Peña Monje

Con el agua al cuello

Tirando del hilo

24 de marzo 2021 - 01:32

Vuelan flamencos, gaviotas, golondrinas y cigüeñas. Recorren miles de kilómetros en busca de un lugar para hacer el amor en los veranos templados del norte. Huyen del frío y buscan el abrigo que temple el tremor de sus alas. Hacen un viaje largo, desde las orillas del Odiel a Guinea, pasando por Senegal, Mali y Ghana. Van despojadas de todo, sin equipaje alguno, no llevan tan si quiera un papel que afirme su identidad o el porqué de su travesía por fronteras inventadas. También hay quien prefiere mudarse entre aguas, peces que nadan buscando ríos donde posar a sus crías, atunes que viajan por el océano infinito a la caza de alimento, salmones que intercambian el dulce y el salado para continuar el ciclo vital de sus días o ballenas que regresan siempre al mismo lugar para volver a plantar semillas de vida otro año más. Hay quien prefiere la tierra para emprender la travesía, como los elefantes que buscan pozos de agua para sofocar la flama de la canícula. Parece que las carreteras del aire, el agua o la tierra son libres y liberan, dan cobijo y posibilidad a quien la busca.

Pero la migración humana no deja respirar a quien procura un trocito de tierra para levantar de una vez el cogote. Hay imágenes que duelen, que atraviesan el sentir más recóndito y por eso hay que mirarlas. Porque nos muestran cientos de mantas en la noche donde dentro hay personas, olas que arrastran cuerpos inertes, cadáveres que el mar entrega, bebés que no ríen, ni gritan, ni dicen: porque ya es tarde, pateras que no llegan a puerto, caravanas nocivas, ojos como cascadas abatidas, gargantas ahogadas que gritan por los sueños incumplidos, la falta de asidero en terrenos desconocidos, los niños que no encuentran a sus padres, las madres que perdieron a sus hijas, esas que nunca volvieron. Un éxodo huyendo de vidas imposibles que viajan, como aquellas aves, buscando el sol que caliente de nuevo sus días, porque allá, en otro sitio, en otro aquí, le quitaron todo a la palabra hogar. La despojaron de la protección que necesita para dormir sin un ojo abierto. Le acecharon guerras inacabables, las tierras que labraban se secaron, las inundaciones destrozaron todo, las amenazas se repetían continuamente, los trabajos forzosos no cesaban, las balas pintaban las calles, el hambre apretaba, los sueldos por los suelos y el agua, ya en ese momento, rozaba el cuello y asfixiaba. ¿Cómo no escapar? Dónde sea, como sea, con quien sea: solo quiero sobrevivir. La desesperación te zambulle en una espiral de peligros inconcebibles, te empuja a asumir riesgos que jamás imaginaste. Pero no, migrar no debería significar ponerte en la punta de un precipicio y tirarte de cabeza. El eterno celeste nos muestra ráfagas de alas que, esperanzadas, nos empujan a acompañar y asegurar la vida de aquellos náufragos que buscan nido, que tocan portones y deciden seguir caminando aunque la vida les cueste.

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