Pilar Rodríguez, la mujer detrás de los dulces más famosos de Aracena: "Criada entre hornos, bandejas y olor a almendra tostada"
Pilar Rodríguez ha transformado el obrador más famoso de Aracena, Confitería Rufino, sin perder la esencia familiar ni el alma artesana. Su historia inspira y sabe a legado, y este año cumplen 150 años
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En la Sierra de Aracena, donde el tiempo parece detenerse entre el ruido de las fuentes y el aroma del pan recién hecho, hay nombres que no necesitan presentación. “Rufino” es uno de ellos. Pero detrás de ese emblema, de esa historia con más de un siglo de tradición repostera, este año cumplen 150 años, hay personas que la sostienen con trabajo, constancia y humildad. Una de ellas es Pilar Rodríguez Romero, copropietaria de Confitería Rufino, negocio familiar reconocido con un Solete Repsol y punto de referencia para quienes visitan Aracena buscando autenticidad, sabor y dulzura.
Pilar creció entre hornos, bandejas y olor a almendra tostada. Desde pequeña, junto a sus hermanos, aprendió el oficio de la mano de sus padres, José Luis y Gertrudis, dos nombres que suenan a sacrificio y a legado. Allí, entre el obrador y el mostrador, entendieron que el trabajo bien hecho es una forma de cariño. Que servir un dulce es también servir una historia, de las cuales se hicieron cargo.
Formada en Empresariales y con una amplia experiencia en el ámbito de la gestión, Pilar coordina hoy las tiendas de la firma, manteniendo viva la esencia familiar con una mirada moderna. Pero su liderazgo no se basa en jerarquías, sino en ejemplo. Porque como bien dice ella, “aquí nadie es más que nadie”. Lo demuestra cada día, mocho en mano si hace falta, recordando que los anillos solo se pierden cuando uno deja de valorar el esfuerzo.
Además, Pilar es una mujer resolutiva, de esas que no se amedrenta ante los retos. Quienes la conocen saben que siempre está al frente cuando hay que tomar decisiones difíciles, que defiende con firmeza la excelencia de la marca y que mantiene el listón alto, sin perder nunca la cercanía ni el trato humano. En Confitería Rufino, ella es ese equilibrio entre el corazón y la cabeza, entre la ternura del obrador y la visión estratégica de la empresa.
El equipo que dirige está compuesto mayoritariamente por mujeres, y no por casualidad. Pilar apuesta por un modelo de gestión que podríamos llamar de cultura cliente-céntrica, pero que en realidad es mucho más sencillo, cuidar a quien te cuida.
En un sector donde la presencia femenina es altísima pero su visibilidad aún escasa, Pilar representa esa otra cara del turismo gastronómico: la que sostiene los negocios, los coordina, los hace crecer y los mantiene humanos. Ella no busca focos, pero los merece. Su historia, marcada además por una batalla personal, superviviente de cáncer de mama, es la de tantas mujeres que siguen adelante sin perder la sonrisa, el temple ni la vocación de servicio.
Hablar de Pilar es hablar de resistencia, de dulzura y de dignidad. De cómo las manos que baten, amasan o limpian también piensan, dirigen y sueñan. De cómo detrás de cada escaparate bonito hay una mujer que ha sabido convertir la adversidad en impulso.
Por eso, cuando uno entra en Confitería Rufino y pide una yema o un pastel, quizás no lo sepa, pero está degustando más que un dulce, está probando una historia de familia, de esfuerzo compartido y de mujer.
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