La otra orilla
Andrés García
Sólo silencio
En menos de 24 horas disfruté de sendas comidas. La primera con personas del ámbito universitario, la segunda con un grupo de personas sin hogar.
Todo muy agradable y todo muy rico, pero, ya supondrán, no quiero hablarles de decoración ni de gastronomía. Quiero hablarles de política y es que, en determinado momento, en ambas comidas la conversación se condujo hacia cuestiones como la acogida a los inmigrantes o la lucha contra las maras de Bukele.
Me llamó la atención algo que, por sabido, no deja de ser sorprendente. Entre los universitarios lo común es la crítica a las políticas de corte fascista como las que fomentan la expulsión de inmigrantes o las que muestran falta de escrúpulos y de respeto a los derechos humanos.
Sin embargo, entre los más pobres, es común encontrarse con una férrea defensa de las políticas de los Miley, Kast, Bukele, Trump y demás. No es raro tampoco encontrarse en los barrios más castigados el miedo a la okupación de sus viviendas o la negación de la mayor cuando se trata de poner en valor la subida del SMI, la bajada del paro o el ingreso mínimo vital.
Una interpretación fácil de estas visiones contrapuestas entre universitarios y personas sin hogar nos lleva a que la cultura y la educación son los mejores antídotos contra la desinformación y la aceptación de las políticas de odio que proponen los fascistas. A más cultura y educación más capacidad crítica. Todo eso es cierto.
Pero tal vez debiéramos plantearnos que cuando Donald Trump se planta en una fábrica y dice: «No podemos permitir que estas empresas se vayan y dejen a nuestros trabajadores sin empleo», traslada un mensaje nítido de que va a ser él el que defiende a los obreros. Mientras, los sindicatos, los movimientos sociales, los partidos de izquierda, dan una imagen burocratizada, elitista, alejada de la realidad de las personas, sumisa hacia el poder y cargada de exigencias morales hacia la ciudadanía.
Tal vez es momento de que sindicalistas, activistas, políticos de izquierda… se planteen cómo un puñado de señores multimillonarios han sido capaces de erigirse en adalides de las clases populares, mientras a ellos se les ve como una amenaza.
Tal vez es momento de que vuelvan a pisar la calle más allá de las campañas electorales y no salgan da ahí hasta que vuelvan a ser percibidos por el pueblo como «los suyos».
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