Aljaraque rota en el último adiós a la familia Zamorano, que deja una herida imborrable entre los vecinos

Una nube negra sobre el pueblo y sobre los aljaraqueños que este miércoles caminaban con el corazón encogido

Un reencuentro doloroso para una despedida que nadie estaba preparado para dar

Huelva llora unida a las 28 víctimas que deja el accidente ferroviario en Adamuz

Vecinos y amigos portan uno de los féretros de los cuatro miembros de la familia Zamorano Álvarez al interior del pabellón de deportes de Aljaraque, donde se instaló la capilla ardiente. / JOSUÉ CORREA

Un silencio sobrecogedor recibió la llegada de los féretros. Nadie tenía palabras. Imposible en ese momento. Solo llanto que salía desde lo más hondo sin poder frenarlo.

El recibimiento multitudinario de los vecinos de Aljaraque a la familia Zamorano Álvarez fue una estremecedora muestra de la dimensión de la tragedia personal que hay detrás del accidente ferroviario de Adamuz. Cuatro miembros de dos familias rotas. Pepe, Cristina, Pepe y Félix. Padre, madre, hijo mayor y sobrino. Sus féretros llegaron en torno a las diez de la noche al pabellón de deportes que el Ayuntamiento aljaraqueño había habilitado como capilla ardiente para su despedida y para dar calor a su familia en los momentos más difíciles vividos estos días. La vuelta a casa que nadie quería.

La familia, muy conocida y querida en Aljaraque, y en la vecina Punta Umbría, de donde era natural la madre, Cristina Álvarez, recibió ese gran abrazo silencioso de quienes tantos momentos felices han vivido con ellos, plenamente activos e integrados en la vida social del municipio. Más motivos para el desgarro emocional que está viviendo todo el pueblo.

El día acompañó el sentimiento que ha flotado entre los vecinos de Aljaraque. Una nube negra sobre el pueblo y sobre los aljaraqueños que este miércoles caminaban con el corazón encogido. En el ambiente ese amargor, esa sensación de injusticia y de incredulidad ante una pérdida tan repentina.

Una multitud de vecinos sin poder aguantar las lágrimas a la llegada de los féretros. / JOSUÉ CORREA

Los alrededores del pabellón tenían otro ritmo. Cuando la gente se acercaban las conversaciones se paraban de golpe. No había palabras y el recuerdo de la familia dolía. Ya no los verían en el colegio, tampoco se los cruzarían en los supermercados ni en las calles, pero su recuerdo se mantendrá latente en la memoria y en los corazones de quienes les conocieron. Desde temprano se acercaban hasta el edificio algunos vecinos, otros solo lo miraban de lejos, sin atreverse a acercarse. En silencio la gente se iba sumando a una espera eterna, un acompañamiento en el que no hacía falta hablar para transmitir la tristeza que les invadía.

“No me lo puedo creer”, en bucle, de una de las vecinas del municipio, conocida de la familia a la que le costaba contener las lágrimas. Vecinos, amigos y conocidos se han unido para el último adiós a la familia. Algunos se acercaban y en silencio se abrazan. No hacía falta decir nada más. Abrazos espontáneos que nacían como la muestra de afecto más íntima. Una forma de materializar el 'estoy aquí, contigo', de unirse en el dolor.

Una espera interminable en la que los vecinos se mostraron impacientes por recibirles en casa. Un goteo constante de personas que han querido mostrar sus respetos a una familia rota para la que los días pasan ahora más lentos, sin color. Rostros serios, miradas perdidas. Las coronas de amigos, vecinos, conocidos y asociaciones fueron llegando. Un grupo de amigas del colegio también se acercó para depositar sus ramos de flores en seña de amor, de recuerdo.

A la llegada de los féretros todos guardaron silencio. Nadie tenía palabras. Solo llanto que salía desde lo más hondo, sin poder frenarlo. Algunos de los presentes no pudieron soportalo y decidieron alejarse. Necesitaban respirar, la tristeza les ahogaba.

Llegada de los coches fúnebres al pabellón municipal de deportes de Aljaraque. / JOSUÉ CORREA

La familia entró la primera para un momento íntimo, de asimilación. Un reencuentro doloroso para un último adiós que nadie estaba preparado para dar. Este inesperado accidente ha dejado una herida en Aljaraque y la provincia entera que el tiempo no logrará borrar. A las puertas del pabellón los minutos parecían años, nadie querían que llegasen los coches. Las lágrimas no se podían contener. Ninguno hablaba, no había palabras que consiguiesen a callar el dolor y que brotaba en llanto. Las lágrimas poco a poco se fueron convirtiendo en sollozos y estos en gritos roncos, sin voz. Ya no quedaban fuerzas para seguir gritando. La luz de la familia se había apagado y no existieron palabras de consuelo que pudiesen frenar el dolor.

Aljaraque lloró, acompañó y abrazó a una familia destrozada, consciente de que nada será igual a partir de ahora. El accidente de Adamuz no solo se llevó cuatro vidas, también rompió la normalidad de un pueblo entero que este miércoles compartió el mismo dolor.

Los vecinos les acompañaron en una muestra de cariño, de hermanamiento, la mejor demostración de que Aljaraque es un pueblo unido y que ante el dolor, se apoya sin titubear. Amigos, vecinos, compañeros y conocidos formaron largas filas, sin prisas, sin palabras, solo con miradas húmedas y gestos de apoyo. Todo el municipio quiso estar presente. Este miércoles vivió una noche larga para la que nadie estaba preparado.

Hoy jueves será el funeral para la despedida. Una despedida física, solo. Porque los cuatro dejan una huella profunda que va a mantener su memoria siempre. Y tras este día el pueblo seguirá unido para arropar a la niña de seis años que queda con ellos.

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