El Perdón: barrio, constancia y paciencia

Ha vuelto a su barrio la Virgen de los Dolores, y la iglesia "ha dejado de estar vacía", tras el mantenimiento de su titular

El Calvario, tras una espectacular restauración del Cristo, un palio que mira al futuro

La Virgen de los Dolores. / Jesús Fernández

"Es que entras y parece que está vacía". Hablaban dos señoras en la puerta de la iglesia con el prioste preguntándose cuando vuelve "la reina de La Orden". Pues ya ha vuelto. La Virgen de los Dolores regresó este viernes a su casa, y el evento fue todo un acontecimiento para un barrio, cuya idiosincrasia no se entendería sin El Perdón.

La Virgen ha estado fuera por una intervención que, el Hermano Mayor, José Felix Sequera, define con precisión: “es mantenimiento”. Pero no un trámite. En El Perdón han asumido —como tantas hermandades en los últimos años— que el patrimonio humano sostiene la vida diaria, sí, pero que el patrimonio artístico, y en especial los titulares, necesita cuidados serios. “Un palio o un candelabro se va arreglando… pero las imágenes son muy importantes”, dice. En el caso de la dolorosa, una talla con más de ochenta años, obra de Vergara fechada en 1943, la última intervención importante fue a finales de los noventa o en torno al 2000 con David Valenciano. Desde entonces, nada. “Son 26 años”, recuerda, señalando lo que sufre una obra al culto: la cera, el humo, los cambios de temperatura y humedad de iglesias que no están pensadas como museos.

Rostro de la Virgen de los Dolores. / Jesús Fernández

El trabajo ha incluido limpieza, consolidación y cambios estructurales: nuevo candelero de cedro, sustituyendo el antiguo de pino, y también brazos nuevos del mismo material “para que puedan perdurar muchísimos años”. Y en el barrio, mientras tanto, la cuenta atrás. “Aunque el Señor es el que lo llena todo”, matiza Sequera, dejando clara la jerarquía devocional: “la hermandad es el Señor… el Señor tira muchísimo”. Pero la Virgen, insiste, ocupa un lugar emocional que se nota en cuanto falta.

El Perdón está arraigado a La Orden como pocas corporaciones en Huelva. Y su historia explica por qué. Nació primero como asociación parroquial en 1984, y dio el salto a hermandad en 1987, tras un origen que hoy suena casi a relato fundacional de barrio: una obra de teatro de la Pasión organizada por un grupo joven en una parroquia recién estrenada. De aquella representación surgió la idea de sacar al Señor por el barrio en Vía Crucis; de ahí, el paso a la hermandad; y en 1988, la primera salida como cofradía de penitencia con el recorrido más largo de todas las de Huelva.

Su día, además, no se entiende sin un capítulo que marcó a varias generaciones: la madrugada. A El Perdón lo “encajaron” en aquella apuesta por dotar a Huelva de una noche larga, con un esquema que hoy casi cuesta imaginar: Nazareno, Misericordia y El Perdón compartiendo un orden de paso y una dureza de horas y kilómetros. “En esa época tardábamos trece horas… doce horas y media”, recuerda Sequera. Y ahí aparece una frase que condensa la identidad de la cofradía: “cuando salimos de La Orden decimos que vamos a Huelva”. No es una metáfora. Es geografía y es sentimiento: bajar al centro desde una barriada nacida al calor del polo químico —“donde Dios perdía el mechero”, dice con esa forma directa de hablar del barrio— era un esfuerzo físico y logístico que la madrugada multiplicaba.

La experiencia fue “muy bonita” para quienes la fundaron, pero también “muy dura”. Treinta años: de 1988 a 2008. Y en 2008 llegó la decisión —en parte propia, en parte asumida por el contexto— de salir de ese sitio. “Veíamos que la hermandad no avanzaba”, explica. La prueba llegó en 2009, ya en Lunes Santo: al principio eran desconocidos para mucha gente que preguntaba “¿qué hermandad es esta?", pero el cambio fue el revulsivo. “Esta década… ha sido el vuelco total”, afirma. Se asentaron bases, creció el sentido de pertenencia y la hermandad se convirtió en lo que hoy es: una unión barrio-cofradía “muy potente”, con actividades durante todo el año y con niños de tercera generación apuntándose “porque son del barrio”.

La hermandad llega a un punto de cierre de etapas. Sequera no podrá presentarse de nuevo a hermano mayor por estatutos, tras diez años al frente (y antes, años de junta), y su reflexión tiene tono de balance: seguir creciendo, sí, pero ahora toca asentar. “Esto es como una carrera de fondo”, explica; “en una maratón tienes que aguantar”. En esa línea, los proyectos iniciados están prácticamente culminados: el misterio del Cristo está completo y el palio, en orfebrería, se remata este año con “las dos calles de cantería que nos quedaban y las violeteras”. En bordado, quedarían los respiraderos de los costeros; el resto está hecho. Y a partir de ahí, lo que no luce tanto, pero sostiene: mantenimiento, conservación y necesidades de casa hermandad: “esta sala pide una vitrina… y eso es dinero que no se ve en la calle”.

La vida de hermandad fuera de la Semana Santa tiene músculo, y en La Orden se nota. “Desde el 1 de enero hasta el 31… no paramos”, resume. Con Cáritas, con asociaciones del barrio, con jóvenes, con entidades como Ánsares o Laberinto, y con un vínculo especial a las Hermanas Oblatas, convento de clausura al que la hermandad se siente particularmente unida por historia y afecto: fue su primer sitio de estación de penitencia y el cariño sigue siendo recíproco.

La conversación, inevitablemente, vuelve al Lunes Santo y a sus dilemas. Porque El Perdón juega con un factor que condiciona todo: el recorrido más largo de la ciudad, once kilómetros, doce horas en la calle. Sequera lo explica sin adornos: la decisión de salir o no salir con duda es “muy difícil”; manda el corazón, pero “la cabeza tiene que estar fría y los pies en la tierra”, pensando sobre todo en el patrimonio humano. Niños, menores, familias… y el riesgo de psicosis cuando el agua amenaza. Recuerda, como ejemplo, aquel episodio en la Concepción con la Hermandad del Calvario cuando la primera estaba refugiada por la lluvia: “500 personas allí… la mayoría niños”, silencio absoluto, estación compartida, control y calma. Un golpe en la mesa —en el buen sentido— para demostrar madurez.

Y en ese relato aparece hasta un meteorólogo “de cabecera”, en Utah, aconsejando y afinando partes, porque en una hermandad así el tiempo no es un comentario: es estrategia. Segarra lo resume con una frase que vale para la meteorología y para todo lo demás: “las cosas verdaderas se avanzan como el pan antiguo, con la masa del día anterior”. El Perdón, en La Orden, ha aprendido a crecer así: con barrio, con fondo y con paciencia.

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