En este perro mundo

El regreso de Maruja

Tendría que beberse de un solo trago toda su morriña gallega para volver a pensar en cómo ganarse la vida sólo con su talento Archivo En este perro mundo: 

Jaime Gorospe y Pablo Sycet. Jaime Gorospe y Pablo Sycet.

Jaime Gorospe y Pablo Sycet.

AHORA que el fotógrafo Jaime Gorospe y yo vamos a estar compartiendo espacio durante todo este fin de semana con sus bellísimas fotos abstractas y mis pinturas preñadas de elementos tipográficos en el estand de la Galería Luis Burgos, en la feria de arte Estampa, en Madrid, ha aflorado de entre el maremágnum de más imágenes que leguas tenía aquel viaje submarino de Julio Verne para despertar nuestras imaginaciones infantiles, una fotografía que disparé casualmente en su estudio durante el acto de entrega del espléndido retrato de Maruja Mallo, donado recientemente por Gorospe a la Fundación Olontia.

Más allá de que esta foto, al estar disparada ante un espejo con luces en todo su perímetro que usan para maquillarse, o retocarse, quienes pasan por allí para que Jaime les ofrezca su ración particular de inmortalidad, nos permita contemplar a la gran Maruja en su posición original y no dada la vuelta, tal como ocurre cada vez que invertimos el objetivo de la cámara de nuestro móvil para hacer un selfie, me ha invitado a recordar la vuelta a España de esta pintora carismática y personaje imprescindible de la llamada Generación del 27, tras su largo exilio americano de 25 años, por lo que para mí y muchos otros tuvo de símbolo su regreso a nuestro país en 1962, justo ahora que yo estoy en Brasil con motivo de mi exposición Sala de mapas en las sedes del Instituto Cervantes de Sao Paulo y Río de Janeiro, porque tras sólo dos semanas de ausencia de nuestra bendita tierra ya me inunda por todos los poros de mi geografía carnal una insoportable añoranza del terruño, de sus gentes y nuestras costumbres.

Así que por un momento me he calzado los zapatos errantes de Maruja Mallo para ponerme frente a un espejo y preguntarme qué habría sido de un añorante crónico como yo, si hubiera tenido que soportar un cuarto de siglo en un exilio obligado, con todo lo que eso conlleva, puesto que más allá de la insoportable nostalgia que recorrería el espinazo de Maruja cada vez que alguien le hablara de nuestra vieja piel de toro o, casualmente, en alguna emisora porteña sonase la embriagadora melodía de En tierra extraña, seguro que se le alborotaban todos sus centros; pero un instante después ya tendría que beberse de un solo trago toda su morriña gallega para volver a pensar en cómo ganarse la vida sólo con su talento, tan lejos de su casa y de sus gentes.

Por eso, cada vez que en los noticiarios nos recuerdan el éxodo al que se han visto obligados todos los ucranianos que en el último año y medio han debido abandonar su tierra, o los miles de palestinos que en estos últimos días han tenido que huir de ese insoportable infierno al que llaman Tierra Santa, yo me calzo unos zapatos con la forma de su patria, me busco en mis adentros, y cruzo los dedos.

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