El Rocío

Jerez duerme en Guaperal en la víspera de la presentación ante la Blanca Paloma

  • La filial jerezana celebra su misa más íntima en el bello paraje del Cerro de los Ánsares. A mediodía está prevista su entrada en la Aldea tras cuatro días de camino por el interior del parque de Doñana.

Los Ánsares es el paraíso; es un regalo de la naturaleza para los sentidos que se recrea en Doñana para que el rociero se encuentre más cerca del Cielo. Es el paraje que deja una huella indeleble en el alma del romero. El Cerro era antaño el lugar del Ángelus y del rengue entre cantes con sentidas y profundas letras que se pierden en los tiempos de las sevillanas más rocieras. Hoy por hoy, ese talante festivo de Los Ánsares tiene otro significado. Se convierte en un templo de celestes cúpulas y de rubias arenas donde la hermandad se encuentra con la Eucaristía. El tercer día de camino transcurre también con temperaturas agradables gracias al poniente que sopla durante todo el día.

La misa de los Ánsares, segunda del camino, es la más íntima, la que evoca recuerdos y sentimientos que solo allí florecen en oraciones y ritos pasados por el tamiz rociero. Es un año mas el epicentro de ese tercer día de camino, que es el más largo pero que regala las imágenes más hermosas del Coto: arenales inmensos, pinares, marismas y la Raya eterna. Al final está el premio, la llegada al mismo Rocío. Esta es la hoja de ruta del viernes de vísperas, de la antesala de la llegada para todos, desde los novatos en las lides rocieras y del camino, hasta los que conocieron los viejos rocíos- aquellos de la antigua ermita- y a la Virgen con la ráfaga de puntas. Eran las romerías bucólicas a las que se iba con lo necesario, sin más lujos que el placer de poder echarse a las rodás, algo muy parecido a lo que hora hacen los que van a pie que en su soledad, con muy poca compañía, se marcan la senda para ir cumpliendo etapas. Son los peregrinos de a pie que este camino vuelven a conformar un grupo muy variopinto, cercano al medio centenar -los que van organizados como tales-, en el que se mezcla la experiencia de los que acumulan muchas romerías con los nuevos que llegan con ganas de no sucumbir ante el reto.

La comitiva va avanzando, primero como manda la ley del camino, al ritmo de los carros y caballería, que son los que señalan las etapas del amplio itinerario a cumplir el viernes, en contraste con el día precedente que apenas se avanzó alguna legua por la cañada real que atraviesa el Coto.

La ida está tocando su final. El Sopetón, lugar fresco rodeado de verdor y adornado por la extensa marisma que surge en sus medios, huele a guisos y se palpa la calma, acentuada con la visión de cuerpos en duermevela recuperando las horas de vigilia que han quedado atrás. Eso sí, los oídos siguen muy atentos a la voz del alcalde de carretas que, cuando la caída de la tarde se empieza a insinuar, da la orden de seguir.

Por delante esperan Palacio y la Raya para los que se quedan con la hermandad a pasar la última noche en Guaperal. La mayoría de la tracción mecánica, costumbre que es inevitable, pone rumbo a la Aldea buscando la generosa ducha y la mullida cama bajo techo. Hay que aprovechar el dineral que se paga por cuatro días de alquiler por una casa.

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