Combates por el Patrimonio Las ordenanzas de Cortegana que protegían la dehesa

  • Las normas que propiciaron la conservación de la industria del cerdo ibérico fueron pregonadas en la Plaza de la localidad en 1532

Imagen de la presentación de una edición facsímil de las Ordenanzas de Cortegana en la Diputación de Huelva.

Imagen de la presentación de una edición facsímil de las Ordenanzas de Cortegana en la Diputación de Huelva. / M. G. (Huelva)

Hace casi 500 años y mucho antes que nacieran palabras y políticas relacionadas con la conservación del medio ambiente como ecologismo, sostenibilidad, cambio climático y Objetivos de Desarrollo Sostenible, ya se realizaba en la comarca de la Sierra de Aroche un control medioambiental por parte de los antiguos concejos o Ayuntamientos sobre los recursos del “monte”. Durante el siglo XVI en un espacio encastillado, periférico, autárquico y con una economía basada principalmente en la ganadería y los aprovechamientos forestales las infracciones y daños eran frecuentes.

Los términos municipales de cada población dibujaban un paisaje parecido, en su ruedo las huertas, olivares y viñas, un poco más alejados los castañares y dehesas y en las zonas más elevadas y accidentadas el matorral. Este sistema económico trataba de abastecerse de frutas, verduras, hortalizas, vino, aceite, miel, castañas y bellotas. Pero también de leña para defenderse del frío y de caza, plantas silvestres y setas para complementar la raquítica dieta alimenticia.

La comarca fue entregada por Alfonso X el Sabio, en 1253, al concejo de Sevilla como parte de su término municipal o alfoz y sus concejos pasarán a ser realengos y depender del sistema defensivo que protegía contra el reino de Portugal. La política de los Reyes Católicos de finales del siglo XV provocó una importante transformación en los ayuntamientos que llevó a la capital hispalense a recopilar todas sus leyes y ordenanzas, las cuales fueron publicadas en 1527.

Durante todo este siglo la ordenación de la vida económica de las diversas poblaciones sevillanas se llevaron a cabo en los marcos locales. Cinco años después con aquel espíritu se van a generar las Ordenanzas de Montes de Cortegana, documento excepcional que guarda su archivo municipal y que fueron publicadas en una edición facsimilar por el Archivo de la Diputación Provincial. En 1532 con esta regulación económica el Concejo pretendía controlar las actividades de los vecinos en el amplio término municipal para impedir los daños en sus dehesas, huertas, viñas y olivares.

Imagen de las Ordenanzas de la localidad de Cortegana. Imagen de las Ordenanzas de la localidad de Cortegana.

Imagen de las Ordenanzas de la localidad de Cortegana. / M. G. (Huelva)

Las ordenanzas por tanto son un compendio de acuerdos y reglamentos del cabildo que intentan en todo momento equilibrar agricultura y ganadería. A los repobladores norteños se le concedieron algunos espacios acotados llamados dehesas comunales, boyales o concejiles para lo animales de labor. También hacia tiempo que se había iniciado un proceso de apropiación de los baldíos reales por concejos y particulares con el objetivo de convertirlos en espacios agrícolas o dehesas.

El Cabildo de Cortegana presentó al sevillano una propuesta de Ordenanzas de montes fundamentalmente para regular la entrada en sus dehesas de bellota, básicas para la cría del cerdo ibérico, y voyales, fundamentales para los bueyes de arada y equinos. Algunas de ellas estaban cercanas al núcleo como Corteganilla, Corte de Alonso Rodríguez o Valdelacanal y otras lejanas como El Carpio, La Garnacha, Palomarejo y Toconal. En éstas últimas entraban muchos forasteros a pesar de los acotamientos por las escasas penas que se contemplaban para los infractores.

El Concejo hispalense las aprueba para regular los aprovechamientos pero también bajo el interés que una parte de las multas impuestas iban a parar a sus arcas; sobre todo por el incremento que sufren éstas para disuadir a los infractores, yendo en función del tipo y número de animales y de la propiedad de vecinos o forasteros. Con estas Ordenanzas Cortegana se iguala con villas como Aroche y Aracena que ya habían legislado en el mismo sentido.

Las encinas y alcornoques tienen su ciclo anual, lo que hace que la bellota tenga que madurar, por eso se ordena que se acoten las dehesas entre el 1 de septiembre y el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, que es cuando está curada para la entrada de los cerdos en montanera y consumo humano. Cortegana dejaba que se engordaran los cerdos de sus vecinos en esas dehesas para asegurarse el abastecimiento de sus carnes, salazones y chacinas. Los ganaderos eran obligados a vender por lo menos la mitad de sus cerdos los domingos en los dos o tres mercados que solía haber, teniendo que esperar a que pasaran para poder vender la otra mitad en otras poblaciones.

Se regula que sus dueños, para introducir los cerdos en la dehesa del Carpio, los tendrán que registrar con antelación ante el escribano del Concejo y Alcaldes Ordinarios en torno al día 29 de septiembre, día de San Miguel. En la dehesa de Alcarabocino muchos vecinos se estaban abasteciendo de leña de encina cortando ramas o talándolas por el pie. Ante este estado de cosas se establece un control, con petición al Concejo y declaración de necesidades ante el escribano. También se regula con duras penas la resistencia al alguacil municipal y su cuadrilla que le acompañaba para prender a los infractores.

En el mismo sentido se establecían periodos para acotar las dehesas boyales, sin que entraran otros ganados que no fueran los que se utilizaban para arar, pues los vecinos y forasteros entraban también vacas, caballos, mulos y asnos que no estaban destinadas a este cometido. También los particulares que tuvieran en sus fincas encinas y alcornoques podían aprovechar su bellota dos días después que el concejo las desacotara. Estas ordenanzas que propiciaron la conservación de las actuales dehesas serranas y de la industria del cerdo ibérico fueron pregonadas en la plaza de Cortegana el 24 de noviembre de 1532 ante los alcaldes Bartolomé Martín Esparragoso y Hernando Vázquez Mateo.

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