La foto de la COP 28, o Cumbre del Clima que se celebra estos días en Dubai, está bastante movida con respecto a la de hace cuatro años en Madrid. Entonces Greta Thunberg era vista con simpatía y oída con atención en foros internacionales, mientras que hoy su estrella se ha eclipsado y ya ha llegado a vérselas con los tribunales; igual que ella, muchos activistas han pasado a realizar acciones más llamativas, como las intrusiones en los museos que tanta polémica desataron el año pasado; y la propia Cumbre se realiza en un país cuya ostentosa riqueza proviene del petróleo. Las contradicciones también se dan en el seno del movimiento ambientalista: por un lado van las grandes organizaciones ecologistas, dedicadas a la incidencia política, que operan “dentro de lo posible” aunque tengan una visión del mundo transformadora; y, por otro, los movimientos de base que se mueven a pie de calle y que, hartos de la inacción de los gobiernos, buscan otras vías de concienciación ciudadana.

Las protestas de estos grupos siguen siendo no violentas, pero urgidas por la emergencia de la catástrofe climática han subido de tono, ciertamente. Y los castigos impuestos a los militantes han pasado en poco tiempo de multas a penas de prisión exageradas, para que ejerzan una función disuasoria. Hay ejemplos en toda Europa, pero citemos alguno que nos queda cerca: la Fiscalía del Estado acaba de pedir 21 meses de cárcel para 15 activistas (entre los que se encuentra el profesor y escritor Jorge Riechmann), acusados de manchar la fachada del Congreso… con agua teñida de remolacha. La respuesta punitiva no es más que la demostración de cómo el poder político y económico se siente amenazado. Países y empresas tienen que cuadrar sus cuentas y la contestación social no les favorece.

Pero los activistas no van a ceder, aunque sean tratados como delincuentes. Sus acciones funcionan como altavoz de una situación cada vez más desesperada, porque se nos acaba el tiempo. A la larga será un error criminalizarlos, pues ese tratamiento va a generar nuevas adhesiones sociales y entonces va a quedar muy claro quiénes están cometiendo el verdadero delito. En el espacio donde convergen el diálogo y la movilización es donde las organizaciones ecologistas tienen que encontrarse, identificando conexiones y propuestas de futuro. Hay que arriesgarse a repensar el mundo, nada menos. Desde ahí se gestarán los cambios que hacen falta, no en la Cumbre de Dubai.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios