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Podemos, ante el fin de la inocencia

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Antes de convertirse en partido político Podemos ya tenía cinco eurodiputados. Antes de presentar su programa para las elecciones generales ya dispone de una base electoral y un respaldo social superior, con mucho, al de organizaciones políticas con casi veinte años de trayectoria en la escena pública. Antes de concurrir a unas elecciones realmente importantes, ya se pueden plantear en serio que su lucha no es por una cuota de presencia más o menos grande, sino por la centralidad en el sistema político nacional. En España no se ha visto nada igual.

El gran mérito de Podemos es triple. Por una parte, ha sabido transformar en activismo político la indignación de gran parte de la sociedad española ante la crisis, el paro, el empobrecimiento de la mayoría y el deterioro de las instituciones a causa de la corrupción. Podemos es el partido de la cólera. Su origen inmediato es el 15-M. Los airados de aquel movimiento callejero son los militantes y dirigentes de Podemos: capas medias y bajas de carácter urbano, con formación superior a la media de otros partidos, gente fundamentalmente joven y ajena a la transición. A sus miserias y a sus grandezas.

Por otra, ha dado los pasos necesarios para encauzar todas las energías de la protesta ciudadana en la dirección de configurar un agente colectivo de transformación y cambio político y social. Tocando la fibra más sensible de la gente, a saber, que la culpa de la situación es, entera, de la casta. De todos los partidos de la política tradicional. Han llevado hasta sus últimas consecuencias aquella consigna emblemática de las masivas movilizaciones de los indignados: ¡Que no nos representan! Los indignados se proponían asaltar el Congreso de los Diputados, el símbolo de la soberanía nacional que ellos veían como el nido y el corazón de toda la corrupción y la injusticia del sistema. Podemos les ha indicado otra vía: ocuparlo a través de las urnas. Para destruirlo desde dentro. Con menos utopía, con más realismo.

Por último (tercer mérito), lo han hecho revolucionando la forma de hacer política. Nada de agrupaciones territoriales que convocan a los militantes de higos a brevas para leerles el argumentario, preparar mítines y cerrar filas alrededor de unos líderes que viajan en coches oficiales. Nada de consignas de arriba y simulacros de debate. Nada de votar lo que propongan los dirigentes y acatar lo ya decidido. Al contrario. Mucho de apariciones en televisión con frases directas, sencillas y contundentes que van al corazón (indignado, repito) de los ciudadanos hartos de mensajes caducos, a la defensiva, que contradicen una realidad amarga de sufrimiento social.

Mucho, muchísimo, de redes sociales. Podemos es la creación de un selecto grupo de politólogos y sociólogos que han comprendido como nadie la trascendencia de las nuevas tecnologías en la conformación de la sociedad, y también en la comunicación en el siglo XXI. Las técnicas de comunicación empleadas a modo por la cúpula de Podemos son ya objeto de estudio en las universidades. Por su innovación y por su éxito innegables. Como la propia concepción de la militancia. Han sustituido el militante político de siempre, sumiso e intrascendente, por el activista o el simpatizante que sólo necesita manejarse en las redes sociales para participar. O para disfrutar de una apariencia de participación, porque Pablo Iglesias, Errejón, Monedero y demás han sido capaces de convencer a los círculos de que suyo es el poder de decisión y, al mismo tiempo, de que voten una dirección jerarquizada y vertical y un liderazgo unipersonal y providencialista. Más próximo al leninismo que todas las organizaciones tradicionales netamente autoritarias. Los círculos, qué gran invento. Requieren a la mayoría una mínima dedicación y un compromiso tibio.

Los problemas de Podemos vienen precisamente de su propio éxito. A un grupo marginal o subsidiario no se le exige nada. Puede sobrevivir instalado en el radicalismo. Nadie le va a pedir cuentas por que desafíe el principio de realidad. ¡Estos chicos! Pero Podemos ya no son estos chicos. Por voluntad propia, porque han diseñado esa estrategia y porque les ha ido bien, están disputando el poder a quienes lo han ejercido alternativamente hasta ahora. Y poder significa proyecto, programa, explicar a la gente lo que quieren hacer con este país. Está claro lo que no quieren, pero ya no basta. El listón de las demandas ha subido. Ellos se lo han buscado. No se ganan las elecciones poniéndose al frente de la cólera ciudadana, ni siquiera teorizando sobre sus causas, sino detallando sus remedios. Para que la cólera se traduzca en votos hace falta decir para qué se usarán los votos. No vaya a ser que acaben sirviendo sólo para sustituir a los que están arriba por otros que gobiernen como ellos (y se corrompan, y se comporten como una casta y se conformen con lo que hay), aunque vayan sin corbata.

Entonces es cuando viene el vértigo. Da vértigo pasar de plataforma de acción a partido con aspiración de gobernar. Eso significa entrar en el cuerpo a cuerpo con las otras fuerzas políticas y exponerse a que se descubran las contradicciones y se denuncien las carencias propias de aquellos que han construido su personaje colectivo denunciando las ajenas. Es lo que ha ocurrido con Íñigo Errejón, cuya conducta con la famosa beca de investigación supone una irregularidad menor, reiterada en una universidad endogámica y amiguista, pero susceptible de adquirir una dimensión espectacular. Sólo porque es el número dos o tres de Podemos.

Podemos no estaba preparado para esta guerra sucia. Como no lo estaba para que Pablo Iglesias pasara de impartir doctrina y repartir maniqueísmos desde las cómodas tribunas televisivas a ser víctima de la sobreexposición mediática y padecer los inconvenientes de entrevistas o debates con interlocutores incordiantes. Ni para ser la diana de todo el espectro político cuyos intereses ha venido a amenazar.

Pero el mejor ejemplo del vértigo lo ha dado la cúspide de Podemos con su insólita decisión de no concurrir como partido a las elecciones municipales, sino diluidos en una amalgama de siglas y plataformas a las que pretende fagocitar como auténtica vanguardia de una pretendida mayoría social. Sin dar la cara. Escudándose en pretextos tan increíbles como la voluntad de no ser infectados por organizaciones ajenas y candidatos oportunistas. Pero ¿es posible quedarse en la edad de la inocencia y mantener la pureza ante una campaña electoral tan importante para la vida cotidiana de los ciudadanos? Ciudadanos a los que se les dice: confiad en nosotros, pero no ahora, reservadnos el voto para las elecciones generales. Queremos el Gobierno de España, no el de sus ayuntamientos. La revolución se hará de arriba a abajo.

Claro que también la conquista del poder en España requiere un programa. Las elecciones se ganan por credibilidad, pero no sólo de las personas. Hace falta un proyecto. Aunque tienda a creerse lo contrario, las consignas sólo funcionan si tienen detrás un plan atractivo. Y atractivo quiere decir que guste a los votantes y que sea viable. Hay que reconocer que Podemos ha reaccionado con habilidad a este emplazamiento. Después de haber construido un partido antes de elaborar una oferta, se han sentido urgidos a concretarla. Con enorme ductilidad: donde hablaban de no pagar la deuda a nuestros acreedores, garantizar una renta básica universal y jubilar a la gente a los 60 años ahora, con las elecciones acercándose, se habla de renegociar la deuda, atemperar las prestaciones sociales a los ingresos del Estado y jubilarse a los 65. Por supuesto, han desaparecido las referencias al socialismo bolivariano-ecuatoriano y ahora el modelo es el socialismo escandinavo. Por decirlo en sus justos términos: la socialdemocracia nórdica (con monarquía, por cierto).

La gran cuestión es: esta facilidad para adaptarse, rebajar la temperatura radical del cambio que se oferta y, en definitiva, intentar la transversalidad ideológica y política -única fórmula conocida para granjearse el respaldo de una sociedad de clases medias-, ¿es una opción estratégica legítima o puro tacticismo de encubrimiento y disimulo? No lo tengo claro, pero tiendo a pensar que Podemos no ha abandonado sus genes de populismo y radicalismo. Como en otras experiencias europeas, los dirigentes de Podemos son intelectuales pequeñoburgueses ideologizados, muy alejados del socialismo y desencantados del comunismo que aprendieron en su juventud. Se ubican en la extrema izquierda. No se proponen reformar el sistema democrático, sino sustituirlo por otro. ¿Más democrático en la medida en que intentan alumbrar una Constitución nueva, superadora de los enjuagues y pactos de la transición y liquidadora de la antigualla de la monarquía? ¿O democrática en otro sentido: con más poder de las asambleas, consejos ciudadanos que controlen a las instituciones, escraches para acompañar al voto, medios de comunicación públicos (es decir, estatales) y partido-guía que imponga sus criterios a las minorías?

Esto no lo ha aclarado Pablo Iglesias y tengo la duda de que esté en condiciones de aclararlo antes de pedirnos el voto. Sin embargo, es importante. Fundamental. La mayoría social que Podemos reivindica como sustento inesquivable de su proyecto político creo que quiere saber si lo que se le propone es liquidar esta democracia imperfecta, incompetente ante la crisis y atravesada por la corrupción de una minoría notoria de sus dirigentes, y reemplazarla por una democracia con apellidos: orgánica, decía Franco para endulzar la privación de libertad de los ciudadanos; popular, decían en Europa del Este con el mismo objetivo.

Siempre acudo en estos casos al magisterio de Karl Popper, quien confesaba lo mucho que le había costado entender de joven que "la libertad es más importante que la igualdad, que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad y que, si se pierde la libertad, ni siquiera habrá igualdad entre los no libres".

Sí, importa mucho que Podemos explique estos detalles antes de pedir el voto.

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