La otra orilla
Andrés García
Sólo silencio
En estos tiempos donde nos creemos en la posesión de la verdad y con el derecho a tomar todo lo que queremos, cuando queremos y de la manera que mejor nos complazca, ejercer la renuncia, como un acto de libertad y compromiso con los demás, puede llegar a ser un acto revolucionario, en dirección contraria a lo que se espera.
El Gordo de Navidad tocó en un pueblecito de León, Villamanín, y el jolgorio inicial se ha tornado en una trifulca grave cuando han descubierto que habían vendido más participaciones que décimos que respondan por ellas. Cualquiera que haya vendido participaciones, de hermandades, asociaciones o clubes de toda condición (tradición tan arraigada en España), sabe el lío que supone, el riesgo que se asume y la idea de que, a veces, es mejor que no toque por evitar exactamente lo que ha ocurrido en Villamanín. Lo cierto es que todo el mundo quiere cobrar su papeleta, a pesar de que faltan cuatro millones de euros. La comisión de fiestas, organizadora de todo esto, ha propuesto una quita de cada papeleta premiada para que todos puedan cobrar, aunque sea menos de lo que correspondería, y aquí se pone en marcha el contador de la ambición, dado que el dinero es capaz de sacar lo peor de nosotros; la gente no se alegra de lo que se llevará, sino que se pelea por no renunciar a lo que habrá que repartir para llegar a un acuerdo que beneficie a todo el pueblo, y aquí ya no hay amistad, ni vecindad, ni familia. ¡Asco de dinero, qué todo lo pudre!
Renunciar para beneficiar a los demás es un alegato que construye una sociedad más humana y justa, aligera la carga de las diferencias y nos hace más humildes. A estas alturas sabemos que la naturaleza tiene recursos finitos, no se pueden seguir degradando bosques, mares y tierra para extraer recursos con los que fabricar más y más cosas, y aunque los recursos fueran ilimitados o la economía circular perfecta, una sociedad empachada de todo es una sociedad inerte, egoísta e infantil. Como dice el proverbio: tener lo suficiente, ni muy poco para no andar agobiado, ni demasiado como para perderse. En conciencia, todos nosotros sabemos qué necesitamos y qué va al cajón de lo absurdo o el impulso, por ello, la mejor solución para tener una vida más consciente e integrada es saber renunciar, para que otros tengan o, sencillamente, para que la naturaleza descanse.
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