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Al final nos hemos contagiado todos. Y lo hemos hecho así, sin querer, sin darnos cuenta. Nos hemos contagiado de tristeza, de retiro, de ambigüedad, de desconcierto, y también de concienciación (deberíamos hacerlo). Pero no de pesimismo, de eso nunca. Nos hemos contagiado de decepción. A ver si de una vez por todas nos damos cuenta de quién merece la pena en realidad. ¿Los tertulianos de la tele? En absoluto. ¿Los futbolistas que tanto admiran nuestros hijos y son sus ídolos? En absoluto. ¿Los políticos? ¡Anda ya! Los verdaderos héroes de todo esto son los profesionales sanitarios, los reponedores y cajeros de los supermercados, los empleados de las farmacias, de los estancos, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, los trabajadores y los autónomos que salen a la calle cada día, los empresarios que se machacan la cabeza porque el bolsillo ya se lo han destrozado. Los que están al pie del cañón jugándose su salud. Esos son los héroes. Los demás, pues unos papas fritas que intentan sacar tajada de todo esto en sus redes sociales escribiendo imbecilidades y mostrando a los que lo necesitan de verdad su falsa felicidad, su mentira.

Estar aislado es trágico, sí, pero hay que hacerlo. Teníamos que haberlo hecho mucho antes y tal vez, dentro de poco, hubiéramos podido ver salir el sol desde la calle. Pero como decidieron que hasta pasado el 8-M no se hacía nada en este país, pues eso, aquí estamos viviendo las consecuencias. Que digo yo, que es más grave esto del 8-M que muchas otras cosas que se critican. Que, si los tuviéramos bien puestos, que no los tenemos, les hacíamos pagar a todos esos imbéciles el coste humano, económico y social que este corona nos va a masacrar.

Y este virus es corona, pero hay otra corona, la corona de la vergüenza. Muy hábil el Rey de España, hay que reconocerlo. Muy hábil y muy inteligente. El otro rey, el que se fue, pues esa es la corona que nos pesa. ¿Qué necesidad tenía ese hombre de hacer lo que ha hecho? Una decepción.

Escribe Cioran: "Me acosté hacia las 3 de la mañana. Al despertarme, volví a pensar en lo que se dice en algunos países de América Latina sobre alguien que acaba de morir: «Se ha vuelto indiferente». Lo leí en Keyserling, hace muchos años, y desde entonces lo recuerdo de vez en cuando con admiración. ¡La indiferencia! La muerte, ascenso al estado de indiferencia. La muerte es un ascenso". Pero Cioran también escribe: "No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien". Mucha suerte a todos y buena decepción.

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