Gente de aquí y de allá

Tomás, el de Los Caracoles

  • Quienes ahora dicen eso de "nos vemos en Caracoles" deben conocer la historia de su propietario

  • El bar lo fundaron en 1930 los padres adoptivos de Tomás y él lo regentó hasta su venta en 2000

Terraza del bar Caracoles, de Punta Umbría, en una imagen del año 2000. Terraza del bar Caracoles, de Punta Umbría, en una imagen del año 2000.

Terraza del bar Caracoles, de Punta Umbría, en una imagen del año 2000. / Juan Carlos Muñoz

Muchas de las personas que pasan por la calle Ancha de Punta Umbría ven que uno de los bares que aglutina a más gente es el bar Los Caracoles. Pero pocas son las que conocen la verdadera historia de este local que, a pesar de su nombre, nunca tiene tapas de caracoles. Casi nadie sabe por qué se puso de moda ni por qué es un lugar habitual de citas en las tardes puntaumbrieñas, pero lo cierto es que “nos vemos en Caracoles” es una frase muy común entre la gente joven y menos joven.

Yo empecé a ir a Los Caracoles todas las mañanas a tomar café en 1974, cuando empecé a trabajar en el Ayuntamiento de Punta Umbría. Y ahí fue cuando conocí a Tomás. Era un rito de cada mañana, lo primero que hacíamos en el día. Todos los días, a las 8 de la mañana, Manolo Leal, mi compañero durante muchos años, Carlos Madrid, Isidoro Rasco, José María González Azcona y yo le hacíamos una visita de unos minutos para degustar su exquisito café. Algunas veces, según las circunstancias, la visita se alargaba. Tomás siempre nos recibía con agrado, con su sonrisa y con algún comentario sobre las noticias relevantes del día.

En seguida nos hicimos buenos amigos y me contaba muchas cosas sobre los comienzos del negocio. Tomás había nacido en Ayamonte en 1930 y, como tantos niños, fue depositado en el torno de la Casa Cuna (magnífica labor la de esta institución, por cierto).

Pronto fue trasladado a Portugal, donde fue recogido por una señora que le amamantó. Allí vivió cuatro años, por lo que sus primeras palabras fueron en portugués, idioma que nunca perdió. Luego volvió a Ayamonte, donde aprendió a leer y escribir y donde realizó sus primeros estudios en el colegio de la propia Casa Cuna. Un verano vino de campamento a Punta Umbría y le gustó mucho este pueblo, al que luego, por las circunstancias, volvió para desarrollar en él toda su vida.

A los 14 años, un matrimonio de Moguer le adoptó por recomendación de las monjas, que le dijeron que el niño era muy bueno, muy inteligente y que se iban a alegrar, como así fue. Por tanto, Manuel y María fueron sus padres y se portaron muy bien con él, por lo que Tomás siempre les estuvo muy agradecido. De hecho, a su hijo le puso de nombre Manuel, como su abuelo. Precisamente es con su hijo Manuel con quien he estado reunido estos días para completar algunos datos que me faltaban sobre su padre.

Pues bien, Manuel y María habían montado un negocio en la calle Ancha de Punta Umbría el mismo año en que nació Tomás. Así que, al adoptarlo, se lo trajeron directamente a Punta, de donde nunca más se movió, salvo en los viajes de vacaciones que de vez en cuando hacía.

Tomás, que sigue siendo muy recordado en Punta Umbría. Tomás, que sigue siendo muy recordado en Punta Umbría.

Tomás, que sigue siendo muy recordado en Punta Umbría. / M.G.

El bar Los Caracoles era, en un principio, una casita de una sola planta con un porche y un patio trasero que servía de posada y donde se guardaban muchos de los burros que en el Muelle de las Canoas servían para transportar las maletas y los bultos que traían los veraneantes y viajeros en general. Los burros atravesaban el bar hasta el patio, donde estaban los pesebres. El suelo era todo de arena. En la puerta había un cartel que decía: “LOS CARACOLES-VINOS” y, naturalmente, el vino lo traían de Moguer. Y la tapa más preciada era el plato de habas enzapatás. ¡Qué casualidad, igual que ahora, casi cien años después!

Tomás se enamoró de una jovencita que visitaba mucho a Manuel y María y se casó con ella. Era Anita, a quien conocí también allí. Era una mujer toda bondad que le dio dos hijos, el ya nombrado Manolo, con quien me une una buena amistad, y Anita, que es enfermera y trabaja en un hospital de Madrid, donde vive con su familia.

Tomás quiso darle un giro al negocio y derribó el viejo bar para construir uno nuevo con su vivienda arriba, manteniendo el porche o marquesina tal cual está ahora y también el patio trasero. Eso fue en el año 1968.

Como curiosidad, decir que el maestro de obras, llamado Téllez, un constructor muy experimentado a quien también conocí y traté, hizo la nueva obra sin que Tomás tuviese que cerrar el negocio, algo que en los tiempos actuales no está permitido, pero en aquella época, a base de pasillos y de ir cambiando la barra de lugar, según avanzaba la obra, se mantuvo abierto sin perder su magnífica clientela.

Precisamente, a buena parte de esa clientela también la conocí. Algunos de ellos eran Elías Hierro, el carpintero de la calle Fragata; Dolago, un hombre pequeñito con una gracia especial que cada vez que me veía entrar con gente trajeada y con corbata se me acercaba y, por lo bajini, me decía: “A que son de la Junta de Andalucía”; Miranda, con quien me gustaba hablar porque era un hombre que sabía mucho, ¡hasta de topografía!, mi profesión, porque había hecho el servicio militar en la Brigada Topográfica del Ejercito. Otra persona que era asidua y amigo de la casa era el gran artista Rafael Fernández, natural de Jabugo, que pintó un magnífico mural de la Laguna del Portil que hoy aún se conserva, después de más de 50 años. Además, Rafael fue durante mucho tiempo quién daba ilusión a los niños de Punta Umbría cada 5 de enero, pues preparaba las carrozas de los Reyes Magos.

Tomás tenía una habilidad. Bueno, tenía muchas, y todas las aprendía solo, sin maestros, a base de practicar y estudiar. Era un autodidacta en muchas disciplinas. Estudiaba inglés y practicaba con la madre de Tony Vázquez, que vivía en frente. Tocaba la guitarra y enseñó a muchos puntaumbrieños a tocarla, incluso fue con Paco El Caena en sus comienzos al Gran Teatro de Huelva a acompañarle con la guitarra en una actuación que el recordado cantaor hizo en tan magnífico escenario.

Y qué decir de una habilidad que tenía Tomás y que practicaba solo para los amigos, porque nunca le gustó deslumbrar. Consistía en escribir con una tiza en la barra del bar cualquier frase con una caligrafía preciosa. Pero, ojo, empezaba por la última letra, desde atrás hasta el principio, o bien con las letras al revés, como para verlas con un espejo.

Y también tenía varias habilidades más con las que nos dejaba a todos con la boca abierta. Tanto es así que hasta vinieron de la televisión a buscarle para llevarle a un programa, pero él nunca quiso ir porque eso lo hacía solo para los amigos.

Él puso de moda que la gente quedase allí al atardecer

Yo conocí a Tomás ya con el bar nuevo y solo ponía cafés y, a mediodía, vinos y aceitunas. Pero éstas también las quitó porque le llenaban el suelo de huesos y hubo más de un accidente. Tomás compró un barquito para que le trajeran desde Moguer los barriles del buen vino de las Bodegas del Diezmo Nuevo.

¡Ah!, lo de los caracoles viene del bar viejo, donde Anita, la mujer de Tomás, preparaba y limpiaba sacos enteros de estos bichitos tan ricos. Pero dejaron de ponerlos cuando se inauguró el nuevo bar. Sin embargo, empezó a poner cubalibres y, además, muy baratos, porque él cobraba 14 pesetas por ellos, menos de un 1 euro de los de hoy por cubata. Él decía que le ganaba dinero así. Una coca-cola muy fresquita, un poco de ginebra, y eso sí, no le ponía hielo. Y claro, toda la gente joven era allí donde acudía. Y así él puso de moda que la gente quedase allí al atardecer.

Otra imagen de Tomás un poco más reciente. Otra imagen de Tomás un poco más reciente.

Otra imagen de Tomás un poco más reciente. / M.G.

En el año 2000 se vendió el bar. Y ese mismo año murió su esposa y Tomás quedó roto. Menos mal que su hijo Manolo le atendió perfectamente y en su casa le preparó su dormitorio. Además, comía con él todos los días y luego Tomás se daba una vuelta por el pueblo. Y como también tenía su casa, iba todos los días por allí a darse una vuelta.

Pero Tomás enfermó y su hija Anita se lo llevó con ella a Madrid en el año 2011, donde iba a estar muy bien cuidado al ser ella enfermera y vivir frente por frente del hospital donde trabajaba.

Tomás falleció a los 85 años en Madrid en 2015 y hoy he querido hacerle este modesto homenaje a un hombre bueno y que sin duda dejó huella en Punta Umbría.

Y no quería dejar pasar esta oportunidad para dar un aplauso a los actuales propietarios de Los Caracoles por haber sabido mantener el sabor del bar tradicional que le imprimió el bueno de Tomás y que sigue siendo el lugar elegido para quedar.

“¡Nos vemos en Caracoles!”.

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