Una mirada a la obra de Amigos del Niño en la Huelva de 1930, donde la mesa compartida vence la escasez

Crónicas de otra Huelva

Ponce Bernal afirma que allí donde los niños comen el futuro se fortalece, se nutre el cuerpo y a la vez la dignidad

Comedor del asilo de San Rafael. / Foto Romero.
José Ponce Bernal / Felicidad Mendoza Ponce

Huelva, 05 de enero 2026 - 05:01

La Introducción

PAN, ABRIGO Y ESCUELA

Huelva abraza a sus niños

El artículo de José Ponce tiene un protagonista indiscutible, como este 5 de enero en que lo reproducimos, aunque por diferentes razones: el niño. Se inscribe en una España marcada por la desigualdad social y la ausencia de políticas públicas sólidas de bienestar. En provincias como Huelva —con economía dependiente del campo, el puerto y la minería— la precariedad laboral y la estacionalidad del jornal afectaban especialmente a las familias trabajadoras. En ese contexto, los Comedores o Cantinas Escolares aparecen como iniciativas de caridad impulsadas por asociaciones civiles, destinadas a paliar el hambre infantil más que a resolver sus causas profundas.

A lo largo del texto, Ponce describe con tono elogioso el funcionamiento de los comedores y recurre a la imagen de un niño sano, alegre y agradecido para personalizar el relato y suscitar empatía. Se mencionan la “carestía del jornal” y las dificultades de las familias para asegurar el alimento diario, subrayando la realidad de la pobreza. Sin embargo, esa crítica social se mantiene contenida: el autor muestra el problema, pero no señala responsables políticos o económicos ni cuestiona el sistema que lo produce. Eso sí, con un tono moralizante y muy paternalista, apela a los ricos para que aporten su dinero para mantener esta actividad que busca saciar el hambre de los niños y niñas de familias pobres. Presenta la donación como una inversión moral que será recompensada en el futuro por esos niños convertidos en “hombres de bien”. Los pobres aparecen como sujetos pasivos —dignos de compasión y ayuda— y no como ciudadanos con derechos que el Estado debería garantizar.

En conjunto, el texto revela un compromiso del periodista más humanitario que político. Ponce se muestra sensible ante el sufrimiento infantil y actúa como mediador para movilizar apoyos en favor de la institución, pero su compromiso se limita al ámbito de la beneficencia. Su mirada busca aliviar los efectos visibles de la miseria —el hambre, la carencia inmediata— antes que promover una reflexión crítica sobre las causas estructurales que la generan. Este aspecto lo guarda para otros textos en los que sí hemos comprobado que Ponce era ese periodista incómodo para una clase social y política que pasaba de puntillas sobre los problemas reales a los que se enfrentaba la Huelva que le tocó vivir.

Los Comedores escolares —He aquí una institución simpatiquísima que merece, por la finalidad que persigue, mayores elogios nacidos de un conocimiento más amplio de la misma.

Los comedores escolares –consignémoslo con verdadera complacencia— funcionan en Huelva de una manera ejemplar, cuidados con verdadero mimo por sus fundadores Amigos del Niño y secundado ad gesto por cuantos, más o menos directamente, intervienen en la realización y marcha de tal institución.

Recorte de comedores escolares. / M.G.

Diariamente, durante el curso escolar, allí reciben alimentación sana y abundante cerca de dos centenares de niños, hijos de familias modestísimas en cuyas casas el problema del comer diario es algo de solución llena de dificultades, porque la cortedad del jornal, unida a la circunstancia de eventualidad en el mismo, eso solamente da como resultado. En estos días fríos del invierno, cuando el niño necesita sustento para su cuerpo, encuentra una mesa pulquérrima con abundancia de alimentos preparados con el mayor escrúpulo donde puede satisfacer su apetito hasta acallarlo completamente. No hace ni tampoco cuatro días que un muchachote de cabellos rubios como el oro, encendidas sus mejillas por el color sano que habla de salud fuerte, de constitución que presenta un magnífico ejemplar hombruno, habló conmigo un rato breve, pero lo bastante para que, en su media lengua, fuera respondiendo a mis preguntas sobre los Comedores. Aquel niño reía en abundancia y no encontraba palabras para decir cómo se come en la Cantina Escolar:

—Carne, cocido, pescado, galletas, cosas ricas… nos dan allí. Y al terminar la frase, del bolsillo de su babicito sacó una magnífica naranjita que su afán devorador no pudo consumir después de la comida de ese día.

Yo, que ya sabía que allí se atendía a los niños todo lo bien que ellos merecen, sentí gran contento al conocer las impresiones ingenuas de mi pequeño interlocutor.

Ahora, que todo el que pueda —¡y son muchos los que pueden y no quieren!— envíe de vez en cuando unas pesetillas para proteger el funcionamiento de estos Comedores escolares “Amigos del Niño”. Serán unas pesetas que no habrían de encontrar mejor inversión. Esos niños lo agradecerán; nosotros, los mayores, habremos de aplaudir el gesto. La Cantina Escolar merece toda nuestra más profunda simpatía.

Blanqui-Azul

Diario de Huelva, 17 de diciembre de 1930

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