En las elecciones generales de 1977, las primeras de la recién estrenada democracia, el PSOE obtuvo 118 diputados. Cuando muchos analistas daban como líder de la izquierda al Partido Comunista de España, el PSOE obtuvo ese liderazgo en la izquierda española. Los comunistas quedaron a bastante distancia, con 20 diputados y con figuras tan relevantes como Dolores Ibárruri (la Pasionaria), Santiago Carrillo, Ramón Tamames, etc. Para los socialistas ese resultado nos permitió exigir la redacción de una Constitución que articulara una sociedad democrática, de corte occidental.
Redactada y aprobada la Constitución en 1978, el presidente Adolfo Suárez convocó nuevas elecciones que se celebraron en 1979. De nuevo el PSOE obtuvo el mejor resultado de la izquierda española: 121 diputados, frente a los 23 del PCE. Satisfacción relativa. Los dirigentes del PSOE consideraban que el liderazgo en la izquierda no nos facultaba para gobernar España. Estábamos muy lejos de los 176 diputados que exige el Congreso de los Diputados para elegir al presidente del Gobierno. En el Congreso Federal que celebramos en ese año, el Congreso aprobó la condición del PSOE como partido marxista. El entonces saliente secretario general, Felipe González, pidió la palabra y se dirigió al plenario del Congreso para anunciar su renuncia a presentar su candidatura para liderar a los socialistas españoles. Su famosa frase “hay que ser socialista antes que marxista” acabó con un Congreso que no tuvo más remedio que encargar la dirección socialista a un comisión gestora encabezada por Federico de Carvajal.
Hasta que se celebró un Congreso extraordinario los días 28 y 29 de ese mismo año, los socialistas mantuvimos reuniones, debates, redacción de ponencias y propuestas para que el PSOE pudiera situarse como el gran partido de la mayoría de los españoles. A nadie se le prohibió expresar sus opiniones, sus críticas o sus desavenencias. El debate fue intenso. Gracias a eso, en 1982, los socialistas obtuvimos 202 diputados. Felipe González fue elegido presidente del Gobierno, y España, cambió.
Gracias al movimiento estratégico de quien estuvo dispuesto a jugarse su sillón de secretario general, España pudo entrar en el Mercado Común; diseñar un sistema sanitario público, de calidad y gratuito; un sistema de pensiones no contributivas que dio entrada a tantos trabajadores por los que nadie había cotizado a la Seguridad Social; un sistema educativo público y gratuito que llevó a los alumnos hasta los 16 años; una reforma de la estructura productiva española que modernizó nuestra economía; una apuesta convincente por el sistema autonómico español. En definitiva, una política de igualdad como nunca se había visto en la política española.
La dirección socialista de aquel tiempo no se resignó con los resultados de 1977 y 1979. No buscó alianzas sospechosas que deslegitimaran la esencia de un partido socialdemócrata como el PSOE. No evitó el debate sobre la definición del PSOE y, mucho menos, descalificó a quienes pensaban de manera diferente sobre esa definición y la práctica política que conllevaba.
Nada parecido a la situación actual. El PSOE va de fracaso en fracaso en todos y cada uno de los procesos electorales a los que acude como partido político. Perdemos en casi todos y comenzamos a aparecer como partido sin posibilidades de convertirnos en la alternativa a los gobiernos de derechas, lo que añade gravedad a la derrota. En algunos territorios, el PSOE se sitúa como tercera fuerza política, posición impensable hace sólo unos pocos años.
En lugar de aplaudir ese estado de abatimiento, o de insultar y vilipendiar a quienes denunciamos esa situación con el único afán de corregir el rumbo y debatir la mejor manera de hacerlo, quienes hoy lideran el PSOE deberían dejar el terreno libre para que, después de una gran debate sin exclusiones, pudiéramos analizar las razones que nos han traído hasta aquí, los errores en la búsqueda de compañías perversas y el camino a seguir para volver a ser el gran partido del centro izquierda español. Seguro que prestarían un gran servicio al PSOE y a España.