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Gentes de aquí y allá: Carlos 'El Malagueño', caballero de fina estampa

  • Por Fernando Barranco Molina, académico de número de la Academia Iberoamericana de La Rábida. Profesor Honorario de la Universidad de Huelva 

Carlos 'El Malagueño', caballero de fina estampa Carlos 'El Malagueño', caballero de fina estampa

Carlos 'El Malagueño', caballero de fina estampa / M. G. (Huelva)

Hace solo unos días me encontré por la calle Concepción de Huelva a su hijo, al que veo con frecuencia y con el que siempre me paro para charlar un poco. Él recuerda mucho a su “Punta Umbría de su alma”, como a él le gusta nombrarla, y siempre hablamos de su padre, con quien me unía una buena amistad. Y de esa conversación salió que yo le dedicara unas letras a ese gran hombre que fue Carlos El Malagueño.

Nació en Málaga en el año 1911. Por tanto, si viviera hoy, tendría 110 años. Pero él nos dejó hace ya hace algunos inviernos en este pueblo al que había llegado en la década de los años 40 del pasado siglo, después de haber tenido una vida repleta de inquietudes y llena de aventuras.

Cuando nació fue abandonado en la puerta de un convento malagueño donde las monjas lo recibieron con amor y lo bautizaron con el nombre de Carlos de la Santísima Trinidad, nombre muy apropiado y característico que las religiosas solían poner a los niños que recogían. Posteriormente lo dieron en adopción a un matrimonio que no estaba bien económicamente pero que recibía mucha ayuda para que al niño no le faltase de nada. Él recuerda que un coche muy elegante aparecía de vez en cuando para traer comida y ropa para Carlitos.

Yo conocí a Carlos El Malagueño o Carlos El Churrero cuando ya él tenía algo más de 60 años. Sorprendía su figura elegantísima, siempre vestido con un traje de alpaca blanco, encorbatado y con sombrero. Llamaba la atención su porte, paseando por la “carretera industrial”, hoy avenida de Andalucía, donde él tenía su churrería. A mí me gustaba hablar con él porque era un hombre muy educado y que siempre sabía estar. La vida le había hecho ser así y, como él mismo decía, “es que yo nací en el seno de una familia bien y eso se lleva en la sangre”.

Hizo de todo antes de llegar a Punta Umbría. Fue torero (y con estilo), triunfando en plazas importantes, siempre con su arte y su temple. Después y, dado que tenía dotes de artista, se dedicó a cantar flamenco. Y lo hizo a veces en tablaos con gente importante en este mundillo como Pepe Marchena, maestro de maestros, o Manuel Vallejo.

Carlos no fue nunca a la escuela, pero lo aprendió todo solo. Todo lo que le dio tiempo, porque siendo muy jovencito le cogió la Guerra Civil, como a tantos jóvenes, y se tuvo que marchar al frente. Y aunque empezó en un bando, luego acabó en el otro, y al final de la guerra terminó en la cárcel como tantos perdedores. Menos mal que fue poco tiempo el que duró su privación de libertad y empezó de nuevo a buscarse la vida de una forma y de otra, pasando todo tipo de mercancías de contrabando, lo que se dice un auténtico contrabandista, hasta que por fin el destino quiso traerlo a Punta Umbría acompañado por Ana, su mujer, también oriunda de tierras malagueñas. Aquí se hizo pescador y en su pequeño barco se especializó en el arte de capturar almejas, con lo que pudo mantener a su familia numerosa hasta que decidió montar una churrería que le dio fama en el pueblo por lo bien que los hacía. Por eso todo el pueblo empezó a llamarlo Carlos El Churrero. No obstante, él nunca dejó de ir vestido siempre de forma señorial.

Yo lo recuerdo ya en su última época, paseando por su barriada vestido elegantemente con sombrero y traje blanco y un pañuelo rojo en el bolsillo de su americana. En Punta Umbría y en invierno yo solo recuerdo a dos personas vestidas de esa forma tan distinguida, a don José Figueroa Agea, el farmacéutico, y a Carlos El Malagueño.

Él pensaba que no hacía falta tener estudios para vestir bien. Por eso siempre salía a la calle hecho todo un dandi, de forma estilosa y refinada, atractivo y simpático tanto en su pose como en sus modales. Había hombres muy respetables en Punta Umbría sin estudios, por lo que no les llamaban con el don, sino como señó delante de su nombre. Así recuerdo yo a algunos como señó Francisco, señó Migué o señó Juan. Y cuando había varios con el mismo nombre, se le añadía el apodo. Por ejemplo “señó” Paco el panadero. El pueblo sabía poner a cada uno en su sitio y a Carlos todavía lo recordamos como Carlos El Malagueño.

Aunque se fue ya hace unos años, siempre quedará su imagen en la memoria de Punta Umbría como lo que fue, un hombre luchador, honrado y bueno. Y con ese cariño lo recuerda el pueblo.

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