Monticello
Víctor J. Vázquez
Lo que mueve un cuerpo
Franco murió en 1975 y con él murió la dictadura. Pero 1976 es el año que marca los cambios que hicieron posible la Transición y que esta fuera, sometida a todas las revisiones que se quiera por la historiografía más reciente, un éxito de tal magnitud que antes de que se cumplieran dos años de la desaparición del general España pudo celebrar unas elecciones en libertad y poco más de un año después aprobara una Constitución que todavía rige nuestra convivencia. ¿Qué pasó en 1976 para que se abriera el proceso que liquidó el régimen franquista y alumbró la democracia? Básicamente, que en su primera mitad fracasó –aunque ese fracaso admite matices– la reforma diseñada por Fraga dentro del Gobierno de Arias Navarro, torpedeada tanto por los más inmovilistas como los más aperturistas. Y que en el segundo semestre la llegada de Adolfo Suárez a la Presidencia marcara un cambio sustancial de estrategia que se plasmó en la Ley para la Reforma Política.
La ley elaborada por Torcuato Fernández Miranda era un texto corto en el que se ponían las bases de un sistema democrático bicameral y se desmontaba la dictadura mediante una modificación normativa que anulaba las leyes fundamentales que constituían el entramado constitucional del franquismo. Un movimiento tan simple como arriesgado que salió bien. Y salió bien porque Suárez logró en pocos meses lo que no habían conseguido Fraga y Arias: convencer a las élites del régimen de que la única salida para conservar parcelas de poder era liquidar el franquismo e intentar buscar un lugar al sol en la nueva situación.
Los historiadores tienen todavía que desentrañar muchas claves de aquellos meses convulsos en los que el proceso estuvo varias veces a punto de descarrilar. En medio de una crisis económica que arrasaba con el bienestar de los últimos años del régimen, el terrorismo golpeaba con fuerza y el ejército no ocultaba su nerviosismo y constituía una amenaza permanente de involución. El papel que jugó entonces el rey Juan Carlos como puente entre el pasado y el futuro y como agente activo del cambio no solo fue importante, sino decisivo.
En los doce meses que transcurren entre el nombramiento del primer Gobierno de la Monarquía y el referéndum de la Reforma Política –“Habla, pueblo, habla”– se decidió todo. La dictadura se inmoló y se pusieron las bases de la libertad. Eso, y no otra cosa, fue la Transición.
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