Brindis al sol
Alberto González Troyano
Malos tiempos para la Política
El señor Sánchez sacó del baúl de los recuerdos aquel lema pueril y apolillado del No a la guerra, asegurando que nos sitúa en el lado correcto de la historia. Actitud de niño inconsciente que se tapa los ojos para no ver lo que le incomoda, obviando que al bajar las manos, aquello que le atemorizaba seguirá ahí y puede que sea aún más temible. Abusa el presidente del discurso maniqueo y sensiblero según el cual, él y sus adláteres –que cambian de opinión a su vertiginoso ritmo– defienden lo más respetable y acertado en todo momento. Cree, en su notorio narcisismo, que ha sido señalado por la Providencia para llevarnos a una tierra prometida que ni él mismo parece saber dónde se ubica dados sus vaivenes programáticos. Lo curioso es que la Providencia no tiene derecho a voto y no se puede afirmar sin sonrojarse que el PSOE recoja en las urnas un amplio apoyo popular. No sabemos adónde va, pero sí que avanza de derrota en derrota.
Esta obsesión por elevarse moralmente sobre las supuestas bondades de un pasado propio y de los propios, convenientemente edulcorado y dirigirse al orbe desde el pedestal de la prepotencia, recalcando las vilezas y ruindades del resto del mundo, embriaga a sus desgastadas huestes, reaviva viejas llagas, alimenta los delirios de grandeza y les vuelve soberbios, ridículos y fatuos. Les hace soñar, pero con letras de cantante desafinado de boleros. Porque, seamos serios, y aunque sean muchos quienes se arrogan esa posición etérea, ¿existe el lado correcto de la historia? Y si existe, ¿por qué todos creemos estar en él? ¿Cuántos lados correctos tiene? Porque, si miramos a nuestro alrededor, más que una calle con dos aceras, la historia se asemejaría a una plaza de toros donde cada tendido cree ser el más taurino. ¿No se trata, pues, de una mera justificación de andar por casa para defender nuestra postura cuando carecemos de argumentos con que convencer a los demás de que es la mejor?
Si miramos al futuro, la historia carece de guion y si es hacia el pasado, cada hecho interpretable en sus causas y consecuencias. Todos creemos que los demás yerran, porque vivir en un error consciente debe ser insoportable. Pero la racionalidad exige argumentar, convencer y si es justo, reconocer los errores y rectificar porque, como escribió Saavedra Fajardo: “Más reinos derribó la soberbia que la espada; más príncipes se perdieron por sí mismos que por otros”.
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