Pan, trabajo y dignidad
Crónicas de otra Huelva
Ponce hace un llamamiento a las autoridades y a las conciencias de las élites económicas ante la miseria creciente de los trabajadores en el invierno onubense de 1930
El comentario
Romper la indiferencia
El artículo de José Ponce se inscribe claramente en el contexto de la grave crisis social y económica que afectaba a amplias capas de la población obrera a comienzos de la década de 1930. El autor parte de una denuncia reiterada: el invierno ha llegado sin que se hayan tomado medidas para evitar el desempleo y el hambre entre los trabajadores. La referencia concreta a la paralización de obras públicas, como el camino vecinal entre Aljaraque y Huelva, sirve para poner rostro local y tangible a un problema estructural: la falta de trabajo como origen de la miseria. Ponce muestra así una preocupación social profundamente arraigada en la realidad inmediata de su entorno.
El texto adopta un tono claramente combativo y apelativo, propio del periodismo social de la época. El autor no se limita a describir la situación, sino que interpela directamente a las autoridades y a las élites económicas locales, a las que responsabiliza de la inacción. Resulta especialmente significativa su crítica a la beneficencia: aunque reconoce su función paliativa, la considera humillante y moralmente insuficiente. Frente a la caridad, Ponce defiende con firmeza la dignidad del trabajo, entendido no solo como medio de subsistencia, sino como fuente de honra y cohesión social.
Desde el punto de vista ideológico, el artículo refleja una sensibilidad social cercana al reformismo y al regeneracionismo tardío, muy presentes en los meses finales de la monarquía de Alfonso XIII. La insistencia en la inversión productiva de los capitales privados y en los acuerdos entre administraciones revela una confianza aún vigente en soluciones institucionales y en la responsabilidad social de los propietarios. No hay una llamada revolucionaria, sino una exigencia ética y cívica dirigida a quienes detentan el poder económico.
Finalmente, el cierre del artículo intensifica su carga emocional mediante un recurso retórico eficaz: la identificación del lector acomodado con el sufrimiento de los pobres. Al invitar a imaginar a los propios hijos sin pan, Ponce busca romper la indiferencia y despertar la conciencia moral de la burguesía onubense. La mención a las tragedias de Asia (durante las décadas de 1920 y 1930 ocurrieron hambrunas devastadoras, causadas por una combinación de políticas estatales, guerras, crisis económicas y desastres climáticos) amplía el horizonte del texto y subraya que el hambre no es una abstracción lejana, sino una amenaza real y cercana. En conjunto, el artículo es un testimonio elocuente del malestar social que precede a la Segunda República y del papel del periodismo como instrumento de denuncia y apelación moral.
Hace unas cuantas semanas que el comentarista hizo una primera llamada advirtiendo el temor de que llegase el invierno y no se hubiera puesto remedio a un mal que se avecinaba pavoroso. Han transcurrido todas esas semanas y el comentarista ve con dolor que el remedio pedido no se apunta por parte alguna. El invierno de los pobres ha llegado, y cada día aumenta el número de las gentes que no podrán llevar a sus casas pan, por no tener trabajo con que ganarlo.
Una comisión de obreros se ha acercado ya al Gobierno civil en demanda de que se activase el trámite para la construcción del camino vecinal entre Aljaraque y Huelva, que les librase de la crisis que les amenaza. Estos obreros ven en la invernada el pavor de la miseria que puede asolar sus casas. Un doble acuerdo municipal-provincial puede remediar una parte de ese cuadro desolador de unas cuantas casas sin pan. Pero aún resuelto esto quedarán muchos hermanos en la indigencia. El invierno se presenta crudísimo, más que por la inclemencia del tiempo por las hambres que amenazan a los trabajadores modestos, a los jornaleros, a los de oficios indefinidos.
Y no es bastante que en Huelva haya unas cuantas instituciones benéficas que atiendan al sustento de los desamparados. El pan dado de caridad, si remedia el hambre de momento, humilla la mano que lo recibe. No hay que dar pan; hay que dar trabajo. Huelva, si bien no es una ciudad de grandes posibilidades económicas, hay número suficiente de fortunas para emplearlas en algo mejor que estar estancadas en los Bancos. Hay capitales suficientes para acometer obras en las que poder emplear brazos, que ganen pan y lleven a los hogares pobres el consuelo y la honra de un jornal "ganado", no mendigado.
Por una vez, el periodista se dirige a esos poseedores de riquezas para decirles:
Pensad que vuestros hijos os pidan pan y no tengáis que darles. Pensad en vuestros hogares fríos con vuestras familias moribundas de inanición. Pensad en que por cosas parecidas nos horrorizáis leyendo las cosas que pasaron en Asia.
—Blanqui-Azul
Diario de Huelva, 14 de enero de 1931
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