Tribuna

Javier gonzález-cotta

A vueltas con la palabra genocidio

La norma legal para el genocidio es tan específica que casi nunca puede usarse. La ONU admite la dificultad de desentrañar la intención total en el ejecutor de cometer genocidio

A vueltas con la palabra genocidio

A vueltas con la palabra genocidio / rosell

No sólo los clásicos iluminados Pedro Almodóvar, Ramoncín o Évole han firmado el manifiesto contra la guerra en Palestina Hay que parar la guerra. Ni terrorismo, ni genocidio. Lo han signado 4.125 firmas de lo más eclécticas. Desde que comenzó la guerra en Gaza se abusa del término genocidio con gratuidad. Somos más ignorantes cuanto mayor es la avalancha informativa y el posicionamiento de trincheras.

Hasta la gran matanza de tutsis por los hutus en Ruanda en 1994 (800.000 muertos en cien días), nunca antes se había condenado a alguien por genocidio por parte de un tribunal internacional. Vendría después la condena a los serbobosnios por la barbarie de Srebrenica (más de 8.000 bosnios musulmanes asesinados).

El judeopolaco Raphael Lemkin acuñó el término genocidio a partir de 1940. Usó un neologismo con la raíz griega genos (tribu o raza) y el latín cide (matar). Tras Nuremberg, en 1948 la ONU dio forma a la Convención del Delito de Genocidio. Se perseguirá el “azote odioso” de toda intención manifiesta de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso (distintos son los delitos cometidos por posibles crímenes de guerra –véanse Gaza y Ucrania– y los crímenes de lesa humanidad).

Dado que el genocidio es muy difícil de precisar, la comunidad internacional prefiere perseguir a los culpables por otros delitos como los citados. El término genocidio se ha hecho costumbre en el rápido lenguaje de medios y tertulianos respecto a atrocidades cometidas en masa (la etnia rohinyá en Myanmar, la minoría augur en China). La norma legal para el genocidio es tan específica que casi nunca puede usarse. La ONU admite la dificultad de desentrañar la intención total en el ejecutor de cometer genocidio. No basta con la destrucción cultural ni con la intención de desplazar o ahuyentar a un grupo étnico de determinado territorio (de ahí el controvertido genocidio armenio por parte de los turcos otomanos en 1915).

Los bombardeos de Israel sobre Gaza (se basan en la destructora doctrina Dahiya inspirada en el ataque contra Hezbolá de 2006) han causado una mortandad de civiles que ha conmovido al mundo. Pero llamar genocidio palestino a las tremebundas acciones de esta guerra resultaría cuestionable (de hecho lo es entre juristas expertos). No hay intención, en principio, de genocidio por parte de Israel, aunque el camino al que ha llevado su acción bordearía su ámbito. Israel no reconoce la Corte Penal Internacional (CPI), pero sí la Corte Internacional de Justicia (donde se litiga entre estados).

Aunque el CPI está recabando información, el genocidio palestino no existe hoy por hoy (entendido como proyecto estatal de exterminio físico total o parte de un pueblo, aunque sí se pretenda la eliminación de Hamas). Nos recorre un calambre frío por el espinazo al ver el diorama de ruinas y cadáveres de gazatíes (el 45% de las casas aniquiladas, 12.000 muertos –5.000 de ellos menores– sólo a mitad de noviembre). Pero hablar de genocidio sin matices es caer en el albañal de las redes sociales y señalar a quienes arguyen zonas grises y no sólo blancas o negras.

Se consideraría provocador acudir a la polvorienta historia para recordar que la destrucción física de Israel siempre ha sido alentada por la parte árabe. Bajo el Mandato Británico y luego en la guerra de Palestina (1947-1949), el gran muftí de Jerusalén Amin al-Husayni (abrigado entre nazis en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial), pedía matar a los judíos allá donde se encuentren porque “esto agrada a Dios, a la historia y a la religión”. La turba árabe pedía “echar a los judíos al mar” y degollarlos al grito de “¡Ibdaj al Yahud!”.

Con la Primera Intifada (1987), en el acta fundacional de Hamás se apela al exterminio de Israel. En 2007 seguía pidiendo aniquilar Israel vía la Yihad, pero limitó su lucha al proyecto sionista y no contra todo judío por el hecho de serlo. Aún así, tras la matanza de civiles israelíes del 7 de octubre, el portavoz de Hamas dijo no sentir vergüenza por anhelar la eliminación de Israel al ser una existencia ilógica cargada de sangre y dolor.

No obstante, Hamas no es el ISIS, como difunde el mantra israelí. Ni tampoco son los nuevos nazis a los que se refiere Netanyahu (debiera mirar a sus colegas de gobierno y a los brutales colonos de Cisjordania), como los de Brooklyn llegados en su día a Hebrón (léase Viaje a la Palestina ocupada de Eric Hazan). El horrible pogromo de civiles israelíes por Hamas no es ningún apéndice tardío de la Shoa, ese incomparable proyecto industrial y temporal de aniquilación humana. El culto a la memoria debe resistir a la propaganda.

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