Tirando del hilo

Los únicos reyes en los que creo

La noche, repleta de hechizos y promesas mágicas, fue siempre vivida desde la ilusión y el entusiasmo. Cuando era pequeña escuchaba como mis amigas describían una jornada eterna, insomne, vigilantes y nerviosas por oír ruidos enigmáticos tras la puerta. Yo, boquiabierta y un poco altanera, les contaba que eso en mi casa no ocurría, ya que mi familia era la elegida entre todas las del mundo para empezar a repartir la magia de cada año. Recuerdo que antes de salir a verlos por las calles, disponía todo cuidadosamente: cubos de agua en el balcón, mantecados y vino encima de la mesa y mi cuarto yacía impecable como nunca. Mi carta ya estaba escrita, pensada y llena de sueños, halagos y secretos. En ella, detallaba un deseo por cada estrella, un anhelo por cada rey, confesando siempre el porqué de su demanda. A la vuelta de las cabalgatas, andaba nerviosa de la mano de mis padres. ¿Habrán llegado ya? ¿Seremos nosotros los primeros? Preguntaban mis hermanos mayores, envueltos en un nimbo esperanzador. Rato después, mi madre abría la puerta con cuidado y poco a poco, temerosos y escurridizos, nos sumergíamos por las habitaciones descubriendo, fascinados, la magia que inundaba cada sala con regalos inesperados e ilusiones cumplidas. Ese día, lo imposible era veraz, la felicidad se atrapaba con los dedos y la risa de mis cuatro ejes llegaba a borbotones hasta el lejano Oriente.

Desde hace algunos años, ayudo a los pajes en esa ardua tarea de llevar ilusión a la vida de los míos. Este año, atentos a la realidad punzante, me pidieron concienzudamente obtener los regalos en las tiendas del barrio, dejando fuera las tierras lejanas y las grandes corporaciones. Me rogaron que me enfocara en lo cercano, para así, crear un tejido social fuerte y resiliente. Me suplicaron que detrás de cada dádiva hubiera una historia, una persona y un origen. Que no existiera obsequio por llenar vacío, sino que hubiera utilidad y sentido. Y así fue como paseé las avenidas de mi urbe, descubriendo sonrisas en los ojos de mis vecinos, proyectos personales hechos con independencia y productos locales llenos de sabiduría y respeto.

Cuando acabé, ya de noche, advertí en el cielo tres estrellas resplandecientes que aparecieron para guiarme y recordarme el hechizo de aquel día. Ellas eran Alnitak, Alnilam y Mintaka y juntas formaban el cinturón de Orión. Vecinas unas de otras, aunque a millones de kilómetros de mi centro, me recordaron la fugacidad del tiempo y la grandeza del espacio. En la Adoración de los Reyes Magos de Giotto, las majestades son guiadas hasta llegar a su destino por un astro de color fuego. En mi caso, me sentí orientada por esos destellos inasibles que impedían que me perdiera entre banalidades, fruslerías y consumismos. Las tres, allá arriba y con un tímido centelleo, guiñaron sus luces para recordarme que, aún siendo reina y maga puedo continuar sintiéndome como esa niña que, inquieta y emocionada, se pregunta: ¿vendrán hoy a visitarme?

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