La fatiga emocional en la era digital

Psicología y Salud | Todo está en tí

Cuando la empatía se convierte en cansancio emocional en un mundo saturado de dolor ajeno

Una pareja denota agotamiento mental. / M. G.

El agotamiento de los “buenos”, sentirse agotado por el dolor de los demás es uno de los problemas psicológicos más grandes de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo que nos obliga a mirar constantemente el sufrimiento de gente que ni siquiera conocemos. Tenemos una ventana digital en el bolsillo, nuestro teléfono, que nunca se cierra y que nos muestra tragedias a cada segundo. Antes, este problema solo lo tenían personas que trabajaban en hospitales, como médicos o enfermeras, o quienes ayudaban en emergencias. Pero hoy, ese desgaste emocional se ha vuelto algo común para cualquiera que tenga internet y un poco de sensibilidad.

Desde el punto de vista de la psicología, este cansancio extremo no significa que seas una persona débil o que no tengas valores. En realidad, es el precio que pagas por ser una persona empática. Es el costo de preocuparse por los demás en un mundo donde estamos bombardeados por noticias horribles todo el tiempo. Existe una diferencia importante entre el agotamiento normal del trabajo, que suele venir por tener mucha burocracia o un jefe difícil, y esta fatiga por compasión. Este tipo de fatiga ataca directamente a tu corazón y a tu capacidad de sentir. Poco a poco, va desgastando tu habilidad para conectar con el dolor de otra persona hasta que sientes que ya no tienes nada más que dar.

Todo empieza de una forma muy callada. A veces comienza porque queremos ser héroes, ayudar a todo el mundo o estar súper informados de lo que pasa en el planeta. Pero con los días, nuestro cuerpo empieza a dar señales de que está saturado. Dentro de nuestro cerebro tenemos una parte pequeñita llamada amígdala que funciona como un vigilante, su trabajo es detectar peligros. Cuando vemos imágenes de guerras o leemos injusticias constantemente, ese vigilante se queda encendido todo el tiempo, el cerebro interpreta cada noticia triste como si fuera una amenaza personal que nos está pasando a nosotros.

Cuando estamos así de alterados todo el día, el cuerpo no puede volver a estar tranquilo. Esto provoca que, para protegernos, nuestra mente cree una especie de "capa protectora" que nos vuelve insensibles. De repente, notas que ya no lloras con noticias que antes te rompían el alma. O quizás te das cuenta de que te molesta que alguien venga a contarte sus problemas porque sientes que ya no te queda espacio para escuchar a nadie. Este alejamiento no es que te estés volviendo una mala persona, es simplemente que tu "tanque de gasolina emocional" se quedó vacío. Tu cerebro está tratando de ahorrar la poquita energía que le queda para que tú puedas seguir sobreviviendo. Es como si hubieras absorbido tanto dolor ajeno que ya no sabes ni quién eres tú.

Si miramos esto desde el punto de vista de la sociedad, nos damos cuenta de que estar conectados a todo el mundo nos está haciendo daño. Los seres humanos estamos diseñados para cuidar de nuestra "tribu", es decir, de un grupo pequeño de personas donde nuestra ayuda realmente sirve para algo. No estamos preparados biológicamente para procesar las tragedias de cinco continentes diferentes en una sola tarde. Esa diferencia entre lo que vemos y lo que realmente podemos hacer crea una sensación de impotencia que nos enferma. Sentimos que el dolor del mundo es un río infinito y que, por mucho que hagamos, nada va a cambiar. Eso nos lleva a volvernos cínicos o a caer en una tristeza profunda.

Además, este cansancio no solo está en la cabeza; se siente en el cuerpo. Aparecen problemas para dormir, dolores de cabeza que no se quitan, nudos en el estómago y un cansancio que no se va, aunque duermas doce horas. Es una fatiga distinta porque no es el cuerpo el que está agotado, sino que es el alma la que se cansó de sentir tanto. En las consultas de psicología, cada vez vemos a más personas que se sienten culpables por estar así, piensan que se han vuelto egoístas, cuando lo que realmente necesitan es permiso para desconectarse y poner límites.

Recuperarse de este estado requiere un cambio total en cómo cuidamos nuestra mente. Tenemos que entender que cuidarnos a nosotros mismos es un deber, no un lujo. Si no cuidamos la "herramienta" con la que ayudamos, que es nuestra propia mente, acabaremos siendo inútiles tanto para los demás como para nosotros mismos. Esto significa aprender a diferenciar entre "sentir con el otro" y "convertirse en el otro",no podemos dejar que el dolor de los demás nos robe nuestra identidad.

Para sanar este desgaste, es fundamental volver a las cosas sencillas que nos hacen sentir que tenemos el control de nuestra vida. Cosas como caminar por el bosque, pintar, escuchar música o hacer ejercicio ayudan a que el cuerpo elimine todas las hormonas del estrés que hemos ido acumulando. También es clave aprender a tratarnos bien a nosotros mismos, a veces somos nuestros peores jueces; por eso, debemos empezar a hablarnos con la misma amabilidad con la que le hablaríamos a un amigo que está pasando por un mal momento.

En nuestros barrios y comunidades, necesitamos crear espacios donde podamos decir "estoy agotado" sin que nadie nos juzgue. Debemos reconocer que nuestra capacidad de dar amor y ayuda es limitada y necesita mantenimiento, como cualquier otra cosa importante.

El gran peligro de no hacer caso a este cansancio es que terminemos perdiendo nuestra humanidad. Si dejamos que toda la sociedad se agote emocionalmente, perderemos la solidaridad que nos mantiene unidos. Por eso, aprender a gestionar cuánto dolor ajeno podemos ver es una lección urgente. Tenemos que saber cuándo cerrar la ventana de las noticias cuando el viento sopla demasiado fuerte.

Al final del día, proteger nuestra capacidad de conmovernos es lo más valioso que podemos hacer hoy en día. Y eso solo es posible si aceptamos que, para poder cuidar a otros, primero tenemos que estar a salvo nosotros. Estar agotados de compasión no es el fin de nuestra bondad, sino un aviso de nuestro sistema nervioso que nos pide "volver a casa". Necesitamos recargar nuestra propia luz antes de intentar iluminar el camino de alguien más. La psicología no quiere que dejemos de ser buenos o empáticos, sino que lo seamos de una forma que dure toda la vida. Se trata de integrar el dolor del mundo sin dejar que nos ahogue, recordando que nuestra primera obligación es mantener nuestra mente sana. Solo así podremos seguir siendo manos que ayudan y corazones que, aunque estén un poco cansados, siguen latiendo con esperanza en un mundo que siempre nos va a necesitar.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último