en un proyecto que, por ambición y por alcance, se ha convertido en el gran horizonte de los próximos años: la renovación de los varales del paso de palio con la vista puesta en 2028.

Rebollo no es un recién llegado que aterriza con un plan cerrado bajo el brazo. Lleva 16 años en junta de gobierno, ha vivido días de todo tipo (de los que amanecen torcidos y acaban abriéndose, y de los que empiezan claros y se tuercen en minutos), y conoce bien la evolución del palio “completado como se pudo” a lo largo de los años. Por eso, cuando habla del proyecto, lo hace con ese equilibrio que mezcla visión a largo plazo y realismo de hermandad.

“Todo nace de los respiraderos”, explica, situándolos como piedra angular de la estética del conjunto. A partir de esa “joya más importante” —en palabras del propio Hermano Mayor— se articula una propuesta firmada por Juan Robles, un diseño con referencias muy concretas y un discurso artístico muy pensado: guiños a la Catedral de Santiago y a su simbología, elementos señoriales de la Casa Real, y detalles inspirados en lámparas del Palacio Real. La hermandad, además, ha ido incorporando esa estética “a la orfebrería”, de forma que jarras, violeteros y el resto del conjunto caminen al unísono.

El itinerario de ese “proyecto integral” no se improvisa, y en Tres Caídas lo dicen con fechas y piezas sobre la mesa. La bambalina se remonta a 2006, mientras que los tiradores —que no son una nota al pie— son de 1955, de esos que han sostenido el palio durante décadas. Después llegó el manto: en 2019 se estrena el manto de María Santísima del Amor, realizado por Emanuel Solano con diseño de Juan Robles, impulsado por la Comisión Manto de Amor. Y el siguiente gran paso lo marcaba el techo de palio —también de Solano y con dibujo de Robles—, una pieza que el año pasado no pudo lucirse en la calle por la lluvia.

El Hermano Mayor de Tres Caídas, Paco Rebollo, señalando un elemento del paso de palio. / Josué Correa

Y aquí aparece una de las claves de este presente: el tiempo. No hace falta recordarlo mucho en Huelva, pero Rebollo lo pone en contexto con la serenidad de quien ha tenido que decidir en días límite. La decisión de no salir, subraya, nunca es sencilla: se hace reunión extraordinaria, se valora la jornada sin precipitarse, y se apura “todo lo posible” sin perder de vista que se protege el patrimonio artístico y también el humano. “Al final”, viene a decir, una estación de penitencia no puede convertirse en un espectáculo por querer salir lloviendo; se intenta, se espera, se decide… y cuando no se puede, no se puede.

El caso es que, más allá de los recuerdos recientes —el año pasado con el Lunes Santo pasado por agua, el 2024 como jornada plena, los cortes del calendario en 2020 y 2021 por el COVID—, Tres Caídas mira hacia delante con una hoja de ruta clara. Y en el centro de esa hoja aparece la palabra varales. Los actuales no son propios: proceden de la Hermandad del Baratillo de Sevilla, y la aspiración de la cofradía es cerrar, por fin, un palio completo en propiedad. Rebollo no lo maquilla: es “una obra mastodóntica”, con un coste elevado, y por eso este año el foco se coloca en restauración y en preparar el terreno para lo que viene.

Paco Rebollo con la Verónica. / Josué Correa

En lo concreto Tres Caídas llegará a este Lunes Santo con novedades visibles. Se han renovado todos los ropajes de los romanos y su coraza, confeccionados por el taller de costura de la Hermandad, un trabajo que no solo viste: también habla de oficio interno, de manos propias y de identidad. Y la Virgen del Amor lucirá dos regalos que, por su valor y por su historia, se convierten en noticias por sí mismos: un conjunto de encaje de Bruselas del siglo XIX y un toisón entregados por los hermanos.

Hay, además, un detalle que condensa bien el espíritu de esta etapa: el broche del Patio del Amor, esa iniciativa que permite que los pacientes infantiles ingresados en el Juan Ramón Jiménez tengan un espacio de juego y respiro. No es solo un adorno, es un símbolo: el palio, la estética y el patrimonio avanzan, sí, pero la hermandad no se entiende sin la vertiente social y sin ese vínculo directo con la ciudad y con quienes están pasando momentos difíciles.

Tres Caídas en la calle un lunes Santo. / Alberto Dominguez

Esa dimensión social, de hecho, ocupa una parte central del trabajo diario. El Patio del Amor echó a andar a mediados de noviembre, y según explica el Hermano Mayor “va muy bien”, con avances incluso más rápidos de lo que esperaban. Ahora, el reto ya no es construir, sino sostener: mantenimiento y actividades, para lo que hace falta algo tan básico como imprescindible en cualquier obra social: voluntarios. La hermandad, de hecho, tiene prevista una reunión informativa el 17 de febrero para todo el que quiera sumarse, con un mensaje claro: apuntarse es sencillo y se canaliza a través de sus redes y de los canales de comunicación con los hermanos.

Y en paralelo a lo social aparece otro frente que, en el siglo XXI, resulta casi estructural: la comunicación. Rebollo lo dice desde una experiencia propia —ha estado ligado a esa área durante años— y lo plantea como una reforma de base: renovación de redes sociales, puesta al día de la web (una web que, recuerda, fue pionera en Huelva), y modernización de los sistemas de administración interna. El objetivo es que la hermandad se comunique mejor, que llegue mejor al hermano y que funcione mejor por dentro. La nueva página debería estar completa para mayo, y, además, se han implementado nuevas vías de comunicación directa, como la coordinación a través de WhatsApp.

En ese “funcionar mejor por dentro” entra también la vida de hermandad en su sentido más cotidiano. La nueva junta ha creado el grupo infantil, con talleres y actividades en la Casa Hermandad que buscan algo más que entretener: formar convivencia y pertenencia. Visitas a talleres —como el del imaginero Sergio Sánchez—, dinámicas tipo gincana, juegos, actividades culturales, la fiesta infantil de Navidad… El grupo, que ronda los 10 o 12 niños y va creciendo, es una de esas semillas que no se ven en la procesión, pero se notan dentro de unos años en el cortejo, en la nómina y en el relevo natural de la cofradía.

Y luego está la calle, claro. Si se habla de Tres Caídas, inevitablemente sale la cuesta que lleva su nombre y que cada Lunes Santo congrega a centenares de personas para ver como el Cristo la sube. Rebollo no la niega: la salida, la recogida y la subida tienen una belleza especial por su dificultad y por lo que generan alrededor. Pero también reivindica que la hermandad posee “muchos momentos importantes”.

Porque si la cuesta es épica, la segunda parte del recorrido es intimidad: Huerta Mena, los naranjos, las fachadas blancas, la luz tenue, la calle Virgen del Amor, el pasaje donde se concentran petaladas y saetas. Ahí, sostiene, está ese punto más familiar, el que se vive como propio y donde el barrio parece llevar en volandas a sus titulares. Y ahí, también, es donde se entiende una idea que Rebollo repite con convicción: hoy la Semana Santa —en Huelva y fuera de Huelva— es cada vez más de los barrios, con hermandades que se han convertido en banderas y, en cierto modo, en motores de vida comunitaria.

En esa visión de presente y futuro, el Hermano Mayor no compra el discurso del pesimismo fácil. Se habla mucho del “espectáculo”, de los móviles, de la gente grabando, de si se pierden esencias. Rebollo lo mira desde otra perspectiva: las hermandades nacen para acercar la Iglesia al pueblo, y siguen cumpliendo esa misión. Que haya móviles, dice, es parte de la sociedad actual, pero no significa que se vacíe el sentido; conviven devoción, arte y representación, y cada cual lo vive desde su lugar. Para él, la Semana Santa atraviesa un momento dorado, no solo por el nivel artístico, sino por la implicación, por el número de hermanos, por la capacidad de atraer y de abrirse “a todo el mundo”.

Y en ese crecimiento, Tres Caídas quiere seguir estando en la primera línea, sin perder el pulso cercano. Lo demuestran los números —es de las hermandades más numerosas de Huelva—, lo demuestra el movimiento interno, y lo demuestra un proyecto patrimonial que no se vende como capricho, sino como legado. Los varales son, al final, mucho más que doce piezas que se balancean con técnica: son la culminación de un palio pensado con coherencia, la aspiración de una hermandad que se sabe madura, y la prueba de que el Polvorín sigue empujando fuerte cuando el Lunes Santo “acaba de desempolvar su túnica” y la ciudad se asoma, una vez más, a esa llama que —si el cielo lo permite— arde mejor cuando el barrio la protege.

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